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Cultura y Valores

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BIBLIOTECAS, MI BIBLIOTECA.

 biblioteca del clementinum, praga

Digamos que no uno tiene la biblioteca que anhela sino la que puede. Incluso, me pregunto si los muchos miles de volúmenes de la biblioteca de Umberto Eco le alcanzan.

Los hechos se complican por demás si a eso le sumamos las mudanzas que suelen ocurrir, la falta de espacio suficiente del que generalmente se dispone. Y están también los hechos trágicos, como las veces que Onetti tuvo que vender sus libros por falta de dinero, o las bibliotecas que fue dejando Benjamín en su huida de quienes buscaban encarcelarlo y matarlo.

De modo que debe uno mantener con su biblioteca una relación de amor, sí, pero también de humildad. Read More

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Carta de Macedonio Fernández a Jorge Luis Borges

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Macedonio es sin dudas una persona profunda, tal vez más profunda como persona que como escritor, con una obra que sus amigos y críticos siempre han considerado menor a su talla como escritor. No vamos a intentar analizar eso aquí. Simplemente, recordemos esta carta que le escribió a Borges o, mejor dicho, lo que escribe de puño y letra, siempre en cuartuchos de pensión, siempre tapado con exceso de ropa, siempre sentado días enteros meditando absorto en vaya a saberse qué centros y temas:

Querido Jorge:

Iré esta tarde y me quedaré a comer si no hay inconveniente y estamos con ganas de trabajar. (Advertirás que las ganas de cenar ya las tengo y sólo falta asegurarme las otras). Tienes que disculparme el no haber ido anoche. Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo que me había quedado en casa. Estas distracciones frecuentes son una vergüenza y hasta me olvido de avergonzarme. Read More

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El destino del bisonte

Jorge Luis Borges tiene dos poemas referidos al bisonte.

En uno de ellos, se sitúa en las cuevas de Altamira, y describe cómo fue cuando el hombre de aquellos días vio por primera vez a un bisonte:

Bruscamente oí el sordo tropel interminable

De una manada atravesando el alba.

(…)

Fue entonces que los vi. Brasa rojiza,

Crueles los cuernos, montañoso el lomo

Y lóbrega la crin como los ojos

Que acechaban malvados. Eran miles.

Son los bisontes, dije. La palabra

No había pasado nunca por mis labios,

Pero sentí que tal era su nombre.

Era como si nunca hubiera visto,

Como si hubiera estado ciego y muerto

Antes de los bisontes de la aurora.

Surgían de la aurora. Eran la aurora.

(de: El Advenimiento)

 

En otro de sus poemas, canta así:

 

Montañoso, abrumado, indescifrable,

Rojo como la brasa que se apaga,

Anda fornido y lenta por la vaga

Soledad de su páramo incansable.

 

El armado tertuz levanta. En este

Antiguo toro de durmiente ira,

Veo a los hombres rojos del Oeste

Y a los perdidos hombres de Altamira.

(de: El bisonte)

¿Qué se habrá hecho de los bisontes de la pradera norteamericana, esos seres de pesada bruteza y durmiente ira  –al decir de Borges-? Si los ingleses encontraron que su piel y su carne eran de alto precio al venderlas, luego su exterminio fue terrible con la construcción del ferrocarril que unió ambas costas norteamericanas: de Nebraska en el Atlántico a Sacramento en el Pacífico. Seis años llevó construir ese ferrocarril, y los bisontes eran comida para los trabajadores, protección contra los fríos, combustible en su materia fecal. Terminó la construcción, pero siguió la caza. Apenas dos años después de que finalizara la obra, en un solo año, 1871, se mataron cuatro millones. Hacia 1850 había 60 millones, y treinta años después no pasan de mil ejemplares.

Hoy se conservan 350 mil bisontes. Pero conservar es una manera de decir. Se calcula unos 250 mil para consumo, tanto carne como huesos y piel en distintas industrias. Y el resto de protección y recría.

Por eso es que cabe decir: el bisonte y el aborigen norteamericano anduvieron juntos. Y juntos desaparecieron como reyes de las llanuras y de los bosques.