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¿Y qué hacemos con el relativismo?

“El pasaje brusco del absolutismo al relativismo (como del dogmatismo al escepticismo) es una constante en la historia del pensamiento, porque la mente humana tiende a creer que las alternativas son siempre entre todo o nada, entre blanco o negro. Así se incurre entonces en las posturas extremas y, en el caso de la antiguedad, fue necesario que llegara Aristóteles para que se advirtiera claramente que siempre es posible un razonable “término medio” (mesótes) entre el exceso y el defecto. Pero ya antes que él, las disputas de Sócrates lo habían descubierto y anunciado. Sócrates tuvo que lidiar en dos frentes: por un lado, también como él, los sofistas se oponían al dogmatismo de los conservadores (quienes al fin lograron que se lo condenara a muerte) pero, por el otro, contra los sofistas se oponía al relativismo. Representaba así el pensamiento crítico, que no acepta la imposición autoritaria de lo que ha de tenerse por bueno y verdadero, ni se resigna a considerar lo bueno y lo verdadero como candorosas quimeras. Es, en otros términos, la conciencia lúcida de que lo auténticamente bueno y verdadero debe ser buscado y de que, al menos en ocasiones, puede ser encontrado. El dogmatismo (como el absolutismo) cree haberlo ya encontrado; el escepticismo (o el relativismo) cree que es imposible encontrar. Pero el resultado en ambos casos es el mismo: la renuncia a la búsqueda.

Ricardo Maliandi, Pluriprincipalismo versus Relativismo, en  Ética: dilemas y convergencias. Cuestiones éticas de la identidad, la globalización y la tecnología.