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Cultura y Valores

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¿La música tiene nacionalidad?

 

Cuenta Agustín Pániker que en una noche en Chicago fue a un club a deleitarse con blues. Así fue que accedió a uno donde una banda de batería, bajo eléctrico y dos guitarras pasaba del boggie al gospel sin fisuras. Una mujer de voz ronca era quien desgarraba la noche con su canto. Sin embargo, relata, algo le sonó fuera de lugar, y entonces advirtió que uno de los guitarristas era japonés, con “arpegio elegante y sincopado sentido del ritmo”. Lo desconcertó. Se preguntó: “podía sentir aquel extremo-oriental todo el lastre emotivo, social y pasional que rodea el blues?”. Y agrega: “Así me di cuenta de mi propia trampa. ¿Acaso no era yo, amante incondicional del buen blues, un indo-europeo casi tan alejado cultural y antropológicamente del blues como el japonés?(…) Debo decir que cuestiones similares pueden plantearse sobre otras músicas ‘populares’, léase el reggae, el flamenco, el son, el klezmer, el tango, la salsa africana o el propio rock’n roll”. Continúa luego afirmando que toda música es un lenguaje, con su gramática, su vocabulario, su sintaxis y hasta sus géneros poéticos. Que es un lenguaje que se aprende con los sentidos y las emociones además de la boca y de los dedos.  Y sigue argumentando sobre esta universalidad de la música.

Sin pretender la creencia de que unos pocos párrafos pueden agotar esta naturaleza de la música, cabría preguntarse si no podemos decir lo mismo de la pintura, de las artes plásticas en general, o de la propia literatura. Nada más universal que el desgarro planteado por Picasso en el Guernica, o los temores de Dante Aligheri en las puertas del Infierno, o las felicidades efímeras que hay en los amantes de muchas situaciones de Shakespeare. Se dice también que tal vez sea la música la más universal de las artes. ¿Lo será? No todos van a comprender que los sonidos de del aria Vissi d’arte, del segundo acto de la ópera Tosca de Puccini, se refiere al dolor de una mujer que, ante el peligro de muerte del hombre que ama, pregunta a Dios por qué le ha dado ese destino, aunque seguramente quien oiga sentirá la emoción que late y quizás hasta el lamento y melancolía mal oculta de las notas en su movimiento. Tampoco otras artes tienen mejor condición: un árbol en otoño pintado por un monje zen no podrá ser comprehendido lo mismo por quien conoce dicho camino de meditación que por aquel quien por no tener ese conocimiento sólo observará un paisaje.

Hay universalidad en las artes, pero se requiere también ver que esa universalidad no es absoluta, requiere de un receptor elaborado, como mínimo. Lo que nos lleva a aquel antiguo pensamiento de que el sabor de la manzana no está en ella ni en mí, sino en el encuentro que entre ambos sucede. Por eso tal vez -o seguramente-, es que el amor profundo es universal por su contenido pero singular por su existencia.