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Cultura y Valores

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¿Y qué hacemos con los sentimientos de dolor?

Que escribir sirve, entre otros hechos, para aliviar los sentimientos profundos, es algo por todos conocido. Contar las angustias que padecemos, contar los desencuentros que nos han abatido, contar las tristezas que nos invaden, quién no ha experimentado que nos ayudan a seguir viviendo. Un amigo, un religioso, un psicólogo, algo o alguien nos tiende una mano para aferrarnos. Buena parte del uso de drogas tiene mucho que ver con esas circunstancias.

Que contar por escrito no significa necesariamente arte y literatura, es evidente. Pero hay más, porque de acuerdo a un artículo de Alejandra Agudo en el diario El País, de España, también sirve para ayudar a cicatrizar heridas…físicas. Lo que suena increíble si no existieran las referencias a las investigaciones médicas que se desarrollan en ese sentido. Al final de este post está el enlace a dicho artículo. Pero antes recordemos lo que Aristóteles decía respecto a las obras de teatro trágico en la Grecia antigua.

Expresaba Aristóteles que la obra debe contener philanthrópon, o sea sentimiento de solidaridad e identificación del lector o espectador con los héroes y sucesos que se narran o teatralizan. La acción trágica debe ser sentida como propia. Otra condición es la sorpresa, lo maravilloso, lo extra-ordinario: “Puesto que tales pasiones son producidas sobre todo cuando los sucesos transcurren contra nuestra opinión, aunque los unos se salgan de los otros”. Hoy, lo llamaríamos suspenso, imprevisibilidad. El héroe debe experimentar un cambio de fortuna opuesto o distinto a lo que se esperaba. ¿Cómo culmina todo esto? Con la anagnórisis, es decir, reconocimiento, cuando espectador o lector conocen el sentido final de lo sucedido y su desenlace.

Estas reglas aristotélicas parecen ser definiciones de cualquier autor, editorial, o director de cine: “porque es claro que es necesario que el va a sentir la compasión esté en situación tal que puede creer que va a sufrir, bien él mismo, bien alguno de sus allegados, un mal tal como se ha indicado en la definición, o semejante, o casi igual” (Retórica, II).

O sea: el mal ajeno me hace reflexionar sobre los males que hoy me aquejan o me pueden aquejar. Con lo que una obra de arte, un simple contar sin pretensión literaria pero narración al fin, tiene también como consecuencia no sólo que alivia mis penas sino que contribuye al bien de los demás. Muchos dirán que este camino avala cualquier nota lacrimógena, cualquier sentimentalismo cargado de exageraciones. No, no lo avala. Porque la medida del equilibrio es lo que debe gobernar cualquier camino que en la vida se tome.

Nota. El artículo de referencia está en:

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/07/31/actualidad/1375306460_460795.html