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El Estado y la ayuda a los necesitados: ¿nada nuevo bajo el sol?

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No sé en qué ciudad o Estado de la antigüedad comenzó la ayuda estatal a los necesitados (ancianos sin que nadie los cuidase, veteranos de guerra en idénticas condiciones, impedidos físicamente, pobres en general).

Al menos, en la Grecia de Solón ya se practica esa ayuda: alrededor de 600 años a.C., Plutarco nos cuenta que Pisístrato logró una ley para ayudar a mutilados por las guerras, y se pone como ejemplo a un tal Tersipo que recibía ese subsidio. Aristóteles lo expresa claramente: “Hay, en efecto, una ley que dispone que los que poseen menos de tres minas y están impedidos físicamente de manera que no pueden realizar ningún trabajo, los examine el Consejo y se les conceda, a costa del fisco, dos óbolos diarios a cada uno como alimento”.

Un caso del que nos ha quedado bastante documentación (aunque no toda la necesaria) es lo que le ocurrió a un inválido, quien fue acusado por alguien –no sabemos quién- de que mentía para percibir el subsidio. La acusación consistía en que no sólo no era inválido, sino que además tenía aparentemente una peluquería o barbería –con lo que podía costearse su vida-, y andaba a caballo. Este inválido recurre a Lisias, un escritor de poderosos discursos jurídicos. Cabe aclarar que las cuestiones judiciales debían ser defendidas por el propio acusado, o por un amigo o pariente de él, puesto que no existían abogados.

Ese escrito de Lisias se conserva. Y en él se argumenta que las ganancias de su oficio son mínimas; que si bien anda a caballo no posee uno y pide prestado (recordemos que la gente de dinero se desplazaba en silleta); que si bien en su local se reúnen muchas personas eso es porque está cerca del mercado, y entonces la gente pasa y se reúne a conversar con los vecinos; que no tiene hijos y alimentaba a su madre hasta que ésta murió. Pide ayuda a quienes lo deben juzgar, ya que sus ingresos verdaderos son los del subsidio: “Si me lo quitan corro el riesgo de caer en el peor infortunio”, y que no suceda que “lo que me dieron cuando era más joven y vigoroso vayan a quitármelo ahora cuando soy más viejo y débil”. El discursos de defensa ataca finalmente al propio acusador, diciéndole de su desvergüenza de ultrajar a un pobre inválido, quien a nadie ha sacado nada, que no lleva pleitos ni delitos en sus espaldas, que no administra dineros públicos sino que recibe tan sólo un óvolo, el que además no de mucho vale.

Desconocemos qué ocurrió finalmente con el acusado. Calvo Martínez, traductor del escrito de Lisias, considera que el inválido no era inválido, o que si lo era su situación no resultaba tan de escasos recursos. También piensa que la acusación fue venganza de otro mentiroso como él.

Y aquí entonces el sentido de estos párrafos, más allá de las normas antiguas y contemporáneas: hecha la ley, hecha la trampa. Y si no, que lo digan las situaciones que este escrito de Lisias sugiere. Y si no, que lo digan las prácticas de corrupción en la Roma del Imperio, que encontramos narradas en sus historiadores,  especialmente en gremios de alimentación y construcción. Los de la alimentación, cuando debían distribuir la ayuda gratuita del Estado pero se quedaban con buena parte de los recursos, y los de la construcción, que asociados con los nobles y adinerados, no respetaban las normas de edificación, provocando los derrumbes tan habituales de casas de inquilinos.

 Y que conste que esto no significa la importancia de que el Estado ayude a quienes verdaderamente lo necesiten, sin que medien falsedades privadas y públicas, funcionarios que utlizan esa ayuda para derivar parte a los bolsillos propios o de su partido político, etc.

¿Es que no hay nada nuevo bajo el sol?