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¿Somos los libros que leemos? Sarmiento, Borges y los libros.

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Es común oír que -muy seguros- muchos afirman: somos los libros que leemos. Aun más: los libros se leen entre sí. Semejante tiranía del texto (o de los textos) ha provocado la natural reacción de otros muchos, por lo que aquí dejo un modesto aporte, y un ejemplo de lo contrario.

Que no somos precisamente lo que leemos se demuestra por el simple hecho de que diez lectores leen el mismo libro y su decir sobre éste no será igual. Ya Borges decía que cualquier libro tiene tantas versiones como lectores sume. Es decir: no somos lo que leemos sino lo que hacemos con lo que leemos. ¿O no fue acaso un pensador español quien afirmó que la vida nos es dada pero no nos es dada hecha?

El propio Borges puede servir de ejemplo para esto de lo que leemos y lo que hacemos con lo leído, pues entre los varios asombros que siempre ha generado está el que su conocimiento de filosofía fuera bastante menor (sobremanera se guió por el diccionario filosófico de Fritz Mauthner) pero las conclusiones que elaboró son decididamente profundísimas (como el anticiparse a conceptos de la física cuántica, por ejemplo).

Sarmiento es uno de esos ejemplos más transparentes. Pobre, alejado de bibliotecas públicas y de las grandes ciudades, fue un autodidacta absoluto. Ayudante en una almacén de ciudad (que más bien era de campo, por ese entonces), pedía libros a los viajantes, a los vecinos, a quien pudiera. Y estamos hablando de un Sarmiento púber. Leía desordenadamente ya que leía todo lo que podía conseguir. Sin más colaboración que un diccionario, adolescente y luego adulto, leyó rápido en francés, en inglés, en italiano. Lo cuenta así: “Tenía mis libros sobre la mesa del comedor, los apartaba para que sirvieran el almuerzo, después para la comida, a la noche para la cena; la vela se extinguía a las dos de la mañana y, cuando la lectura me apasionaba, me pasaba tres días seguidos sentado, registrando el diccionario”.  Lo impresionante de Sarmiento es que desde chico trabajó, desde joven viajó,  no tuvo años de escritorio y de tareas estables, todo lo contrario: siguió así aun cuando tuvo que huir por razones políticas.

Obviamente, sus conocimientos fueron, al decir de Ezequiel Martínez Estrada, “siempre superficiales, aunque sus ideas sean profundas. Su corpulencia y pujanza intelectual ni guardan relación con la deficiencia de su dieta”. O sea, no hay nombres de valía en su formación, las referencias son de segunda mano: “La cultura de Sarmiento es de base informativa, y su extensión, que abarca una superficie enorme, carece de hondura. Todo es como una llanura pintoresca, y lo profundo en él es siempre lo personal”. Y después de repasar los autores que cita el mismo Sarmiento, termina Martínez Estrada: “Es asombroso que con tanto malo haya podido hacer tanto tan bueno”.

Volvamos a Borges, quien se enorgullecía de los libros que había leído, pero ahí nomás expresaba, con su ironía habitual, que muchos sabían escribir pero no sabían leer.