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¿Con quién y qué, cuándo, cómo, sentimos orden, claridad?

manos11

Escuchemos:

“El aspecto de una casa la víspera de una mudanza es desagradable y angustioso. Se han vaciado los armarios, las cómodas y la biblioteca. Se organiza un desorden que hace irreconocible cada cuarto. Aparecen los objetos más heteróclitos. Encuentra uno su portaplumas cuando busca el cepillo y cuando uno necesita su pañuelo se da con las sábanas. En los pasillos hay que navegar entre baúles y cada cajón del escritorio desborda de papeles y de cartas que es preciso releer antes de romper, mientras se tendría la tentación de hacer lo contrario.

Llega un momento en que la urgencia de ir a respirar a otro sitio es irresistible. Uno sueña con una casa ordenada donde no se hará indispensable partir a la caza de una cuchara y de una taza para tomar un poco de té. Y uno va hacia la casa amiga -cuando se tiene la suerte de contar con ella- para gustar un orden que no es quizá el orden a que nuestra casa se prestaría, pero que es un orden divino, en armonía con el lugar donde se ha establecido.

Con este espíritu he buscado yo refugio cerca de Dante. Y también es por este espíritu por lo que nunca se me ha ocurrido instalarme en mi refugio. Bien o mal ordenada yo no podría nunca vivir fuera de mi casa -léase mi época.

Pero lo más duro de soportar, hoy, es que después de haber vaciado los muebles y cubierto el suelo con nuestras ropas, después de haber sacado los baúles del desván, después de haber organizado el desorden, nos damos cuenta de que la otra casa, aquella que contábamos habitar, está aún construyéndose. Henos aquí, pues, entre un lugar que ha dejado de ser habitable y otro que no lo es todavía. Y dado el estado de espíritu en que nos hallamos, es imposible arreglar de nuevo las cosas en nuestra antigua residencia: sería un trabajo inútil.

¿No estaría más de acuerdo con el buen sentido el tomar consigo lo necesario e irse llanamente a un hotel?

Pero no podremos ir al hotel con nuestros muebles a la espalda. Nos veremos obligados -insisto- a llevar estrictamente lo esencial.

Creo que nuestra época será saludable en un sentido análogo, porque nos impondrá la búsqueda de lo esencial.

¿Y qué cosa busca el hombre, desde siempre, bajo una forma u otra, si no es la felicidad? (Pongamos lo que él cree susceptible de procurarle la felicidad)”.

Y páginas más adelante, se concluye:

“Toda ley es como una flecha disparada en el sentido de la cosa o del ser que ella rige. Conocer el sentido en que tal flecha ha sido disparada y saber que aún se ignora el sentido en que lo ha sido tal otra es aproximarse, en cierto modo, a la salvación.

Mis ojos, que tocan el firmamento, sonríen al mirar mi mano; porque mi mano, que conoce la dulce piel de las frutas, es ciega a las estrellas”.

Estos párrafos pertenecen a Victoria Ocampo: Contestación a un epílogo de Ortega y Gasset, publicados en Revista Sur, 1931.

En unos instantes levantaremos nuestro mirar de estas líneas, quizás observaremos entonces un rostro, otro texto, un horizonte que se asoma cercano o próximo, quizás pensaremos sobre con quién o qué, cuándo y cómo, sentimos felicidad o, al menos, algunos de sus modos: orden, claridad. Sí, quizás.