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BIBLIOTECAS, MI BIBLIOTECA.

 biblioteca del clementinum, praga

Digamos que no uno tiene la biblioteca que anhela sino la que puede. Incluso, me pregunto si los muchos miles de volúmenes de la biblioteca de Umberto Eco le alcanzan.

Los hechos se complican por demás si a eso le sumamos las mudanzas que suelen ocurrir, la falta de espacio suficiente del que generalmente se dispone. Y están también los hechos trágicos, como las veces que Onetti tuvo que vender sus libros por falta de dinero, o las bibliotecas que fue dejando Benjamín en su huida de quienes buscaban encarcelarlo y matarlo.

De modo que debe uno mantener con su biblioteca una relación de amor, sí, pero también de humildad.

De amor, porque en ella se reflejan nuestros sueños de ojos abiertos más íntimos, nuestros pensamientos y proyectos más profundos y, sobre todo, hay regiones enteras de uno mismo en ella: tal vez libros que leímos más jóvenes y que nos deslumbraron en ese momento y que hoy son testimonios de quien fuimos y de algún modo seguimos siendo (O.Paz, Papini); esos otros volúmenes que todavía ahora nos subyugan y alientan y exigen aunque lleven mucho tiempo en los estantes (la Lógica aristotélica, Malraux, Panikkar) ; y también los otros libros, los que ansiosos nos esperan porque los conseguimos esperando zambullirnos cuanto antes en ellos pero aún no lo hemos hecho (ese ensayo sobre los ensayos de Steiner, aquél sobre lo axiológico en la cultura antigua, Cortázar y John Keats).

Relación de humildad, porque ellos nos hablan también de los libros ausentes y queridos que pertenecen a bibliotecas públicas donde hemos estado horas leyendo y releyendo esas páginas que de algún modo no podemos llevar a nuestros estantes.

Es necesario siempre subrayar aquellos volúmenes que presentan para cada uno un tono especial. Por su fecha, por ejemplo. Tengo la Historia de Belgrano, de B. Mitre, de 1896, y la Historia de San Martín, de 1890. O las Meditaciones del Quijote, de Ortega, de su primera edición en 1914. No es algo para quedar de boca abierta, pero a uno lo alegra.

Aunque están también esos libros que por su rostro inusual nos convocan a quererlos de otra manera. Por ejemplo, el catálogo de una muestra sobre Borges en el Palazzo Barberini, Roma, editado por Franco Maria Ricci. O las Rimas de Michelangelo Buonarroti, o Póemes, de Enrique Molina, en edición bilingüe. O regalos muy preciados como la Refutation of Logic Nyâyâ, y On Voidness, ambos de Nâgârjuna, ambos en traducción directa al inglés de fuentes sánscritas y tibetanas.

La lista, obviamente, es amplia, porque todos habemos libros a los que consideramos de algún modo nuestros incunables, nuestros imprescindibles.

Todos podemos decir que no usamos la biblioteca que tenemos, somos ella.

Porque nuestros libros son el espejo, los siete rostros que se dice tiene el sol, los sistemas montañosos y los abismos, las cumbres y los valles plácidos y ubérrimos donde alguna vez anduvimos, donde siempre caminamos, donde mañana estaremos.