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CONFESIÓN ANTE SHAKESPEARE

shakespare

Hace unos minutos estuve hojeando la edición bilingüe -nuestra lengua y francés- de poemas de Enrique Molina, y unas páginas no publicadas de Julio Cortázar, que pertenecían originalmente a Rayuela. Al mismo tiempo, suena el piano preciso y elegíaco de Ludovico Einaud, con su melodía Una Mattina, de la película The Intouchables.

Entonces, por esas ocurrencias de las memorias, ocurrencias en las que uno no es actor voluntario sino apenas un testigo de sus propios recuerdos, en esta mañana próxima al otoño, de sol lento y suave, y Enrique Molina en francés y Cortázar, me han remontado unos pocos años atrás a Shakespeare. A la librería Shakespare and Co., justito número ahí, en el 37  de la parisina Rue de la Bûcherie. Veníamos caminando sobre el Sena, disfrutando de las librerías en su orilla izquierda, y llegamos de pronto a ella. Sabíamos que no entraríamos meramente a una librería sino a un capítulo de la historia parisina y anglosajona, a toda una novela dentro de la literatura. Fue así que miramos y disfrutamos por allá, por acá, por cada rincón. Mi esposa subió y arriba se sentó ante el piano, ante más libros, ante más historia, hasta dio algunos movimientos sobre el tablero de ajedrez, con piezas de distintos juegos y texturas y materiales, y los dejó allí, para que otros siguieran la partida, como otros lo habían hecho antes que ella.

Tiempo después (¿cuánto?, ¿una hora, dos, tres?, no recuerdo, una eternidad bella sin duda), nos arrimamos a la caja a pagar lo que llevábamos. Poca gente en esa siesta (ya ni sé si era realmente a la siesta, quizás era la tarde, mediados de semana eso sí). Tampoco recuerdo cómo fue que empezó el diálogo con la mujer que estaba en la caja, en inglés primero y en nuestra lengua después. El hecho es que me preguntó de dónde venía, y al responderle yo, dijo ella que había estado viviendo en Buenos Aires tres meses, porque si bien era de Polonia, había estudiado en París, y su tesis había sido sobre Rayuela de Cortázar, y por eso se fue tres meses a Buenos Aires, porque quería de algún modo sentir el habla, las costumbres, los modos del trasfondo de buena parte de Rayuela. Entonces se me ocurrió, repito, poca gente en ese momento, proponerle qué le parecía si ella recitaba en polaco o en francés o en nuestra lengua el primer párrafo de Rayuela (Hopscotch, en la versión inglesa) y yo lo hacía en inglés, hasta donde la memoria nos protegiera.

Así lo hicimos: acontecimiento que por pudoroso se niega a ser descripto,  asombros compartidos, felicidades  imprevistas y absolutas, en el embeleso de la literatura y la vida, y los clientes que se habían ido sumando sin que nos diéramos cuenta, y mi esposa que a mi lado se unía a mis manos con sus manos, y no sé cuándo pagué ni si nos dimos los acostumbrados besos de despedida en la mejilla con aquella mujer en la caja de la librería Shakespeare and Co., o el apretón de manos, o tal vez nada si al fin de cuentas todo estaba en el párrafo compartido en otras voces y otras lenguas. Ydespués fue un después de no sé dónde ni cómo, pero estoy seguro que nos sentamos ahí cerquita con mi esposa mirando el Sena, o quizás era el Sena el que nos miraba: la noche que fue aproximándose a nosotros y nosotros que al fin retomamos el caminar hacia el hotel de la Rue de la Université donde estábamos, y Shakespeare.