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Cultura y Valores

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LOS SOLES CONTRA EL MURO

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Vivir así. Sí. Coronar emociones, susurros, historias anteriores y actuales. Coronar el andar juntos, solidaridad absoluta. Coronar con tanto que no se puede nombrar porque es lista sin fin. Porque no es lo mismo ser juntos que estar al lado. Como aquellos que confunden tener una casa con vivir en un hogar. Si a uno le da vergüenza tanta obviedad.

Se habían visto por vez primera a la salida de la boca de un subte, lo que con los años comprenderían como la unión tras un viaje de profundidades. Se miraron y ambos se dieron cuenta de que no eran los ojos los que miraban: había un aire de magnolia inaugurada, de bermellones complementados por naranjas delicados, el sello invisible que acaba de ser grabado en cada pluma de los altos pájaros tras los altos árboles. Él le preguntó por una dirección que en realidad ya conocía. Ella le respondió a las dos inquietudes: a la referencia de mapa, y a la invitación mal disimulada. Por eso sonrió mientras contestaba, agregando: voy para allá, te indico cuando lleguemos. Y desde entonces están llegando, cada mañana, todas las noches. No saben los porqués de que se amen, ni siquiera qué es eso nombrado amor. Sólo pueden mencionar gustos, actitudes, valores, que él gusta de fijarse en toda ella mientras desayunan, que ella acomoda en él una camisa, un saco, y le deja tatuado un beso sobre el movimiento de sus respiraciones. Los mohines de tu boca no cotizan en bolsa, pero deberían hacerlo, suele decirle él. En ese sauce de allá se mueve su follaje como los dedos de tus manos sobre mí, suele decirle ella.

Tras la consumación, el descenso. Después del Himalaya, las llanuras. ¿Cómo vivir las circunstancias cotidianas cuando uno tiene el recuerdo íntimo del paraíso? ¿Qué perversa condena es ésta de ser dos cuando se ha sido uno, hace unos instantes alto vuelo y ahora peregrinaje con frecuencia gris e ingrato?

Aunque, al fin de cuentas, también eso que catalogamos despectivamente de circunstancias cotidianas son otros rostros del misterio de vivir; aunque, al fin de cuentas, creemos que lo cotidiano es obligatoriamente insípido, a veces amargor insoportable, siempre algo huérfano de duraznos dulces y deseados. ¿Cómo puede ser paraíso lo que se desbarranca hacia el lunes y hacia la marca de las ciudades crueles? ¿Con qué daga cortamos las cumbres del Himalaya para un lado, y para el otro el café a las apuradas de las once? ¿Dónde el puente entre los arcos de oro y los pasos que se repiten monótonamente? Ahh, que nada escape al jadeo compartido contra los relojes sin clemencia. Ahh, que ningún trocito de amor escape entre las manos de ella con las de él, ese magnífico gesto de los seguros leones mirando el amanecer, calmos en su silueta bajo el horizonte que nítido desgaja infinitud. Los lirios han resistido casi ocho días en su jarrón, dijo ella, qué magnífica epopeya. Y él miró, a los lirios, a ella, y el mundo todo estaba justificado.

Daniel López Salort: Alto Murmullo, Ediciones Nuevo Tiempo.