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A FERNANDO TOLA, PENSADOR Y BOGAVANTE

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Hay obras que desde el primer instante nos entregan toda su respiración: una tela de Mondrian, por ejemplo. Otras requieren de un tránsito más lento, donde a medida que las recorremos las riquezas se van desplegando: párrafos de William Faulkner, por ejemplo. Así sucede con Fernando Tola, a quien debemos aproximarnos a través de cada uno de los rostros que lo conforman, remontándolos, absorbiendo sus totalidades.

En el primero de ellos se instalan las napas que conforman su obrar en la traducción. Porque traducir es moverse entre fronteras, es trasladar circunstancias y pareceres de unos territorios a otros. Toda traducción, todo traductor, rememora por su misión y naturaleza a aquellos caravaneros que, en diversas épocas y culturas, llevaban y traían entre zonas alejadas los más diversos objetos y a la vez las más diversas costumbres y conceptos.

En estos universos, Fernando Tola se despliega plural: ya en aquel jovencito peruano que cursaba sus estudios en Bélgica, latía su condición de imprescindible caravanero entre culturas, apasionándose por el latín y el griego y las gramáticas varias, soñando ya entonces con los ojos abiertos sobre las tierras de Panini, de  Vasubandhu, de Shankara. Pero toda traducción suma al original la perspectiva de la mano que va desplegando lo traducido: de allí la disparidad de versiones que uno puede encontrar de la Odisea, de las páginas de Alighieri, de los textos de la Baghavad Gita. En Fernando Tola la traducción logra la minuciosidad del miniaturista, el engarce de orfebrería.

¿Por qué estos conceptos? Porque basta una mirada breve para observar la permanente adhesión de sus renglones al sentido de las líneas que se están traduciendo, esas largas enumeraciones que acompañan sus obras, donde se pueden apreciar el esfuerzo del detalle y en el detalle, la entrega al modo en que se despliegan las líneas de fuente. Y Fernando Tola logra asimismo la orfebrería, porque cumple acabadamente aquello de que –como he dicho- no se traducen palabras sino sentidos, se traducen mundos, proposiciones, poéticas instaladas en el tiempo y el espacio de la especie sobre la vastedad del planeta y de la historia.

El traductor no obra en una neutralidad pura, aséptica, imaginaria. Todo lo contrario. Si toda traducción es decir en una segunda lengua lo que en una primera se intentó expresar, la equivalencia no es en palabras sino en las fogatas y las aguas que alimentan las mismas. Todo traductor es masas tectónicas en movimiento: se transmiten las elaboraciones que se van estructurando a la vez que se yerguen las propias.

Entonces, a ese primer Fernando debemos sumar otro: el pensador. Aquí bien vale una disquisición siempre sabida y siempre olvidada. Habría dos estilos del pensar: sintético y analítico, y esto mucho antes de Kant y sus postulados. Aquella manera de reflexionar que acentúa el carácter agrupador de lo pensado, o aquella manera en que se enfatiza palmo a palmo cada centímetro de lo que nos ocupamos.

Fernando Tola, a mi entender, como buen caravanero de culturas, hace de la síntesis su proa y la estela que ésta deja. Pero no la negación del análisis en su faz de descomposición de un todo en sus partes, ni la síntesis en la mera significación de un método, un objetivo, un a priori a demostrar. No, nada de todo esto. Hay una instancia superadora que hallamos en sus textos: en Fernando la síntesis es un de suyo natural, la integración de los elementos en apariencia disolventes o extraños entre sí, las bahías de totalidad a donde llegan los elementos en el desove prometedor y fructífero. Prueba de esto son sus investigaciones sobre la correspondencia de caminos entre el pensar indio y el occidental en determinados períodos de la historia de la filosofía.

A la orfebrería del traductor se ha sumado la hondura del pensador. Pero no son estas las únicas gemas.

No es una la imagen a la que se accede cuando uno accede a Fernando Tola. La primera impresión sería la del escritorio donde el estudioso traza su obrar, revisa sus anotaciones, compara sus traducciones, elabora sus pensamientos, modifica un adverbio o una perífrasis verbal o calcula si será ocioso o no la introducción de una coma o un punto y coma que mejor lleve al lector a la adquisición plena de lo que está ante sí. Es decir, las atmósferas habituales para estos casos. Pero no debemos plasmar en una solitaria pintura eidética el obrar de Fernando Tola.

Recibido he sido con frecuencia en su biblioteca, en el aula donde impartía y departía sus conocimientos, puedo con seguridad expresar que no es ese paisaje urbano el que mejor le cabe para lo que me estoy refiriendo. Cuando lo escuchaba, cuando observaba la avidez con que jóvenes y no tan jóvenes se llegaban a él, se me hace que no es una hechura de edificios y pavimentos donde Fernando estaba hablando, se me hace que en realidad no estaba ahí donde mis ojos lo veían sino en otro sitio, que en realidad estaba sentado bajo un tamarindo, coposo, con sus hojas amarilláceas en esplendores antiguos siempre nuevos, habitando los diálogos que necesitan del otro lado del puente para constituirse idóneamente como tales, presto a profundizar la definición de hechuras imperfectas, presto a modificar o cambiar los criterios que requieren otros tallados, firme en el enraizado existencial que sostienen los mundos bajo el tamarindo.

Sí, es pregnante el aroma de la atmósfera bajo el tamarindo, digo, en el aula en que se le oía hablar. Es éste el Fernando enseñante.

 Y ahí asoma entonces su ironía. Sabemos de los diversos rostros que sume la ironía: su edición pedagógica, en la faz socrática; las ediciones menores, ésas que se visten y cubren de desprecios o desplantes o agresiones; la de Russell o de Shaw, de tenor dialéctico e inquisitivo. Mas la ironía tolaense se constituye celebratoria: siempre está dispuesta a celebrar la vida y la existencia con la observación delicada henchida de humor y gracia. La ironía de Fernando Tola no intimida, une. No demuele, abre otros caleidoscopios. Y sabemos que todo hombre y toda mujer son según el ropaje de la ironía que los habitan o que los abandonan.

Estos decires no buscan justificarte, Fernando. Apenas, asomarse a tu andar. Si bogavante era el primer remo sobre quien todo el peso de la marcha se descargaba, no serían justas estas líneas si no observáramos que tus brazadas conllevan otras, que tu sino es el viaje par: no estás solo bajo el tamarindo. Los soles y las lunas te hallan con Carmen Dragonetti, remo del otro lado, mano junto a tu mano, escritura de muchos idénticos sustantivos y modos verbales, altura de tu altura. No son estas páginas para Carmen, pero sí el lugar para señalarla, so pena de errancias erróneas de quienquiera se aproxime.

Caravanero, pensador, maestro y bogavante, amigo de muchos pero sobre todo de la verdad y del afecto, Fernando, nos has dado sumas al viaje en que te has sumado.

Daniel López Salort