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PREGUNTÁNDOME

PREGUNTÁNDOME
Daniel López Salort
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Hubo un pensador, Denis de Rougemont, que se preguntaba por qué existimos ahora y no antes o después. Y por qué estamos aquí y no un poco más allá o en otro lugar.
Y no se pudo responder.
Pero, cabe que agreguemos: ¿y cómo justificamos nuestra vida? ¿Quién o qué justifica que existamos, que estemos donde estamos, en el momento en que estamos?
Preguntémonos sin vacilaciones y sin concesiones. ¿Para qué estoy? ¿Qué sucedería si no estuviera?
Sin dudas, las primeras respuestas que nos vienen a la hora de justificar que sigamos existiendo, son las de un amor que nos necesita, la de hijos que nos requieren, la de nuestros propios padres o abuelos que también necesitan de nuestra presencia o cuidado. ¿Es realmente así? Repito: ¿es realmente así? Cada uno sabrá la respuesta profunda. Y, ¿qué nos justifica que sigamos, que nos esforcemos, que luchemos diariamente? Nos vienen múltiples respuestas: el trabajo que tenemos es para mucha gente imprescindible, investigo algo que es importante para tantísimos, y habrá más respuestas de lo que se nos ocurra o aparezca.
Faltaría decir también que cuestiones muy propias nos justifican: por ejemplo, quiero conseguir tal o cual circunstancia en mi vida, sea de orden material o no, y eso justifica que siga y que siga.
Confieso que hoy me he dado cuenta de otros hechos que me justifican, hechos modestísimos, pero al fin de cuentas también imprescindibles para lo que reclama mi presencia: por ejemplo, hoy no voy a regar la begonia porque me da la sensación de que esa hoja que se le ha caído es por exceso de humedad, o que ayer a la tarde regresaba del dentista y recordaba a Olivia, mi perra, y pensaba que, al ya no estar, no tendré que sacarla a que haga sus necesidades, y eso me provoca la congoja de extrañarla tanto y tanto, ella me justificaba, en verdad. Y vos, en estos días, me contaste que son demasiadas las lluvias y las nubes, y que en las tardes se hace muy larga la espera de que llegue, que la sensación de soledad es tan inmensa que sólo parecen calmarla los mirlos que se reúnen en el patio junto al limonero, y conversan sus universos como invitándote a compartirlos.
A mí se me ocurre que tendría que hacerme una lista de todo lo que me justifica que cada día abra los ojos y me levante y comience la jornada. Pero tengo miedo, tengo miedo de que resulte que los seres y los hechos que me justifican me muestren que no estoy respondiendo adecuadamente a lo que se me pide. Sí, ya sé, uno no debe ser esclavo de los requerimientos y etcétera, pero hablo de lo otro, hablo de las cumbres del Himalaya en los pequeñísimos sucesos de cada día, hablo de la sonrisa de mi madre cada vez que me veía, hablo de que la begonia me mira y yo siento que me agradece el cuidado con que me dirijo a ella (le tengo que confesar que para mí es un honor cuidarla), hablo de que los mirlos se sienten bien mientras conversan bajo el limonero con vos de testigo, hablo de vos, sí, vos, que me esperás en cada instante para respirar juntos porque si no sería un cielo demasiado apagado.
Daniel López Salort, Alto Murmullo, Ed. Nuevo Horizonte.