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Mitos sobre la Conquista de América

 

Matthew Restall es un historiador nacido en Gran Bretaña, criado en España, Venezuela y el este de Asia, recibido en Oxford, y actualmente trabajando en la Universidad de Pennsylvania, donde entre otras actividades dirige el área de Estudios Latinoamericanos. Ha publicado dos libros sobre la cultura maya, y otro llamado Los siete mitos de la conquista española, el que sin dudas pone nervioso a más de uno.

¿Por qué? Por la sencilla razón de que en esta obra arrasa con muchos conceptos enraizados en creencias y/o intereses ideológicos sobre la historia de la conquista española de América.¿Cuáles son algunos de esos mitos según Restall?

El mito de los hombres excepcionales: los conquistadores no fueron grandes estrategas ni héroes homéricos ni nada por el estilo. Analfabetos en su mayoría, muchos artesanos, jóvenes hambrientos de gloria y de dinero (más esto que lo otro), decididos hasta el homicidio para lograr sus objetivos.

El mito de que era un ejército organizado por la Corona: eran todas iniciativas individuales, que muchas veces chocaban con los intereses y órdenes del Rey (recordemos al propio Hernán Cortés).

El mito de la raza: no solamente eran blancos los que conquistaban, los había negros, que además no eran sólo infantería de choque sino que también los había como oficiales de mando.

El mito del fallo comunicativo: de alguna manera los conquistadores lograron comunicarse con las comunidades aborígenes en la mayoría de los casos, especialmente a través de tribus vecinas o enemigas de las que trataban.

El mito de la desvastación: los aborígenes morían sí, y eran objeto de enormes maltratos, pero las enfermedades que contraían por su contacto con los conquistadores produjo más muertes que las armas españolas.

El mito de la superioridad: el que los conquistadores eran enviados de la divinidad fue una idea que difundieron los historiadores franciscanos, y no hay documentos fidedignos que avalen la idea de que muchas comunidades aborígenes vieron a los conquistadores como sus dioses que regresaban.

Hay dos aspectos que quiero resaltar.

El primero, que durante el Siglo XVI se calcula que hubo unos 40 millones de aborígenes americanos muertos, pero no fue por obra de la espada española, sino como consecuencia de las enfermedades (un simple conquistador resfriado podía mataba unos cincuenta aborígenes al estornudar repetidamente…) A la Corona Española no le interesaba el holocausto demográfico: los indios eran mano de obra esclava y barata. Lo que no se advierte es que en América no había diversos grupos sanguíneos: había uno solo, y por eso la escasa resistencia a las nuevas enfermedades que se traía desde Europa.  Ese hecho Restall no lo menciona.

El segundo aspecto es que no existía un mundo aborigen idílico, pacífico y armonioso. Eso que quede para los que desconocen, o para los intereses ideológicos. Había luchas de clases sociales, parentales, tribales. Pensemos nomás que los aztecas capturaban anualmente a miembros de tribus vecinas para sacrificarlos a sus propios dioses (no era cuestión tampoco de que se sacrificase un azteca, por eso sus guerras no eran de aniquilación sino de triunfos pequeños que por conveniencia debían  repetirse en el futuro). Y muchas familias incas y mayas conservaron su poder acordando con la administración española un reconocimiento regional y general, acuerdos donde la Corona permitía que esas familias dominaran en sus territorios, adoptando los indios a nivel municipal el sistema de cabildos para usarlo en beneficio de sus clases dirigentes. Porque era imposible para la Corona mantener funcionarios en todos sus dominios.

En comunidades no tan desarrolladas, como las de los indios del sur de Chile y de Argentina, esas luchas fueron también feroces, como lo prueba que hubo tribus que acompañaron y ayudaron a las tropas de Julio ARoca en la llamada Conquista del Desierto. Y conste que esto sucedió entre 1869 y 1888, unos tres siglos y medio después del primer arribo de Colón.

Todo esto sin contar las numerosas tribus que practicaban la antropofagia, desde el Caribe hasta el sur de América, como lo prueba sin ir muy lejos que fue muerto y comido por aborígenes el descubridor del Río de la Plata: Juan Díaz de Solís.

 

 

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