MELANCOLÍA

cello1

¿Quién es tan insensible para no haber experimentado nunca la melancolía? ¿Y por qué vuelve cuando menos la esperamos? Por qué nos acecha, en la sombra, para adueñarse de nosotros, para dejarnos respirar con una serenidad falsa, ya que nos quedamos sentimientos y pensamientos en sepia, en crepúsculo, en vuelo de pájaro que se aleja e ignora nuestro deseo de alegrías.

Desde Aristóteles a Freud, no pocos se han ocupado de definirla, de detallarla, de sus causas y consecuencias, de su naturaleza.

Ahora recuerdo, simplemente, que para los antiguos los llamados “pecados capitales” no eran siete, sino nueve, y que el mayor de todos era la depresión, estado al que se llegaba tras atravesar la melancolía, luego la tristeza, y finalmente la depresión, que era definida como una tristeza crónica. ¿Y por qué la depresión era un “pecado capital”? Porque cuestionaba la existencia de la divinidad, ya que si ésta existe, ¿por qué permite las tristezas, las injusticias, el dolor en general? Las respuestas a esto escapan a estos párrafos.

De manera que, inevitable como es la melancolía, debemos quedarnos en ella, retroceder, no dar otro paso. No hay que avanzar más allá de la melancolía. No hay que hacerla cotidiana. La vivamos como estación de paso, no un sitio para asentarse. También es cierto que la melancolía nos entrega otras observaciones, otras consideraciones, que la alegría no lo posibilita. En la alegría no reflexionamos. Somos llevados por ella. En la melancolía nos aguardan modos de nuestro ser que pueden hasta sorprendernos al darnos cuenta que los tenemos. Read More