Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

KONVERGENCIAS LITERATURA

Año II Nº 4 Primer Cuatrimestre 2007

 

portada

 

 


LA NOVELA INDIGENISTA,

DE ANTONIO CORNEJO POLAR

 

BERNAT CASTANY PRADO (ESPAÑA)


 

 

 

 

 

 

Según Cornejo Polar, después de que en los años veinte y treinta el indigenismo tuviese un importantísimo papel “como núcleo concentrador de vastas fuerzas ideológicas y estéticas”, a partir de los años cuarenta se producirá un rechazo general “casi sin matices ni discriminaciones”. Es por ello que en este libro intentará realizar, desde los años ochenta, una interpretación de conjunto lo más objetiva posible.

El autor dice escoger entre muchas otras concreciones culturales indigenistas, la novela, porque considera que es una de las expresiones más características del indigenismo y porque cree que el estudio de las relaciones entre ésta y la sociedad peruana es especialmente esclarecedor en lo que respecta a los vínculos que engarzan el plano de la producción literaria con el proceso histórico de la sociedad nacional.

 

El indio, heterogeneidad y conflicto.

 

Cornejo Polar comenzará el primer capítulo retomando la distinción que José Carlos Mariátegui realizó en sus Siete ensayos sobre la realidad peruana, entre literatura indigenista y literatura indígena. Según el autor, esta diferencia pone de relieve dos cosas. Primero, la heterogeneidad de los elementos y fuerzas que constituyen el movimiento indigenista; segundo, el carácter no orgánicamente nacional de la literatura peruana y la necesidad de crear un sistema crítico que dé razón de dicha peculiaridad.

Ciertamente, ambas características son aplicables a otras literaturas latinoamericanas –literatura gauchesca, negrismo centroamericano, indigenismo andino, mexicano o guatemalteco, realismo mágico- que también sufrieron, en su mayor parte, la ruptura de la Conquista y la heterogeneidad social generada por la importación de esclavos. Según Cornejo Polar, en “todos estos casos se trata de literaturas situadas en el conflictivo cruce de dos sociedades y dos culturas”. Con todo, este libro se centra exclusivamente en la novela indigenista peruana.

Teniendo en cuenta que este libro trata de comprender las relaciones existentes entre la novela indigenista y la sociedad peruana, se nos revela como algo necesario reflexionar acerca de la composición de esta última. Según el autor, la polémica sobre el carácter de la sociedad peruana no está clausurado. Las posiciones en discusión son, básicamente, dos. Una afirma la unidad de la sociedad peruana como sociedad capitalista; la otra, la dualidad de la misma, señalando que existe un orden capitalista en la costa y uno feudal o precapitalista en la sierra. Para Cornejo Polar ambas posiciones están muy cercanas ya que la tesis unitaria admite “la coexistencia de niveles sociales en distinto grado de desarrollo.”

Debemos tener en cuenta, sin embargo, que la división de la sociedad peruana no es sólo socioeconómica, sino también cultural. “Aunque cada vez con menos claridad, en razón del creciente proceso transcultural, sigue siendo relativamente fácil distinguir entre un sistema históricamente dependiente de la cultura impuesta a partir de la Conquista y otro que corresponde, en consonancia con su propio desarrollo histórico, a las culturas nativas.” (6) Claro está que el autor no se está refiriendo al mitológico deslinde entre una cultura “occidental y cristiana” y otra “incaica”, ya que, sin llegar a fusionarse, ambas culturas se interpenetraron. Para José María Arguedas, por ejemplo, lo que llamamos cultura “india” es el resultado del largo proceso de evolución y cambio que ha sufrido la antigua cultura peruana desde el tiempo en que recibió el impacto de la invasión española. Siendo así que “la vitalidad de la cultura prehispánica ha quedado comprobada en su capacidad de cambio, de asimilación de elementos ajenos”. (cit. en 6). En todo caso, concluye Cornejo Polar, tanto en lo social como en lo cultural “el polo de desarrollo más dinámico corresponde a la cultura occidental –o mejor, occidentalizada.” (7)

Según el autor, la interpretación dualista del Perú acabó imponiéndose en la imaginación popular del país. Sobre esta base, el indigenismo, que presupone y necesita para su existencia una imaginación dual de la sociedad, elaboró en los años 20 y 30, sobre esta idea precientífica y popular, un discurso en el que irá introduciendo progresivamente conceptos científico-sociales e ideológicos. Este primer indigenismo, prosigue el autor, se realizó en una época en la que la realidad del país era más simple y en la que todavía no habían despegado las ciencias sociales, de ahí que su cosmovisión sea más “maniquea”. Las comillas indicarían que dicho maniqueísmo no era tal respecto a la realidad, mucho más polarizada, de aquel momento.

A la hora de pensar la obra de Mariátegui, el autor no se preocupa tanto de establecer si su visión del país era dualista o unitaria como de ver de qué modo impactó en los indigenistas. (11) Dos fueron las ideas mariateguianas que más influyeron en la imaginación indigenista. La primera, la de la dualidad de la historia y el alma peruana, tesis que se axiologizó y jerarquizó, hasta llegar a afirmar que el “verdadero Perú” era el indígena (cf. González Prada, Luis E. Valcárcel, grupo Orkopata...). Axiología que, según Cornejo Polar, también subyace en las principales novelas indigenistas. (12)  El duradero impacto de esta tesis puede comprobarse en el hecho de que, todavía en 1968, Arguedas hablase de “la división del país en dos universos”.

La segunda idea mariateguiana que tuvo un importante impacto en la imaginación indigenista es aquella que afirma que el auténtico indigenismo ha de tener un fuerte carácter reivindicativo. Mariátegui criticaba el indigenismo evocativo, “falsamente histórico la mayoría de las veces”, para elogiar el indigenismo combatiente. Si bien el tipo de combate que defendía no era aquél que propugnaba una restauración cultural imposible, sino un conjunto de transformaciones concretas que tuviesen como objetivo, antes que nada, la justicia. Su marxismo, sin embargo, fue poco atendido por el indigenismo.

El indigenismo de los años veinte y treinta, prosigue Cornejo Polar, se inscribe dentro del vasto movimiento anti-oligárquico. A veces trasciende ese nivel y adquiere un vuelo de signo socialista, pero la mayoría de las veces se limita a su espacio: semifeudal, serrano, de lucha contra la oligarquía. Este otro nivel más extenso explica que existiese un “indigenismo oficial”, de corte liberal, que pensaba que el capitalismo era imposible sin la previa modernización de la zona andina. Este tipo de indigenismo derivó rápidamente en un cierto paternalismo.

Según Angel Rama, el indigenismo es el resultado del ascenso de grupos minoritarios de la clase media baja que empezaron a emplear las reivindicaciones indígenas como refuerzo y legitimación de sus propias demandas sociales. Utilizaban, quizás inconscientemente, una causa indígena con la que podían sentirse solidarios pero que, sobre todo, les servía de máscara. “Esas multitudes, dice Rama, por ser silenciosas, eran si cabe más elocuentes y, en todo caso, cómodamente interpretables para quienes disponían de los instrumentos adecuados: la palabra escrita.” (cit. en 15)

Cabe tener en cuenta, en todo caso, que el indigenismo, como el criollismo, se inscribe en un movimiento identitario más amplio al que Jean Franco llamará “nacionalismo cultural” y que consiste en la construcción de generadores de identidad cultural –nacionalismo, folklore, paisaje, reivindicaciones sociales- diferentes a los europeos.

Si bien es cierto que su escritura se realizaba en Lima, la extracción social de la mayor parte de los indigenistas solía ser la clase media baja de origen provinciano. Así, cuando Ángel Rama habla de la “heterogeneidad del indigenismo como hecho social”, se está refiriendo al hecho de que los escritores indigenistas, que viven en la ciudad, suelen vivir la política como el enfrentamiento entre una burguesía moderna proimperialista y una clase media radical, aliada con “el pueblo”, al que pertenecen, pero que al escribir piensan también en los problemas de la sierra, que era un mundo de tipo semifeudal, agrario, con una realidad sociopolítica radicalmente diferente a la de la ciudad. Mariátegui vio con lucidez “la contradicción de la base social del indigenismo” al distinguir entre literatura indigenista y literatura indígena.

En el caso de la literatura indigenista, Mariátegui y Cornejo Polar consideran que el  indigenismo es ininteligible sin una cierta relación de base con la ideología socialista pero lo cierto es que esto no se ve ni en la práctica literaria –a excepción del Tungsteno de Vallejo- ni en la reflexión indigenista –a excepción, claro está, del mismo Mariátegui-.

Después de haber analizado la heterogeneidad social del indigenismo, Cornejo Polar pasa a analizar su heterogeneidad cultural, que considera más profunda. Según él, el indigenismo debe comprenderse como la movilización de los atributos de una cultura –la “occidental”- para dar razón de otra distinta –la indígena-. Para empezar, el mundo indígena es interpretado, en primer lugar, por la cosmovisión cristiana y, luego, por teorías o ideologías europeas como el positivismo y el marxismo. Por otro lado, la revelación del mundo indígena se procesa mediante formas adscritas al sistema literario de “occidente”, tanto en lo que respecta a lengua como a técnicas narrativas, géneros, etc. Lo cierto es que, hágase lo que se haga, frente a la imposibilidad social de actualizar literariamente la oralidad quechua, toda actividad indigenista, por la sencilla razón de ser escritural, acaba siendo una operación de “traducción” cultural. Un tercer factor de heterogeneidad cultural en el indigenismo es que el destinatario de su discurso no es el indio sino el público urbano.

El autor finalizará este capítulo concluyendo que son dos las condiciones de existencia del indigenismo. Primero, que haya una diferencia, de la que se tiene conciencia, entre el mundo indígena y el universo en el cual el indigenismo es producido. Segundo, que dicha diferencia no sea sólo de tipo social sino también de tipo cultural. De este modo, si el país se homogeneizase algún día social o culturalmente, el indigenismo desaparecería.

 

La producción de la novela indigenista.

 

Para Cornejo Polar las crónicas de indias prefiguran la heterogeneidad cultural sobre la que surgirá el indigenismo. En ellas vemos dos elementos “occidentales” –el productor y el lector- y un elemento “americano” –el referente-. De este modo, la peculiaridad del referente quedará velada por la intromisión de otras formas de realidad y otros códigos culturales tales como la lengua, las metáforas básicas o las cosmovisiones filosóficas “occidentales” como, por ejemplo, el neoplatonismo del Inca Garcilaso de la Vega. Parece, pues, que la novela indigenista vivirá, en la escritura misma, una situación de heterogeneidad análoga a la de las crónicas.

En lo que respecta al indianismo peruano, Cornejo Polar afirma que se trata de un movimiento cultural que incopora el sistema estético e ideológico del romanticismo. Así, pues, el indianismo se caracterizará por su exotismo; por su incapacidad para tematizar o comprender los niveles básicos, socioeconómicos, del problema indígena; y por su escaso vigor reivindicativo, que será remplazado por una conmiseración casi retórica.

Cornejo Polar pondrá como ejemplo de las carencias de este tipo de indianismo una novela como Aves sin nido, de Clorinda Matto de Turner. En ella, dice, se siente la capacidad de la autora para imaginar soluciones colectivas –sólo personas individuales pueden escapar a su destino de miseria y en la medida en la que dejan de ser indios-; y una escasa profundidad en el examen de la realidad social. Tanto es así que dicha autora nunca hablará del principal problema socioeconómico de la sierra, el gamonalismo, y su diagnóstico general se limitará a ser de tipo “moral”: el problema no reside en una injusta estructura socioeconómica sino en la perversión moral de los señores o “notables”.

Por otro lado, la novela se ve cruzada por una contradicción básica que presentará al indio como bueno, noble y víctima, pero que afirma, por otro lado, la necesidad de civilizarlo. De este modo entran en conflicto dos esquemas representativos y en última instancia irreconciliables: el del “buen salvaje” (reelaborado por el romanticismo) y el del hombre primitivo (elaborado por el positivismo). Así, el elogio de la inocencia indígena es al mismo tiempo una suerte de elegía y de proclama: “algo así como una tierna despedida de un mundo históricamente insostenible y una apasionada arenga para que ingrese a un nuevo nivel de desarrollo” (42). La paradoja o mala fe reside en que para que el indio se salve debe dejar de ser indio.

A pesar de las muchas limitaciones de la propuesta de Matto de Turner, una novela como Aves sin nido suponía un gran avance en la tematización y concienciación de la cuestión indígena. Avance que se detendrá con un modernismo que optará por la mera evocación histórica dando lugar a obras en las que prima claramente el pasado incaico sobre el presente indígena (que resume tan bien un lema como “incas sí, indios no”). Por otro lado, en el descriptivismo de un indígena que quedará incorporado de forma colorista y pasiva al paisaje, se esconde una suerte de escamoteo de la realidad humana y social.

El modernismo llegará a ver la supuesta “tristeza del indígena” como una dimensión de la naturaleza o de la esencia nacional y no como un resultado de la historia o de la situación socioeconómica. Esta perspectiva no implica sólo un determinismo geográfico –superficial e interesadamente apolítico- sino también una perfecta adecuación con ese orden internacional que asigna a Hispanoamérica el rol de proveedora de materias primas, naturaleza o autenticidad. (44-45)

Para Cornejo Polar, los Cuentos andinos (1920) y los Nuevos cuentos andinos (1937), de Enrique López Albújar, suponen la primera gran apertura psicológica del indigenismo peruano. El mismo Ciro Alegría afirmará que López Albújar fue el primero en crear personajes indígenas “de carne y hueso”. (49) Con todo, Cornejo Polar considera que el espesor psicológico de los Cuentos andinos tienen unos límites que, quizás, se deben al hecho de que su autor fuese juez. Ciertamente, López Albújar siempre muestra a los indios en situaciones relacionadas con el delito y en ningún momento consigue trascender el análisis de casos meramente individuales. Sin embargo, prosigue el autor, esta idea violenta y negativa del indio tiene un aspecto positivo ya que el indio deja de ser ese ser inerte, casi mineral, que aparecía en muchos textos indigenistas, para pasar a ser un ser vivo y activo. Tanto es así, dice Cornejo Polar, que puede verse el bandolerismo representado en Los caballeros del delito (1936), también de López Albújar, como un antecedente de las rebeliones indígenas. (50-51)

 

La profundidad histórica del indigenismo.

A mediados de los años treinta la novela indigenista llegará a su plenitud. Durante esa época se entremezclará con otros movimientos estéticos –poesía nativista, música indigenista- y con la reflexión científica e ideológica –Mariátegui-. Las dos figuras más importantes serán Ciro Alegría (1909-1967) y Jose María Arguedas (1911-1969).

Según Cornejo Polar, en la elección misma del género novelístico se ve la heterogeneidad del indigenismo. Ciertamente, la novela está más ligada a la burguesía y al ámbito urbano que al mundo agrícola indígena y a sus formas narrativas más habituales: la épica, los mitos y las leyendas.

Recordemos que para Cornejo Polar son heterogéneas aquellas obras literarias en las que uno o más de sus elementos constitutivos corresponden a un sistema sociocultural que no es el que preside la composición de los otros elementos puestos en acción en su proceso concreto de producción, creando de este modo una zona de conflicto. Noé Jitrik hablará de la “fractura de la unidad entre mundo representado y modo de representación”. El realismo mágico de García Márquez, por ejemplo, representa el mundo indígena o rural colombiano utilizando un género literario ajeno a dicha realidad, la novela, y técnicas modernas que vienen de Faulkner y la nueva narrativa. (60-62)

Mariátegui no sólo diferencia entre literatura indigenista y literatura indígena sino que llega a afirmar que esta última no es tal literatura o, en todo caso, no existe todavía, ya que no es escrita. Pero para Cornejo Polar ésta es una idea muy restringida de la literatura y debemos aceptar que la literatura indígena nunca ha dejado de producirse en un curso paralelo al de la literatura peruana en lengua española. (64)

La heterogeneidad de la novela indigenista se da en cuatro niveles. El primero es el de la instancia productiva y hace referencia al hecho de que en el mismo proceso de escritura se utilicen sistemas de valores y convenciones, cosmovisiones y teorías ajenos al mundo indio. El segundo nivel es el del género literario escogido, la novela, ajeno a la cultura y la tradición literaria indígena. El tercer nivel es el del circuito de comunicación, que margina al indio y se dirige fundamentalmente a un lector urbano. El cuarto nivel es el del referente, que sí corresponde al universo indio y es el que crea la heterogeneidad de la novela indigenista. Cabe destacar la condición dependiente, en cierto modo pasiva, del referente indígena: “él soporta un proceso de enunciación narrativa que social y culturalmente no le corresponde y debe ofrecerse a la comprensión de lectores ajenos y distantes”. (65-66)

Con todo, en la novela indigenista se producirá una cierta “reacción del referente ante el proceso de producción que se le impone desde fuera” (67). Un buen ejemplo de lo que Cornejo Polar da en llamar “impacto del referente” es el hecho de que en la novela indigenista no se perciba la primacía de lo individual, tan habitual en la novela “europea”, de corte liberal, sino que dominen los personajes colectivos o simbólicos. Otros “impactos del referente” serían el uso de la alegoría o la incoherencia y la fragmentación, que no deben ser vistas como imperfecciones o descuidos formales sino como la plasmación narrativa de la heterogeneidad. Vemos, pues, que no sólo el escritor adapta el referente para poder narrarlo sino que también se ve obligado a adaptar el proceso mismo de producción. (70)

Tres son las principales peculiaridades formales de la novela indigenista producidas por el mencionado impacto del referente. La primera, de corte narrativo, haría referencia al hecho de que la novela indigenista haya asimilado el sistema narrativo, más aditivo que secuencial y estrechamente relacionado con el modelo cuentístico, de la literatura indígena. Tal sería el caso, por ejemplo, de La serpiente de oro, de 1935, y de Los perros hambrientos, de 1939, de Ciro Alegría, obras en las que las historias son relativamente independientes y que al final configuran un sentido más paradigmático que secuencial. Esto se debe al uso de modelos populares –el cuento es el género principal para los indios- y a la vigencia de una conciencia más mítica que histórica del tiempo. (71-72) La segunda peculiaridad de la novela indigenista sería la incorporación de canciones indígenas –la lírica quechua es muy rica- y un fuerte sentimiento del paisaje. Y la tercera haría referencia al hecho de que la novela indigenista hace un uso habitual de mitos o se estructura siguiendo un tipo de pensamiento mítico. Recordemos, por ejemplo, cómo el final de Todas las sangres (1964), de Arguedas, a pesar de ser apocalíptico, implica la fundación de un mundo nuevo. Con todo, Cornejo Polar es consciente de que es necesario distinguir entre las categorías míticas universales y las propiamente quechuas.

Claro está que el referente –el mundo indígena- no sólo influye en la forma sino también en el contenido o en la cosmovisión de la novela indigenista. Distingamos, primero, entre las diferencias existentes entre las concepciones del temporales propias de los “occidentales” y aquellas propias de los “indígenas”. Las primeras percibirían el tiempo desde una perspectiva histórica mientras que las segundas lo harían desde una perspectiva mítica. Teniendo en cuenta que, por lo menos en su forma original, el género de la novela exige para su constitución una conciencia histórica del tiempo, en oposición, por ejemplo, a la conciencia mítica que alienta las construcciones épicas, es normal que la novela indigenista se vea forzada a contorsionarse para armonizar en su seno ambas concepciones temporales. En toda novela indigenista es fácil identificar el intenso esfuerzo del autor por modificar el referente e incorporarle una forma de conciencia temporal que le es ajena, esto es, por “historificar el mito” (75-76). Así, en El mundo es ancho y ajeno (1941), de Ciro Alegría, en un primer momento los indios interpretarán lo que les sucede míticamente para pasar luego a interpretarlo teniendo en cuenta las dinámicas sociales e históricas que los envuelven. También en Todas las sangres el protagonista descubrirá, gracias a sus viajes, la alternativa revolucionaria –histórica- fuera del mundo indígena.

Con todo, en este tipo de novelas siempre se puede sentir una cierta “nostalgia contradictoria” que nace del hecho de que la conciencia histórica rompe el admirable mundo antiguo, presidido por sabias normas y amparado en una densa y coherente cosmovisión mítica. Si no se viese amenazado por la sociedad nacional y los gamonales, el orden indígena, parece decir, sería perfecto, pero al verse atacado, se ve obligado a aceptar “ese mismo instrumento –la historia- para imaginar otro proceso: el de la liberación del pueblo indígena”. Claro está que asumir esto es doloroso porque amenaza su mundo mítico. (79-80)

En el tramo final de este libro, el autor se propone analizar, a la luz de la evolución narrativa de José María Arguedas, las relaciones del indigenismo con el nacionalismo y el universalismo. Según Cornejo Polar, la narrativa de Arguedas se constituye como un ininterrumpido proceso de ampliaciones. En un primer momento, un libro como Agua, de 1935, concebiría el mundo andino como una realidad insular y bimembre en la que se opondrían indios y terratenientes. En un segundo momento, formado por novelas como Yawar Fiesta, de 1941, Los ríos profundos y El sexto, de 1961, se produciría una primera ampliación en virtud de la cual a la realidad representada en Agua se añade un término de relación: el mundo occidentalizado de la costa. De este modo una nueva oposición sierra/costa se añadiría a la primera oposición, que no por ello desaparecería. Una novela como Todas las sangres protagonizaría una tercera y última ampliación en la que se incorporaría una nueva dimensión conflictiva que tampoco borraría las anteriores: la que enfrenta al país todo con las fuerzas del imperialismo. El nuevo universo discursivo incluiría a todo el mundo.

En cada uno de los momentos de este proceso, José María Arguedas parece tomar conciencia de que la realidad que ha tratado de esclarecer no puede ser explicada en sí misma y que sólo puede serlo si se la relaciona con una estructura mayor. Ciertamente, el autor de Yawar fiesta es capaz de conservar la vigencia de los conflictos interiores, incluso cuando éstos quedan englobados dentro de una problemática de mayor alcance. Su obra, prosigue Cornejo Polar, demuestra, por un lado, que el indigenismo y el regionalismo no son la antítesis del nacionalismo y el universalismo y, por el otro, que el universalismo no debería ser tomado como un concepto inmaterial y abstracto. La obra de Arguedas sería el mejor ejemplo de que es posible conseguir “una universalidad concreta e histórica” (80-84).

El autor se pregunta, sin embargo, si este indigenismo expandido hasta confundirse con el mismo mundo sigue siendo indigenismo. Como dijimos, la ampliación extrema del espacio de representación no significa que el primer ámbito, indígena y andino, desaparezca. Antes bien, el peso de la representación sigue recayendo sobre el espacio tradicionalmente adscrito al relato indigenista. Además, estas novelas siguen teniendo como perspectiva fundamental la reivindicación y revalorización del mundo y cultura indígena. Es decir, en ellas lo indígena no es un elemento más ya que en la axiología que toda novela implica, como parte del sistema ideológico que representa, se prefieren los valores socioculturales indígenas. Por otro lado, esta ampliación responde a la progresiva integración nacional del Perú, integración que obliga a examinar el mundo indígena en relación con estructuras sociales cada vez más amplias. Ahora bien, como dicho proceso está lejos de contemplarse, la novela indigenista sigue teniendo sus razones de ser. (85-87)

A modo de conclusión, Cornejo Polar afirmará que la novela indigenista no es sólo representación del mundo indígena sino también un “ejercicio cultural que se sitúa en la conflictiva intersección de dos sistemas socioculturales, intentando un diálogo que muchas veces es polémico y expresando, en el nivel que le corresponde, uno de los problemas medulares de la nacionalidad: su desmembrada y conflictiva constitución”. No se trata sólo, pues, de un testimonio literario del mundo indígena sino de “la representación literaria más exacta del modo de existencia del Perú” y, en sus formas más extendidas, del tercer mundo y del mundo mismo. Asimismo, la novela indigenista no sólo se limita a enunciar esta problemática sino que la encarna en su forma, en su estructura general y en su significado. (88)

 

 

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