Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

KONVERGENCIAS LITERATURA

Año I Nº 1 Enero 2006

 

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 LOS DECIRES DE ROGER CHARTEIR

 

Cristina Roganti (Brasil)

 


 

 

 

 

En un interjuego de observador y observado, el escritor y el lector conforman un par indisociable en la literatura.

Sus prácticas, la escritura y la lectura son actividades solitarias (a veces), absolutamente complementarias (siempre) – y, según conveniencias de poder, han sido separadas, unidas, desvalorizadas, estigmatizadas, realzadas. Sin embargo, ambas se han consolidado en sus manifestaciones y en su presencia, más allá de cualquier censura, más allá de cualquier límite impuesto desde el afuera.

Los últimos tiempos resultaron muy propicios para que, desde multiplicidad de disciplinas, se problematizara acerca de ambas prácticas desvirtuando así la perspectiva que las reducía al ámbito escolar o a la investigación universitaria. Es muy amplio y variado el espectro de miradas que las ilumina cada vez que se habla de “cultura letrada”, o bien se hace referencia a las costumbres de determinadas “comunidades lectoras”, o cuando se enfocan temáticas relativas a las actividades de textualización, sin olvidar su íntima vinculación con la literatura. Escasos señalamientos que pretenden empezar a abrir el abanico de aproximaciones de campos en los cuales la palabra escrita ocupa un papel central.

De ambas prácticas tan plurales, plurales por los elementos que las componen, por los enfoques con los cuales se las aborda, por su implicancia cultural, se abordará, en este espacio, la lectura.

Un recorrido por los aportes conceptuales elaborados por investigaciones producidas en campos tan diversos como la antropología cultural, la semiótica, la psicolingüística, la socio semiótica, por nombrar algunas, han otorgado a la lectura y al lector, en tanto dimensión de análisis del “objeto” lectura, un protagonismo que posibilita la desnaturalización de discursos centrados en el hábito, la pasividad del lector, el canon.

Entre los intelectuales que han reflexionado sobre la cultura escrita, merece ser mencionado Roger Chartier. La vasta obra de este historiador francés, nacido en Lyon en 1945, lo presenta como un pensador clave para el estudio de la lectura, del lector y lo distingue como presencia fundamental en el panorama contemporáneo de las ciencias sociales.

En Cultura escrita, literatura e historia -editado por el Fondo de Cultura Económica en 1999-, el desarrollo teórico de Chartier presenta la trascripción de una larga conversación con cuatro estudiosos de Méjico, hombres de variados universos de la cultura mejicana, con quienes comparte una forma de pensar la creación literaria, el trabajo del historiador y las prácticas de lo escrito. Reflexionan sobre los cambios de la cultura escrita en una perspectiva de larga duración como así mismo sobre la ubicación de la literatura en el seno del conjunto de discursos que produce y recibe una sociedad.

En el prólogo, Chartier plantea la “discusión de conceptos y categorías de análisis capaces de desplazar nuestro conocimiento del pasado y fundar una visión más lúcida de los tiempos que vivimos”. Los desarrollos teóricos de este estudioso de la cultura escrita proponen un recorrido histórico para la palabra conservada en diversos portadores que ocuparon un lugar específico en cada civilización con respecto al lector. Esta mirada facilita la desnaturalización de categorías utilizadas (apropiación, aculturación, representación, etc.) como si fuesen invariables universales.

Su trabajo, un admirable ejercicio de lucidez, pretende mostrar lo que un enfoque, que restituye el papel del lector y de la lectura, puede aportar a la comprensión de las obras. Reflexiona en torno a las fuentes y los medios que permiten abordar el “acto siempre efímero y misterioso que es la apropiación de un texto” a fin de reconstruir las diferentes formas en que un texto fue entendido, comentado y ubicado en diversos tiempos.

En ese contexto de investigación histórica, identifica la lectura como una práctica en la cual el lector puede producir la invención de sentido. Invención en el coro de una historia de la lectura en el sentido de que no es aleatoria sino que está siempre inscripta dentro de coacciones, restricciones y limitaciones compartidas; y oír otro lado, como invención, siempre desplaza o supera estas limitaciones que la constriñen.

Afirma el autor, que no es una perspectiva que postula la absoluta libertad de los individuos y la fuerza de una imaginación sin límites, ya que toda creación, toda apropiación está encerrada en las condiciones de posibilidad históricamente variables  y socialmente desiguales.

Por lo tanto, la visión simplista que supone la servidumbre de los lectores respecto de los mensajes inculcados, se supera al considerar la recepción como creación y el consumo, producción siempre ligadas por aquello que imponen las capacidades, las normas y los géneros.

De esta doble evidencia resulta el proyecto fundamental de esta obra, que cree descubrir cómo, en contextos diversos y mediante prácticas diferentes (escritura literaria, la operación historiográfica, las maneras de leer), se establece el paradójico entrecruzamiento de restricciones transgredidas y de libertades restringidas, tal como lo señala en el Prólogo.

En esta revisión de la categoría lectura, la problematización acerca de la relación texto / lector producida en esa práctica cultural, enfoca dos límites en los estudios sobre dicho vínculo. Uno de los límites es el sistemático olvido de la materialidad del texto que restituye algo de la dimensión dialéctica del texto y el lector. El otro, la abstracción del lector.

Situado en el primer límite. Chartier afirma que la materialidad abarca todos los elementos materiales, corporales o físicos que pertenecen al proceso de producción de sentido y que, a pesar de ser importantes en dicho proceso, hay corrientes de la crítica literaria que han olvidado por completo esta dimensión, localizando el enfoque sólo en el funcionamiento del lenguaje dentro de la obra.

Restituida la importancia de las formas del texto en la construcción de sentido, aborda el rol del lector en dicho acto de producción cultural. Reflexiona sobre la corporeidad social y culturalmente construida del lector enriqueciendo cada reflexión con ejemplos de sus trabajos previos. De este modo, especifica que la literatura española del Siglo de Oro tematiza su propia condición de producción, de circulación y de recepción y cita a Fernando de Rojas como un caso interesante porque en el prólogo de La Celestina escribió sobre la naturaleza del público en relación con la forma de transmisión y con la técnica de la lectura.

Señala que Borges, siguiendo esa tradición hispánica, en el cuento El espejo y la máscara, de El libro de arena, muestra una percepción extraordinaria de los cambios vinculados a las maneras de transmitir las obras, a la estética que rige la producción literaria, a la naturaleza del público, a los efectos del texto literario y, finalmente, al estatuto mismo de la literatura.

Afirma que las teorías que piensan un lector abstracto lo identifican con la universalización de la capacidad de lectura del lector profesional del siglo XX; la superación es “historizar, sociologizar, si se puede decir, al lector”, otorgarle la dimensión sociocultural a la figura del lector.

La manera de dar una realidad sociocultural al la figura del lector, tal como afirma Chartier, es reconstruir las capacidades que identifican a las comunidades particulares de lectura, reconstruir los esquemas a través de los cuales esas comunidades piensan, reciben, organizan y clasifican los textos. Cualquier lector pertenece a una comunidad de interpretación y se define en relación con las capacidades de lectura, por lo tanto, al atender el amplio abanico de posibilidades –teniendo en como bordes los analfabetos y los lectores virtuosos – será posible entender el punto de partida de cada comunidad.

Tal como Daniel Goldin señala en la presentación de la colección Espacios para la lectura -a la cual pertenece el libro de Roger Chartier-, estos espacios permiten hacer públicas realidades que deben salir de ámbitos cerrados a quehaceres específicos. En tanto seres inmersos en la cultura letrada, los lectores podemos acceder a reflexiones que nos permitan continuar problematizando cuestiones cuyas esencias fluyen en el tiempo sin posibilidad de excluir nuevos cuestionamientos, sobre todo, porque de hacerlo, sería el propio hombre el excluido.