Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 9 Año III Junio 2005

 

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LAS NUEVAS METÁFORAS IDENTITARIAS 

DE LA LITERATURA POSNACIONAL

 

Bernat Castany Prado (España)

                                                                      

 


 

 

 

 

El más grave defecto de todo hombre, la causa primera de los males que afligen a la humanidad consiste en que su inmensa mayoría es una sola cosa y sólo eso: italianos y nada más que italianos, alemanes y sólo alemanes, franceses y nada más que franceses.

 

Alberto Savinio, Política y locura

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Dicen Lakoff y Johnson en Metáforas de la vida cotidiana que el hecho de que nuestra cultura conciba la discusión en términos bélicos –contraataques, ofensivas, treguas, victorias, baterías de argumentos- hace que nuestra manera de conversar sea un tanto violenta, mientras que en una hipotética cultura en la que la discusión se concibiese como una danza –pasos, complicidad, arte, entretenimiento-, la conversación sería más pacífica y armoniosa.

 

Si coincidimos con Amartya Sen, quien afirma, en Las raíces globales de la democracia, que ésta no debe concebirse exclusivamente en términos de elecciones y escrutinio sino más bien en los de discusión pública y tolerancia a la pluralidad, concluiremos que algo que parece tan anecdótico como es el sistema metafórico con el que concebimos la conversación puede tener una enorme relevancia política.

 

Desde este punto de vista, el análisis y modificación de los sistemas metafóricos mediante los cuales imaginamos y experimentamos todo tipo de fenómenos mentales como, por ejemplo, las relaciones humanas, el aprendizaje, la existencia o la identidad, puede ser fundamental para descubrir y solucionar las fallas democráticas de nuestras imaginaciones identitarias.

 

Del hecho de que “las metáforas puedan crear realidades, especialmente realidades sociales” (Lakoff: 198), y del hecho de que la literatura sea un generador y difusor de metáforas, se deduce que ésta es, más allá de los contenidos explícitos que pueda tratar o no, una verdadera forma de acción política.

 

En este artículo me gustaría analizar de qué modo en diversas partes del mundo está surgiendo una corriente de literatura posnacional que busca realizar un cambio en las metafóras a partir de las cuales concebimos la identidad nacional. Por cuestiones de espacio me ceñiré a cuatro obras: Orígenes de Amin Maalouf, Fuera de lugar de antiorientalista Edward Said, Los versos satánicos de Salman W. Rushdie y El Danubio de Claudio Magris.

 

 

 

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De algún modo, todo el trabajo de la literatura y la filosofía posmoderna se cifra en el intento de cambiar la metáfora básica de la modernidad, que concebía el mundo o la sociedad como la maquinaria de un reloj en la que aquello que no contribuyese a su funcionamiento se consideraba inútil o pernicioso; por una metáfora más fluida y flexible con la que dar cuenta de la irreductible complejidad del mundo y en la que no es necesario que todo esté en su lugar.

 

En efecto, los diversos sistemas metafóricos de la modernidad están marcados por el sistematismo y la homogeneidad así como el culto a la unidad y al orden. Tal y como afirman Rosenzweig, Benjamin, Harendt, Adorno o Foucault, dicha actitud esconde en su seno el grano de mostaza del totalitarismo.

 

También Zygmunt Bauman constata las negativas consecuencias psicológicas de este tipo de mentalidad. Ciertamente, se puede descubrir un cierto grado neurosis y obsesividad en una personalidad moderna que puede ser simbolizada por el motto que todavía hoy se repite en muchas escuelas francesas: “cada cosa tiene su lugar y cada lugar tiene su cosa.”

 

Quizás dicha actitud sea, por un lado, heredera del monoteísmo cristiano –lo cierto es que la razón pasó a ocupar el lugar de la religión en la organización de la sociedad y el saber, sin olvidar que, como afirma Jean Paul Sartre, la modernidad no supo o no se atrevió a extraer todas las consecuencias de la muerte de Dios-; y, por el otro lado, del culto cartesiano a la certidumbre –al fin y al cabo la modernidad trató de erigirse como una respuesta contra el escepticismo humanista de un Montaigne que trataba de aceptar la incertidumbre ante la ambigua pluralidad del mundo como el precio que los hombres debían pagar por no ser dioses-.

 

Sea cual sea su origen, los rasgos políticos y psicológicos de la modernidad han marcado decisivamente la forma en que la mayoría de los occidentales y, debido a la conquista territorial o a la colonización mental, de los no occidentales, tienen de concebir su identidad, esto es, como algo coherente, homogéneo, lineal e inmutable.

 

Aunque durante el siglo XX se haya intentado producir una revolución metafórica que pasase de una identidad, social o individual, concebida en términos de unidad o fascio a otra concebida en términos de pluralidad o “multitud”, en el ámbito de la identidad nacional apenas se han producido cambios y todavía hoy perduran aporías como las que afirman que a toda persona debe corresponderle una y sólo una identidad nacional; que a toda identidad le corresponde un único territorio; o que los derechos del sujeto individual están subordinados a la perduración real o cultural de su nación correspondiente.

 

El hecho de que la nación-estado haya pasado a ser la única unidad política concebible en el mundo contemporáneo puede explicar la especial resistencia de las formas en que concebimos la identidad nacional. Sucede que, se crea o no en ella, todos los grupos sociales que aspiren a ganar o conservar legitimidad y poder se ven obligados a adoptar un discurso nacionalista de corte moderno –exclusivista, sistemático, sin excepciones- que, a su vez, lleva a la población a concebir su identidad individual en términos similares.

 

Sin embargo, las consecuencias y los usos políticos que resultaron de dicho patrón identitario en los fascismos europeos del primer tercio del siglo XX así como en las guerras poscoloniales pusieron a muchos en guardia contra el sistema metafórico del nacionalismo dando lugar a una literatura que llamaremos posnacionalista y que busca cambiar –consciente o inconscientemente, explícita o implícitamente-, los modos básicos con que construimos nuestra identidad nacional. A continuación me gustaría analizar cómo cuatro de estos autores tratan de alterar lo que Homi Bhabha llamará, en Nation and narration, la forma narrativa, la retórica y las estrategias textuales de la nación

 

 

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Las metáforas básicas del nacionalismo son la metáfora del árbol –relacionada con las de raíces, sabia y tierra-, la metáfora de la familia –que incluye las de patria, nacimiento (natio) y fraternidad-, la metáfora del árbol genealógico –que une las dos primeras consiguiendo evocar “tanto continuidad temporal, como arraigo territorial” (Malkki, 1992: 28)- y la metáfora de la persona o personalización –conectada con las metáforas de cuerpo, personalidad, nacimiento, muerte o derecho-.

 

En el prólogo a Orígenes, Amin Maalouf arremeterá contra la metáfora de las “raíces” diciendo que éstas “se entierran en el suelo, se retuercen entre el barro, prosperan en las tinieblas; tienen al árbol cautivo desde que nace y lo nutren a cambio de un chantaje: “¡Si te liberas, te mueres!”” (Maalouf: 11) Frente a la de las raíces, el autor de Identidades asesinas prefiere la metáfora del camino. Éste tiene, como los hombres, “un origen ilusorio” ya que “en cada encrucijada se han sumado otros caminos que procedían de otros orígenes” y “si fuera menester echar cuenta de todas esas confluencias, daríamos cien veces la vuelta a la Tierra.” (12)

 

De este modo Amin Maalouf pretende invertir el proceso de “territorialización de la identidad” (Santiago García: 20) que implicaba, a su vez, una sacralización de la nación. Ya Anthony D. Smith afirmaba que situar la comunidad nacional en una tierra ancestral implica dotar a la nación de peculiaridades primordiales y trascendentales y Foucher sentía que “el acto de trazar fronteras remite de manera temible a lo sagrado” (cit. en Santiago García: 24).

 

De este modo, la voluntad de desterritorializar y desacralizar la identidad nacional se nos aparece como heredera del proyecto ilustrado de secularización de las comunidades políticas. Al haber pasado el sentimiento nacional a ocupar en la sociedad parte del lugar y las funciones que antes ocupaba la religión y, luego, la razón –la posmodernidad sería la ilustración que critica los excesos del racionalismo-, se presenta como algo necesario una nueva ilustración que insista en la autonomía moral e identitaria del ser humano en detrimento de una heteronomía dirigida por la tradición o la autoridad nacional.

 

No es casual que el protagonista del libro Orígenes sea Botros, un ilustrado para el que “una frase tomada de un libro, tanto sagrado cuanto profano, no podía sustituir a un argumento racional ni eximir a un hombre de pensar por sí mismo.” (Maalouf: 77) Para el autor de Samarcanda, Botros es el símbolo de “miles de personas cultas” que ““conspiraban” por todo Oriente, de idéntica forma con esa misma esperanza de “disipar las tinieblas”.” (126) Cabe tener en cuenta, sin embargo, que dicha Ilustración no podía ser, puesto que la suponemos auténtica, una mera copia de “occidente”. Prueba clara de su autonomía es el hecho de que Botros pensase de Occidente que “hay que saber en qué merece la pena hacer lo mismo que él y en qué no.” (133)

 

En todo caso, el libro de Maalouf trata de desmitificar la metáfora de las raíces, de los orígenes, y busca promover una idea laica –nacional y religiosamente hablando- del ciudadano. Una idea que no se base “en la infame lógica de la tolerancia, es decir, en la protección condescendiente que los vencedores conceden a los vencidos” sino en el respeto de “mis prerrogativas de ciudadano sin tener que renegar de las procedencias de que soy depositario; tal es mi derecho inalienable.” (176)

 

Vemos, pues, que la sustitución de la metáfora del árbol por la del camino no es sólo una cuestión estética sino una verdadera acción política que busca corregir las tendencias totalitarias de un nacionalismo moderno que tiende a concebir a la persona como una unidad –social, política y económica- idealmente homogénea, indivisible, contable, intercambiable y heterónoma.

 

Edward W. Said arremeterá, en su autobiografía Fuera de lugar, contra la metáfora de la tierra –estrechamente relacionada con la del árbol- al afirmar que prefiere concebir su identidad “como un cúmulo de flujos y corrientes” antes que como “una identidad sólida, a la que tanta gente atribuye una enorme relevancia.” (Said: 377) Está claro que dicha voluntad de sustituir la metáfora de la tierra por la del río también forma parte del proceso de desterritorialización y desacralización de la nación moderna –si es que hay alguna que no lo sea- emprendido por esta nueva Ilustración.

 

A Said y a Maalouf se les suma Claudio Magris quien propone, en El Danubio, erigir una concepción heraclitiana de la identidad donde “el río es por excelencia la figura interrogativa de la identidad, con la eterna pregunta de si podemos o no bañarnos dos veces en sus aguas” frente a una identidad moderna, cuya metáfora sería el cartesiano “pedazo de cera blanca, dura y fría, que aproximada al fuego, cambia de figura, tamaño, firmeza y color sin dejar de ser un pedazo de cera.” (Magris: 21)

 

Por otro lado, al describirnos “el plurisecular debate sobre las fuentes del Danubio” (17), Magris nos remite a una identidad cuyo origen, como el del camino de Maalouf, no puede ser localizado de modo que no hay adscripción posible a una tierra ni a una tradición sagradas a la que los individuos deban someterse.

 

En otra ocasión Magris distinguirá dos espíritus en el pensamiento de Heidegger: uno, de corte fascista, fuertemente apegado a la tierra, y otro, que se halla “en los mayores momentos de su obra”, que enseña que “el extrañamiento es un modo fundamental de ser-en-el-mundo” y que “sin desorientación y sin pérdida, sin errar por senderos que se extravían en el bosque, no hay llamada, no es posible escuchar la auténtica palabra del Ser.” (42)

 

Salman Rushdie, por su parte, reaccionará contra la metáfora de la tierra, que trata de asignarle a cada identidad un único territorio, al elegir como epígrafe de Los versos satánicos un fragmento de la Historia del diablo de Daniel Defoe en la que se afirma que el castigo de Satanás, que el autor no ve como un demonio sino como un demonizado, es verse “relegado a una condición errante, vagabunda, transitoria” en la que carece “de lugar o espacio propio en el que posar la planta del pie.” (Rushdie: 9) Idea que desarrolla a lo largo de su novela en la figura de Gibrel Farishta y Saladin Chamcha, dos anglófilos indios que emigraron a Gran Bretaña.

 

También el título mismo de la ya citada autobiografía de Edward Said hace referencia a esa voluntad de cambiar la metáfora de la tierra, del lugar, del sitio que te corresponde, por una metáfora de la fluidez, del desorden, de la libertad de movimiento físico e identitario.

 

Son numerosos los intentos de cambiar la metáfora que concibe a la nación como a una persona. Su amenaza antidemocrática reside en el hecho de que si la nación es una persona entonces la nación es sujeto de derechos resultando de ello un peligroso conflicto de prevalencia entre los derechos de la nación y los del individuo. Por ejemplo, la nación concebida como persona tiene el derecho de legítima defensa personal que, como sabemos, es un paréntesis legal o “espacio anómico” dentro del cual agredir o matar no está castigado (Agamben: 65). Esta peligrosa analogía es hermana de aquella más antigua que concibe el reino o la nación como un cuerpo del que los ciudadanos son miembros que pueden y deben ser amputados si con ello puede salvarse la vida del cuerpo.

 

Salman Rushdie tratará de desintegrar la unidad de personalidad que se le quiere atribuir a las naciones afirmando que si en la vida privada no hay unidad –uno de sus personajes dice sentirse “como si fuera un mirón de sí mismo en su propio cuerpo” (Rushdie: 20)- tampoco puede haberla en lo nacional. Además, del mismo modo que la personalidad no se define por uno solo de sus aspectos –su religiosidad “era una parte de su ser que no requería mayor atención que cualquier otra” (37)- tampoco la identidad colectiva debería ser unidimensional.

 

En última instancia las dudas acerca de quién es uno mismo -“Yo no soy yo” sino “una máscara debajo de otra máscara, hasta que, bruscamente, aparece el cráneo desnudo y exangüe” (53)- sugieren que las dudas acerca de qué cosa es una nación son todavía más irresolubles. ¿Cómo atribuirles, entonces, una sola voluntad, personalidad e identidad?

 

También el escepticismo identitario individual que Edward Said muestra en Fuera de lugar sienta las bases de un escepticismo identitario colectivo. Si, como insistía Montaigne en sus Ensayos, somos más de uno, ¿cómo no va ser esquizofrénica en grado sumo la nación o cualquier otro tipo de comunidad? La personalización escatima el pluralismo de la realidad social, cuyo reconocimiento y respeto es, a su vez, condición necesaria de toda democracia.

 

La metáfora que concibe la nación como una familia es, a su vez, conflictiva. Para empezar, no existe una sola idea de familia, como está poniendo de manifiesto el debate existente sobre la legitimidad del matrimonio homosexual. Es cierto, sin embargo, que “la familia” a la que se refieren estas metáforas suele ser de tipo tradicional y se refiere, sobre todo, a la veneración de los antepasados y la tradición.

 

Claro está que esta llamada a respetar la tradición por el simple hecho de ser tradición, sin ningún tipo de apelación a argumentos de tipo racional, es algo contrario al pensamiento ilustrado. Esto queda patente en el elogio que, en Orígenes, le dedica Amin Maalouf a su abuelo por haber decidido “seguir estudiando más allá de lo que sus padres juzgaban necesario” (Maalouf: 69). Esto es, por violar la autoridad de la familia en aras de la autoridad de su conciencia.

 

 

CONCLUSIÓN

 

Los sistemas metafóricos mediante los cuales imaginamos la identidad nacional tienen un germen totalitario. Desde todos los continentes escritores como Amin Maalouf, Edward W. Said, Salman Rushdie o Claudio Magris han tratado de proponer metáforas identitarias más incluyentes gracias a las cuales se pueda construir la identidad individual y social sin atentar contra la irreductible pluralidad del mundo. Este tipo de literatura, que podemos llamar posnacional, es heredera del proyecto ilustrado puesto que busca secularizar a la sociedad de ese sustituto de la religión y la razón científica que es el sentimiento nacional.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Agamben, Giorgio, Estado de excepción, Pre-Textos, Valencia, 2004

Anderson, Benedict, Imagined communities, Verso, London/New York, 1991, [1983]

Foucher, M., Fronts et frontières, Fayard, Paris, 1991

Lakoff, George y Johnson, Mark, Metáforas de la vida cotidiana, Cátedra, Madrid, 1998, [1980]

Magris, Claudio, El Danubio, Anagrama, Barcelona, 1997, [1986]

Said, Edward W., Fuera de lugar, De Bolsillo, Barcelona, 2002, [1999]

Santiago García, José A., Las fronteras (étnicas) de la nación y los tropos del nacionalismo

Rushdie, Salman, Los versos satánicos, DeBolsillo, Barcelona, 2002, [1988]