Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 8 Año III Enero 2005

 

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LA MISIÓN DE LOS PENSADORES Y DE LA FILOSOFÍA HOY:

NI CRÍTICOS NI COMPLACIENTES

Silvio J. Maresca (Argentina)

 


 

 

 

 

Difícil coincidir con Leibniz: no vivimos, aunque nos duela, en el mejor de los mundos posibles. Por momentos, los males parecen multiplicarse al infinito: junto al eclipse de los valores tradicionales de la civilización occidental y el desquicio de las instituciones a ellos vinculadas (familia, organizaciones intermedias, Estado), junto a la virtual desaparición de ejemplos de vida rectores, vemos proliferar un sinnúmero de fenómenos inquietantes como la avidez de dinero, el consumismo, la búsqueda de goce a cualquier precio y sin importar qué, la profundización de las desigualdades económicas y sociales, la degradación de la salud pública y la educación formal, la desocupación, la delincuencia, la drogadicción, la inseguridad, la corrupción, la banalización de la cultura, promovida por el complejo tejido de las industrias culturales y los poderosos medios de difusión masiva… La lista amenaza hacerse interminable, aun sin computar el terrorismo y la guerra, con sus terribles secuelas, que conmueven hasta sus fibras más íntimas la vida de los pueblos.

 

Panorama problemático y sombrío, con más razón cuando la mirada se instituye desde los márgenes, como en nuestro caso, argentinos y latinoamericanos, sin rumbo claro y agobiados además por una cuantiosa deuda externa, fruto de administraciones torpes e irresponsables, por no decir algo peor.

 

La cuestión es: ¿qué papel cabe a la filosofía en semejante contexto? O mejor aún: ¿le corresponde todavía alguno o ella, como tantas otras cosas, pertenece definitivamente al pasado? Preguntas que, me apresuro a decirlo, no admiten una respuesta única.

 

De hecho, muchos se desentienden de ellas, jamás interfieren su trayectoria. Tradicionalmente, la filosofía se desenvolvió en fuerte compromiso con el mundo en el cual se hallaba inserta, con el mundo que la vio nacer. La figura de Sócrates es aquí referencia inexcusable. Pero desde que Hegel inventó la historia de la filosofía, es decir, identificó la filosofía con su devenir histórico, y desde que la enseñanza de la filosofía se convirtió en una profesión, sostenida y avalada por el Estado; en una palabra, desde que surge el moderno profesor de filosofía, se tienden las vías para un radical descompromiso de la filosofía con la época, que autoriza a ignorar las preguntas formuladas más arriba. Sumemos al profesor de filosofía un espécimen también relativamente reciente, que le está emparentado: el especialista en filosofía, consagrado a la exégesis de un pensador, una escuela, una época; tampoco cae sobre él la exigencia de pronunciarse sobre los tiempos en que le toca vivir; su menester se asemeja al de un microscopista, indiferente a todo cuanto exceda el objeto de sus desvelos.

 

Podría argüirse que el profesor de filosofía al uso y el especialista no son filósofos y nada más cierto que no lo son; tan cierto como que hoy por hoy ejercen un dominio abrumador en el ámbito de la actividad filosófica, entorpeciendo las tareas más propias de la filosofía.

 

Pero volvamos a nuestras preguntas. Descontando al profesor de filosofía y al especialista, ¿hay todavía filosofía?, ¿hay todavía filósofos? Pues nada garantiza la inmortalidad de lo grande. Sin embargo, en este aspecto soy optimista. Creo que existen aún filósofos, en el más genuino sentido de la palabra y, por ende, filosofía. Tal vez no se trate ya –seguramente no- de los majestuosos edificios especulativos del pasado; sabemos que actualmente no nos es dado construir sistemas filosóficos análogos a los de Spinoza, Leibniz, Hegel. Tal vez las meditaciones filosóficas actuales estén demasiado lastradas por permanentes alusiones a la historia de la filosofía, deban hacer gala de cierto espacialismo; no obstante, con dificultad, algunos pensamientos originales se abren paso, imprimen su huella en el desierto. Y donde hay filosofía la palabra sobre el mundo que nos concierne se pronuncia inexorablemente.

 

Ahora bien: una vez convenida su existencia, ¿qué peso cabe atribuir al discurso filosófico en el mundo que habitamos? No nos entusiasmemos con carreras de grado y posgrados, facultades e institutos de formación superior, reuniones académicas, jornadas, seminarios, simposios y congresos; en fin, cofradías de profesores y especialistas donde –amén de repeticiones y exégesis- algunas afirmaciones filosóficas parecen cobrar densa corporeidad. ¿Qué incidencia tiene el discurso filosófico en el curso del mundo actual, cuál es su capacidad rectificadora o proyectiva, cómo y cuánto influye en los decididores, si los hay, en la vida cotidiana de las personas, en la formulación de los problemas y las presuntas soluciones? Siendo realista, poco y nada. La agenda se redacta sin consultar a la filosofía.

 

Adivino las objeciones. Pues, en verdad, ¿cuándo la filosofía ha incidido en forma directa e inmediata sobre su entorno más próximo? Como ha enseñado Heidegger, la influencia de la filosofía es siempre mediata y opera a través de rodeos y en forma imprevisible. No importa el retardo, la oblicuidad; ya hará sentir sus efectos y éstos serán decisivos, a no dudarlo. ¿Verdad axiomática o, por el contrario, pobre ilusión de filósofo, dilacerado por la contradicción entre la potencia de su pensamiento y su impotencia efectiva? Sea como fuere, la filosofía ha conocido en este sentido épocas más felices; basta recordar el influjo del estoicismo en el Imperio Romano o el de  la filosofía de la Ilustración en la Europa moderna, para no ir más lejos.

 

No me parece desatinado sostener que a principios del siglo XXI la incidencia de la filosofía en el rumbo de las cosas está en su punto más bajo desde el despuntar de la modernidad europea. Esto responde sin duda a múltiples factores, algunos de los cuales han sido explicitados, pero en su conjunto muy difíciles de pensar.

 

Filosofía existe pero pesa poco. ¿Contribuirá en alguna medida a labrar la insignificancia actual de la filosofía la fuerte propensión al discurso crítico de llamativa parte de la filosofía contemporánea?

 

Sería necio negar la inherencia del componente crítico al discurso filosófico tradicional. La filosofía ha ejercido la crítica, en variadas proporciones, desde sus más tempranos orígenes. Crítica a las tradiciones, a las creencias, a los usos y costumbres, al saber establecido, a los sistemas políticos y sociales, a la religión y al arte imperantes. Aunque aplicada en diferentes dosis, la crítica tuvo regularmente en el campo filosófico la función de despejar el terreno para proponer  una positividad superior. A partir de tendencias verificables en su circunstancia, la filosofía ha ofrecido, una y otra vez, alternativas, inexploradas y atrayentes posibilidades de pensamiento y de vida. En ocasiones, para pocos; en otras, para todos; no es eso lo que aquí importa. Importa sí que nunca se ha visto, creo yo, semejante condena global del presente por parte de la filosofía, tan furioso encono con el orden vigente como leemos hoy en considerable porción del discurso filosófico contemporáneo.

 

Conservadora o progresista, crítica acerba e impiadosa e incapacidad casi plena para generar propuestas, salvo la exaltación nostálgica de algún pasado presuntamente idílico, producto adulterado de la falaz memoria, o un candoroso utopismo futurista desamarrado de las tendencias del presente. ¿Exacerbación paródica de  las tentaciones trasmundanas de la filosofía tradicional, ante el bochornoso fracaso de los intentos de realización intramundana de lo Absoluto? En suma, una suerte de romanticismo posmoderno vicia de raíz gran parte de la discreta producción filosófica de nuestros días.

 

Preguntábamos: ¿qué pasa con la crítica?, ¿cuál es su papel en la sociedad contemporánea? Más determinadamente, ¿cuál es hoy la efectividad de la crítica, su capacidad transformadora?

 

Filosófico o no, el pensamiento crítico tiene una historia que reconoce un punto decisivo de inflexión con el advenimiento del pensamiento ilustrado. Mientras los valores, las ideas y las instituciones del “antiguo régimen”, en sentido lato, mantuvieron su vigencia, el pensamiento crítico fue un arma temible en manos de la intelectualidad ilustrada. Nada del viejo orden atinó a mantenerse en pie ante los arrasadores embates del formidable poder de la negatividad. Pero esto es ya historia antigua. Desde hace mucho el “sistema”, si así queremos llamar a la realidad vigente, utilizando un término afecto a la declinante racionalidad marxista; desde hace mucho el “sistema”, digo, en cuanto manifiesto reino de la disolución universal, imperio de la fluidez de todas las determinaciones, integró la “crítica”, a tal punto que ella constituye hoy el corazón del statu quo.

 

Me explico. El objeto técnico, el objeto de consumo, pieza clave de nuestra civilización actual, es esencialmente “crítico”; obsoleto a priori, está muerto antes de nacer. Cuando se lanza al mercado, ya está listo para sucederlo el que le reemplazará. En este sentido, el sujeto eminente de la crítica son las grandes corporaciones trasnacionales, principales agentes de la producción.

 

Cierto es que hoy la crítica propiamente dicha, filosófica o no, recorre una tercera etapa: se levanta a menudo contra aquello mismo que ella ha colaborado inconscientemente a construir; más apropiado sería decir aquí, a de-construir. En la producción de muchos de los “males” que enumerábamos al comienzo de esta exposición le cabe al pensamiento ilustrado, crítico, una importante cuota de responsabilidad. Que hoy la crítica retroceda ante sus propias consecuencias no cambia un ápice la naturaleza de las cosas.

 

Pero tampoco esta oposición crítica a los resultados  de la crítica hace mella al “sistema”. Lo hemos dicho: el “sistema” es esencialmente “crítico”. Sea cual fuere el sentido en que se la entienda y ejerza, la crítica está de antemano contenida en él.

 

Es evidente además que no todo puede estar siempre bien y conviene que algunos lo digan para que el “sistema” se enorgullezca legítimamente de sus bondades y exponga sus incomparables beneficios. Por otra parte, a nadie escapa que la crítica es hoy un brillante negocio en el cual se encuentra comprometido un tan poderoso como complejo dispositivo que comprende la totalidad de las industrias culturales y los medios de difusión masiva. Así, el filósofo crítico se desplaza subrepticiamente hacia el intelectual y éste hacia el periodista, tendiendo a fundirse los tres en una configuración única, al celoso servicio de gigantescas corporaciones empresarias.

 

Así las cosas, ensañarse con los “males” del presente en unidimensional visión peyorativa es quizá, sin proponérselo, contribuir a enraizarlos, deslizarse por una pendiente sin fin. No resulta fácil ver cómo la crítica a las crecientes desigualdades económicas y sociales, a la banalización de la cultura o a las tambaleantes instituciones políticas, refuerza y tiende a perpetuar el nihilismo existente. Pero si esa crítica, como sucede, condenando en bloque la situación, sólo está en condiciones de ofrecer como alternativa inviables restituciones de valores caducos e imaginarios mundos idos o, lo que es lo mismo, ilusiones utópicas desarraigadas, su principal efecto es, en definitiva, acrecentar el desaliento y el escepticismo y, con ello, acelerar la caída de todo escrúpulo, aun cuando contribuya a nutrir la buena conciencia del filósofo crítico, asegurándole de este modo un dormir apacible.

 

Principal efecto no es único efecto. Por cierto, el filósofo crítico logrará provocar también odios y resentimientos de variada estirpe, afortunadamente por lo general privados de mecanismos de descarga, como asimismo indignaciones de semblanza moral que no conducen a nada y, por último, estimulará la formación de un puñado de consciencias críticas, almas bellas lectoras de periódicos “contestatarios” y consumidoras de literatura de “denuncia” y “cultura alternativa”, que vituperarán el estado de cosas desde las alturas de su presunta sensata pseudodistinción.  Un simulacro de aristocracia del intelecto, atrapada en las garras de la industria cultural.

 

Sin embargo, al fin de cuentas, esta función crítica la practica con mayor solvencia el periodista, siempre y cuando podamos todavía diferenciarlo del filósofo crítico. Queda expuesto, pues, uno de los factores, cuya importancia relativa desconozco, de por qué la filosofía incide tan escasamente en el devenir de la vida contemporánea.

 

Claro que no todo el discurso filosófico actual está aquejado por pareja fiebre crítica; existe también una vertiente “adaptativa”, por así llamarla, que busca mejorar lo dado a partir de su aceptación más o menos complaciente, en términos de su descripción vulgar. Dócil a la agenda que otros dictan, el filósofo adaptado se preocupará, por ejemplo, por  reducir las desigualdades económicas y sociales, acortando la distancia entre ricos y pobres; también por elevar la calidad de la educación y de la producción cultural, inducir “éticas mínimas”  a respetar por la humanidad en su conjunto, garantizar la seguridad de los ciudadanos, moderar la corrupción, perfeccionar los servicios sociales, etcétera. Bregará, en una palabra, por introducir una cuota de “racionalidad” en un mundo que parece reacio a ella. Elabora lo que podríamos llamar, usando una expresión de moda, un discurso filosófico “políticamente correcto”. Discurso filosófico de la reconciliación que, en el mejor de los casos, suele diluirse en acotadas propuestas técnicas, conforme a los distintos ámbitos de su pretendida incidencia. Aunque el filósofo adaptado resulta más útil que el crítico, la influencia de la filosofía tampoco es relevante por este camino. Si la estrategia crítica fundía el perfil del filósofo con el del periodista de opinión, la estrategia adaptativa identifica al filósofo con el técnico.

 

Propongo otra estrategia, algo así como una tercera posición respecto a las anteriores. Desde ya, vale aclararlo, eso no garantiza que el discurso filosófico ganará automáticamente en influencia en la sociedad actual. Pero nos preguntábamos cuál podía ser el papel de la filosofía en el mundo en que nos toca vivir o, con cierta grandilocuencia, por la misión del pensador, hoy. Hemos descartado las versiones crítica y adaptativa. En efecto, ni todo es sin más negativo en el presente, ni es cosa de conformarse con los primeros planos que capturan nuestra mirada. Aunque no simpatizo con la metáfora de la profundidad, pienso que “detrás” de los primeros planos se agitan corrientes subterráneas que entrañan insólitas promesas de futuro. En realidad, más que de sumergirse en las profundidades se trata de cambiar la óptica, de leer con otros ojos la superficie.

 

Según creo advertir, en pleno imperio del nihilismo pero hasta cierto punto a contrapelo de él, la humanidad occidental está embarcada en una aventura inédita: el acceso de las masas a un proceso de individuación. No todo es pues negativo; mientras se disuelven valores e instituciones, caen tradiciones y creencias inveteradas, se afianza una nueva entidad, el individuo singularizado que, harto de la experiencia gregaria, quiere vivir su propia, inconfundible, vida; experimentar a su modo su propio decurso vital, liberado de ataduras y referencias obligadas. En realidad, el proceso de individuación no es nuevo; lo nuevo es que las masas accedan globalmente a este proceso, sin importar anacrónicas diferencias de “clase” o antiguallas parecidas. Lo hacen, claro está, a su manera. Tosca y grosera, sin estilo, donde el mal gusto es moneda corriente.

 

 Pero no esperemos encontrar procesos nimbados de radiante belleza ni, mucho menos, puros. En nuestro tiempo, todos los signos son ambiguos. Tomemos por caso el cuidado del cuerpo y la búsqueda de goce, tal como los llevan a cabo los individuos que emergen de la masa. En principio, la revalorización del cuerpo constituye un elemento positivo. Implica el aprecio por la apariencia y lo terreno, clausurando así siglos de cruel autonegación trasmundana. Una filosofía posmetafísica tiene que acompañar y potenciar esta tendencia. Claro que tal culto del cuerpo por parte del individuo neófito se presenta inextricablemente mezclado, las más de las veces, con autonegaciones sutiles como regímenes alimenticios torturantes, ejercicios físicos agotadores u operaciones cruentas. El individuo que despierta de su ancestral sueño gregario afirma la vida, la tierra y el sí mismo, apuesta a la inmanencia, pero no puede eludir la necesidad de castigo, signo de un sentimiento de culpabilidad del que aún no ha sabido desprenderse.

 

Algo similar ocurre con la orientación al goce.  En principio, el individuo no desea ya sacrificarse en función de fines trascendentes sean cuales fueren; el goce, fuertemente asociado ahora a los placeres del cuerpo, en particular sexuales, es buscado activamente. No podemos sino celebrar esa tendencia. Desde el fondo de la historia de Occidente resuena la  plácida y potente voz de Aristóteles: “Podría pensarse que todos aspiran al placer porque todos desean vivir; pues la vida es actividad, y cada uno se ejercita en y con aquello que más ama: el músico oyendo melodías, el estudioso ocupando su mente con los objetos de su consideración, y así todos los demás, y como el placer perfecciona las actividades, perfecciona también la vida, que todos desean. Es razonable, por tanto, que aspiren también al placer, puesto que perfecciona la vida de cada uno, que le es apetecible Dejemos por ahora la cuestión de si apetecemos la vida por causa del placer o el placer por causa de la vida. Ambas cosas, en verdad, parecen encontrarse unidas y no admitir separación, ya que sin actividad no hay placer, y el placer perfecciona toda actividad”.(1).

 

Sintética y bellamente lo ha reiterado Nietzsche, más cerca de nosotros: “la vida es un manantial de placer”.

 

Sin embargo, la orientación al goce del individuo que se recorta de la masa aflora con frecuencia aunada a una exigencia superyoica, a un imperativo moral, tan exigente y ciego como el deber kantiano. Gozar sí, pero no por inclinación sino por deber.

 

Me pronuncio pues por un discurso filosófico que, abandonando tanto la distancia crítica como el mero conformismo, atienda al extraordinario proceso que protagonizan hoy los hombres y mujeres vulgares, tratando de analizar rigurosamente sus distintas facetas, a fin de extraer, depurar y exaltar los elementos positivos, potencialmente superadores del nihilismo, que allí se localizan. Nihilismo y semillas de nueva afirmación conviven: ¿no es apasionante tarea del filósofo contemporáneo ayudar a las personas comunes  a forjar su singularidad, removiendo rémoras del pasado, exaltando brotes de autoafirmación y, sobre todo, colaborando a elevar el gusto, a configurar un estilo?

 

Ya he dicho que la orientación que propongo no garantiza el protagonismo de la filosofía. Pero al menos nos aparta del estéril automatismo crítico, planteándonos tareas tan poco practicadas como subyugantes, al situarnos en una nueva posición subjetiva.

 

Mediante la debida torsión, muchos de los “males” que enunciamos al principio, revelan encerrar riquezas insospechadas. Sin olvidar, por supuesto, algunos “bienes”, que no mencionamos.

 

El nihilismo no es más que el estertor de un mundo que agoniza. Pero en su seno alientan fuerzas creadoras, contracorrientes fecundas. Guardémonos, eso sí, de soñar con auroras resplandecientes; nos esperan mañanas grises y brumosas. No por eso dejamos de asistir a un nuevo amanecer.

 

Nota:

              (1) EN, 1175 a 11-23.