Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 11 Año III Enero 2006

 

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LA MUJER, EL PRIMER TÚ

 

(PERSONA Y GÉNERO

EN LA ENCRUCIJADA ACTUAL

DEL PERSONALISMO)

 

Inés Riego de Moine (Argentina)

 


 

 

 

 

1. Un discurso que hace historia

 

Miremos donde miremos, hagamos lo que hagamos, pensemos como pensemos, la realidad humana, la realidad de la persona, es siempre una realidad diádica: somos hombres y mujeres instalados en el mundo para ver y ser vistos desde una mirada femenina o masculina, desde un 'tú' que nos mira o desde un 'yo' que mira, siempre expuestos o dispuestos desde y por nuestra condición sexuada.  Imposible pretender una consideración de la persona humana sin la impronta de su determinación genérica, varón y mujer, la primera determinación humana con que contamos y con que debemos contar para poder contarnos.  Varón y mujer, determinación elemental, aquella sin la cual nuestra persona no sería persona, y nuestra humanidad no podría llamarse humana; desde ella  conformamos la polifacética complejidad del mundo personal, que habitamos y que nos habita, porque más allá de ser nuestro primer sello natural, ella nos embarga hasta tal punto que tampoco habría cultura indiferenciada o indiferente, que desoyera o ignorara la matriz primigenia donde lo masculino y lo femenino van gestando el mapa genético de lo humano. La diferencia nos habita, genérica y personal, discursiva y vital, y gracias a este habitar diferente nos lanzamos al eternamente esperado encuentro con la identidad, donde diferencia e identidad no hacen más que expresar simbólicamente la riqueza inquietante de lo inexpresable humano, tanto como la fragilidad menesterosa de la palabra que busca acercarse a la verdad de lo que somos.

 

Desde la conciencia de esa fragilidad iniciamos éste nuestro intento discursivo. Como sabemos, hubo un discurso inmemorial que tiñó la conciencia de generaciones y generaciones en refutación del cual se escribe el casi monocorde discurso actual sobre el género y la diferencia,  instalado hace tiempo en nuestra cultura, aunque adolescente todavía, inmaduro en su pretensión de querer decir lo que aún no sabe o no quiere decir, porque no sabe o no quiere ver lo que de suyo está para ser visto y lo ha estado allí desde siempre. Es que el discurso es mediación al igual que el pensar, lástima que de tanto mediarnos en ellos nos enredamos en esa mediación infinita de capas y capas de enredos culturales, ideológicos y lingüísticos y nos olvidamos de la inmediatez de nuestro propio vivir, de ver a partir del vivir, para saber decir  sin dejarnos fagocitar por lo dicho mismo, desde mi vida hecha verdad y desde esa verdad que es mi vida. Por eso mismo no sirve abundar en palabras: lo humano se escribe en paradojas y en contrapunto infinito, porque del sutil entramado de existencia y decires se teje nuestra propia trama vital, de vida y pensamiento entrelazados sin tregua, de acciones queridas y sentidas, de prácticas discursivas hechas urdimbre humana.

 

Pues bien, no hay práctica discursiva que no se haya gestado en la historia del decir y en esa historia se inscribe el relato matricial del Génesis como una de las más antiguas narraciones sobre la comprensión del hombre como varón y mujer, donde comienza a desanudarse la más influyente autognosis humana de todos los tiempos, donde la autoconciencia de la diferencia entre los sexos inicia su azaroso camino hermenéutico. Desde allí, la formación del discurso sobre el género, la sexualidad y, sobre todo, del estatuto de la mujer, comienza a traducirse en la historia de las prácticas discursivas y no discursivas que han modelado la mentalidad y la conducta del occidente cristiano a lo largo de los siglos y hasta la actualidad, nos guste o no. Y no hace falta decirlo: esta realidad se sitúa más allá de nuestra condición de creyentes o increyentes, de personalistas o impersonalistas, por lo cual consideramos absolutamente procedente e ineludible su abordaje aunque su formato religioso o revelado se ponga en tela de juicio.

 

No vamos a negarlo: los juicios y los prejuicios de todo tipo abundan en esta materia, tanto más si el juicio que se inscribe en el discurso en cuestión lo emite una mujer, que no querrá desentenderse de su condición de tal ni querrá tampoco renunciar al necesario y preciado tinte subjetivo que todo juicio antropológico supone, ni tampoco podría hacerlo si lo quisiera.  Hay quien ha dicho desde la lengua inglesa que esta historia es en realidad una 'his-story'  a la cual debe suceder una 'her-story' que haga con  su juicio la justicia que adeudamos a la historia venidera. En este sentido el decir desde la mujer aparece casi siempre teñido de un cierto resentimiento feminista que recrimina la discriminación a la que el decir y el hacer del el varón la confinó, y específicamente desde la lectura habitual que se ha hecho del  Génesis volcada en cánones de ética, en prácticas de sujeción y dominio, en palabras que buscan justificación y en vidas asoladas por la injusticia, el sufrimiento y la vergüenza. En palabras de una teóloga: "Las mujeres nos aproximamos a los textos del cristianismo con una sospecha. Convencidas de que hay un prejuicio androcéntrico, no podemos ya simplemente aceptar como revelado lo que se nos ha dicho que aceptemos" (1).

 

¿Deberemos entonces partir del factum que somos ante todo una 'especie enemistada' (2) que sólo se interpreta así misma desde la sospecha eterna de la propia enemistad? ¿No deberíamos antes bien comenzar a desandar el camino para recuperar y restaurar la amistad primigenia a que como especie estuvimos y estamos convocados desde los orígenes? De sospechantes, sospechosos y sospechados está lleno el discurso actual, sospecha que conduce en definitiva al vacío del propio discurso y a la crítica que destruye sin construir nada. Proponemos, pues, un horizonte que sea el de la confianza, dejando el de la sospecha a los hijos, nietos y bisnietos de sus grandes maestros, activos colaboradores en las incertezas e incertidumbres que nos ahogan como humanidad. Confiamos, tenemos fe, en el decir que se abandona a la palabra develada o revelada porque aquél anciano logos al que algunos todavía creemos escuchar, aún no se ha olvidado del hombre aunque el hombre se haya olvidado de él.

 

 

2. "No es bueno que el hombre esté solo" (3)

 

El escriturista del Génesis que nos conduce en el espacio de la palabra revelada ubica en primer lugar al hombre-persona genérico e indiferenciado (âdâm) para luego pasar a la distinción del ser humano genérico ya diferenciado ((hâ' âdâm)  en varón y mujer (o varón y varona) puesto que Dios decide que 'no es bueno que el hombre esté solo'. No sólo se denota en el texto la alteridad interpersonal y el consecuente carácter relacional de ambos, sino que se destaca con sorpresa la soledad radical del hombre previa al encuentro cara a cara del varón con la mujer. ¡Adán estaba en el paraíso con Dios, y Dios dice que no es bueno que el hombre esté solo! ¿Acaso no es Dios el amigo del hombre por antonomasia? Pero no es su compañía la que el hombre esperaba. Recién cuando varón y mujer se encuentran en reciprocidad parece quedar superado el vacío de la soledad humana, a pesar de que la presencia del Dios creador le acompañaba. La mujer es la respuesta a esa soledad primigenia que el mismo Dios reconoce, la primera autoconciencia humana de que el hombre total no se da en el 'en sí' sino en  el 'frente a sí' que supone la mujer y su necesidad de ella como de otro distinto a sí y sin embargo idéntico en rango y en naturaleza: "¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!" (4)

 

Igual jerarquía, igual participación en el espíritu y en la carne, la mujer es la 'ayuda', la compañía que el varón necesita y que él interpreta y asume como su necesario complemento. La diferencia entre ambos es la base de la complementariedad, que se consumará en el encuentro, carnal y espiritual a la vez, aunque de suyo la eterna dialéctica del deseo es la prueba cabal de su recíproca inaccesibilidad, de su recíproco misterio. Como ha dicho con acierto Hans Urs Von Balthasar: "El varón como hombre está siempre vuelto a su contraparte, la mujer, y, sin embargo,  jamás llega a alcanzarla, y, a la inversa, tampoco la mujer al varón; que - si se toma esta relación como paradigma - el yo humano está siempre a la búsqueda de un tú y que de hecho lo encuentra ('esta sí que es hueso de mis huesos...'), pero sin poder apropiarse jamás de esta alteridad" (5).  Siguiendo a Von Balthasar, si el varón es la palabra que llama, la mujer es esencialmente respuesta (Ant-Wort) pues el varón es 'incapaz de procurarse a sí mismo el ser que le responda'. La mujer le contesta en su mismo registro sonoro, es decir, en su mismo rango y valor, respuesta que se plenifica en el diálogo y plenifica a ambos al unísono en su mutua incompletitud (6).  Si el varón se erige en el primer 'yo' que llama, la mujer es el primer 'tú' que le responde. La hermosa palabra básica 'Yo-Tú', tal como la soñó Martin Buber (7), se escribe desde el principio del discurso humano, donde la díada varón-mujer como encuentro y superación radical de la soledad jamás debió ser enemistada ni disociada. Búsqueda y encuentro, llamado y respuesta, aparecen por lo tanto como el formato original dialógico, esencial y relacional a la vez, en que la pareja humana inicia su aventura en la historia, previo al desencuentro, la enemistad o la  competencia insana, en suma, a la incomunicación irracional, todos ellos  frutos tempranos del desvarío de una libertad mal usada y de un poder mal ejercido. Tarde comprendemos que el camino del ser humano, varón y mujer, no se resuelve en la contienda de los feminismos contra el machismo o el androcentismo sino en la 'tienda del encuentro', el lugar del diálogo y la acogida mutua, de quiebre definitivo de la soledad.

 

Sólo mediante la conciencia de la soledad y por la vía de la negación que implica una cierta carencia de bien - 'no es bueno que el hombre esté solo' -, el hombre se aproxima a descubrir su diferencia y su identidad, su subjetividad y su alteridad, afirmando simultáneamente lo que es por vía de lo que no es, dialéctica ya suscripta por Hegel y repetida por Sartre, aunque nunca llegaran a pensar lo humano desde la impronta de la relación y el amor. Alteridad sin amor..., el infierno tan temido. De la negación a la afirmación, de la ausencia a la presencia, de la soledad al encuentro. ¿Acaso no es la soledad la más profunda de las carencias humanas, la primera forma del mal, el rostro mismo de la muerte cuya sola posibilidad nos lleva a desesperar? ¿Acaso aquel grito desgarrador de Jesús ante la inminencia de su muerte - "¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?" (8)- no es el mismo grito de la humanidad ante la soledad y el abandono? ¿Qué es el morir sino un progresivo llegar a estar solo, una experiencia anticipada del 'infierno'? ¿Qué es el vivir sino la lucha denodada por perseverar en la relación gestante de amor,  ese 'cielo' que nos hace ser?

 

Pero la irrupción del primer 'tú' no se hace esperar: aparece así la mujer como la primera 'fiesta' de la humanidad porque ella expresa tanto la superación de la soledad y el egoísmo cuanto el ingreso del amor y el don en la historia. Como ha dicho bellamente Franz Rosenzweig, "con el primer tú la creación está terminada" (9). Y con él decimos que la mujer es el primer tú humano, inaugurando ella el camino de la mirada, la palabra y el amor, en definitiva, el camino de la persona, mujer y varón, yo y tú, que se va construyendo y fundando desde el misterio inacabado del don recíproco. Don que es ayuda, acogida, correspondencia, -  "Voy a hacerle una ayuda adecuada" (10) - y que bien puede pensarse como lo pensó con simpleza Edith Stein: "una imagen especular en que el hombre pudiera divisar su propia naturaleza. (...) Pero también se puede pensar en un complemento, en un pendant, de manera que ambas partes se correspondan, si bien todavía no completamente, sino complementándose recíprocamente como una mano respecto de la otra" (11). Ella es la 'ayuda' especialísima que toma entre sus manos las del varón, co-laborando juntos en la construcción de la humanidad, de la cual son co-responsables. Aunque de aquí no se desprenda la idea de dominio del hombre sobre la mujer, sino la de compañera, ayuda, auxilio, es éste uno de los textos que mayor tergiversación y abuso ha sufrido a lo largo de la historia del discurso sobre la mujer y en cuya versión deformada no es necesario entrar ahora. Sólo digamos que la posibilidad del error y el egoísmo, cuyas huellas se leen con tristeza en la historia del oprobio y el dolor humanos, estaba inscripta como tal posibilidad en la misma libertad del hombre que viola su proyecto originario tras la alteración que implica la caída y el pecado. Alteración que cambia el rumbo de la historia y que quizás haya incidido también en la misma historia de la alteridad humana. Pero también en esa libertad estaba contenida una maravilla mayor: la del amor humano, verdadera vivencia de alteridad y diferencia plenificadas.

 

 

3. Una vivencia que supera todo discurso

 

Más allá de todo discurso, de todo formato escrito o pensado a lo largo de los siglos, hay una vivencia ancestral que corrobora fenomenológicamente lo dicho hasta aquí:  en la vida de todo ser humano también la mujer es el 'primer tú' porque desde el vientre materno que le da origen va tejiendo con ella esa urdimbre de ternura creciente que termina con el nacimiento de un nuevo varón o de una nueva mujer, aunque todavía ese pequeño ser sea incapaz de pronunciar la palabra 'yo' o la palabra 'tú'. Cada ser humano lleva un sello relacional y amoroso indeleble ab initio, por más que nuestra débil conciencia haya perdido o no haya registrado adecuadamente ese momento fontal. Ya Unamuno lo decía: 'de los acontecimientos más importante de la vida, el nacer y el morir, no tenemos memoria alguna'. Advenimos a la existencia tras haber sido ¡relacionalmente concebidos y relacionalmente gestados! Toda mujer que ha gestado y dado a luz lo sabe, porque esa vivencia relacional de mutua alteridad y ternura que desgarra las propias entrañas en una donación absoluta, en cuerpo y espíritu, jamás puede ser borrada. ¿Cómo explicar al  paso de los años ese olvido del horizonte del amor, pura alteridad relacional que nos hizo ver la vida? ¿Cómo justificar que cada día en número alarmante las mujeres atentemos  contra la vida incipiente de ese otro humano indefenso que llevamos en el vientre? ¿Cómo se hace para disociar con tanta frialdad el manipulado y exaltado  discurso del amor del depauperado y tecnificado discurso de la vida? ¿Cómo habremos de construir el futuro del ser humano si nos resignamos a la azarosa imposición del tecnócrata de turno que elige el triunfo de la ciencia por encima del triunfo de la vida, manipulando y descartando embriones humanos?

 

Pero, por más que nos empeñemos, la conducta del hombre no puede modificar el maravilloso fenómeno primario y relacional del nuevo naci-ente. Si esa primera urdimbre del ser humano, de cuya vivencia hemos sido protagonistas, pudiera decirse con palabras... elegiríamos sin duda éstas: "El significado de la sonrisa y de la entrega total de la madre es la respuesta suscitada por ella misma, del amor al amor, en la llamada al yo a través del tú. Y precisamente porque sabemos desde el principio que el tú de la madre no es el yo del niño, sino que ambos centros vibran dentro de la misma elipse del amor; (...) porque en este yo-tú se encierra fundamentalmente (como en el paraíso) la plenitud de la realidad, y todo cuanto se puede experimentar más tarde, como desengaño, como deficiencia y nostalgia ardiente es tan sólo derivación de aquel amor, precisamente por eso todo viene iluminado por el rayo de luz de este origen - yo y tú y mundo - con una irradiación tan clara y pura que incluye en sí una apertura a Dios" (12).

 

 Esto no nos puede llamar a engaño: por muy bello y verdadero que sea el discurso que pone palabras a la compresión, muere de muerte súbita ante cada una de las atrocidades cometidas por el ser humano, y muchas de ellas en nombre del amor, de la libertad, de los derechos humanos y del 'respeto' fiel al propio cuerpo. ¿De qué sirve a fin de cuentas tanto discurso, tanta especulación filosófica o religiosa, si el dicho no pasa al hecho, si en cada uno de nosotros no se produce la metanoia necesaria para vivir lanzados hacia la plenitud personal y comunitaria a que estamos amorosamente convocados? ¿Podrá algún día el discurso de la cultura dominante reconocer y reconocerse en las instancias discursivas y vivenciales a que nos hemos referido, sin sospechas ni ingenuidades,  intentando construir más que destruir, sentar la diferencia y la alteridad pero siempre en vistas a la comunión y al respeto solicitante entre los sexos?

 

 

4. Ni feminismo ni machismo

 

Palabra y vida vuelven a encontrarse  para dar juntas la misma nota sonora, aunque tras ese esfuerzo perdamos un poco la voz. Vuelta así la mirada a nuestro tiempo no nos cuesta advertir que luego de tantos siglos transcurridos desde el relato de aquella palabra fundante, viva aún en la conciencia de muchos, y de acumular capas y capas de vivencia relacional, el ser humano ha gestado una cultura androcéntrica bastante alejada del carácter de recíproca dignidad y mutua sustentación que emerge tanto del mandato divino como de la más imparcial hermenéutica antropológica. Habida cuenta de las injusticias, los dolores y las vergüenzas que lastramos como humanidad por esta causa, no nos ha de extrañar que los movimientos feministas, en donde incluimos la actualísima teología feminista, ocupen un lugar central en la historia del último siglo. El largo recorrido bicentenario del feminismo que en esencia "ha dicho a Odiseo que cultive su yo enérgico y soberano en otra parte, pues el ideal masculino del yo autodesarrollado y autónomo es un lujo que si los varones quieren pagarse no pueden sin embargo hacerlo a costa de las mujeres"(13)  parece hoy expresarse en dos direcciones distintas y hasta divergentes.

 

Por un lado, el feminismo de la identidad que aboga por la eliminación de las relaciones de dominio entre los sexos basándose en que el machismo es un invento patriarcal destinado a ejercer el dominio sobre la mujer y que sus diferencias no pueden constituirse en desigualdades de género sino en igualdades de derechos y oportunidades, pues los valores son simplemente humanos, no masculinos o femeninos (14). Línea que llegó incluso, en medio del fragor de las luchas emancipadoras,  a negar totalmente la 'especificidad' de la mujer como argumento válido para defender su capacidad frente al varón. Pero, concomitantemente, esta actitud trajo aparejado el no poder hablar de un 'valor particular', intrínseco de la mujer, homologación que supone una 'masculinización'  nefasta cuyas secuelas negativas vivimos hoy no sólo en el orden estrictamente social y laboral, sino también en el personal y cotidiano. La meta, obsta decirlo, no fue la promoción y liberación ajustada al estricto respeto a la singularidad personal femenina, sino el adecuarse lo más posible y en todos los campos al varón y a su formato particular. La consecuencia es clara: mujeres 'emancipadas', sí, pero también  'virilizadas', sin identidad personal específica.

 

En tanto, el feminismo de la diferencia cree imposible la superación del machismo, ni en las instituciones ni en la vida diaria, por lo cual propone que las mujeres deben organizarse por separado para preservar su estricta diferencia (15). Aunque hoy parecen aminorados en su vehemencia, se ven traducidos en el ethos de diversos grupos - minorías en su mayoría -  congregados tras la defensa de derechos tan poco humanos como el optar por el sexo que se desee o como el hacer con el  cuerpo femenino lo que cada voluntad dicte, aún a costa de la vida que se gesta. La confusión de géneros que hoy nos invade - ¡viva la diferencia! - parece precipitarse cuanto más varones y mujeres nos desubicamos ante la existencia asumiendo roles y pautas de conducta impropios de nuestra especificidad genérica. ¿Cómo olvidar que en cuanto respeto lo que soy como mujer, pongo un precedente inviolable en el otro que en mí se refleja mirándome ser y actuar? Y aunque hagamos oídos sordos y caigamos por ello en el absurdo, somos relacionales en grado sumo y por ello responsables del 'tú', personal y genéricamente. Como decía Kant, en cada uno de nuestros actos respondemos por la entera humanidad (16).

 

Ni el feminismo ni el machismo han servido como discursos aceptables a la hora de dar respuestas a los problemas de género de cada momento histórico y de cada etapa de la autoconciencia humana, porque  cada una de sus visiones se ha sentado en el banquillo acusador del sexo opuesto acusado. ¡Sexo opuesto! ¡Si hasta la misma lengua se escribe en acusativo! Ni feministas ni machistas hablan el lenguaje del amor donde la mismidad y la alteridad, la autonomía y la heteronomía, la identidad y la diferencia, lo femenino y lo masculino, se escriben con la tinta de la acogida mutua y del eterno encuentro de soledades. Por eso la lengua es el personalismo, que piensa al amor como el nombre propio de la persona, y los escritores las personas, varones y mujeres que piensan y sienten desde la  voluntad dialógica que abraza diferencias y enemistades.  

 

 

5.  En la encrucijada del personalismo

 

No hace falta decirlo: el desafío para el personalismo no lo instalará este intento discursivo. Es la misma encrucijada humana que nos golpea cotidianamente: en la moral nuestra de cada día, en la mercantilización de la sexualidad, en el tráfico mundial de seres humanos mayoritariamente mujeres y niños, en los embriones usados y descartados porque da igual que el futuro se prive de ellos, en los rostros que sólo conocen el sojuzgamiento de la injusticia, el hambre y el desamor fuera de todo orden humano, en la vergonzosa sujeción de la mujer al varón en ciertos lugares y culturas del  mundo, en la profanación de la sacralidad humana que nos une en un mismo cuerpo místico y comunitario.  ¿Será que a fuerza de cohabitar con nuestra propia miseria milenaria  hemos congelado  nuestra conciencia y nuestras manos? ¿Será que en nombre de la libertad todo nos está permitido porque siempre contamos con nuestros derechos - ¡los derechos humanos! -  aunque olvidemos nuestros deberes? ¿Será que de tanta acusación y de tanta ignominia acumulada la indiferencia ha ganado la pulseada a la realidad, como las corazas que nos construimos para no recibir el impacto del dolor y la responsabilidad  en forma de rostro humano?

 

El ser humano está en deuda consigo mismo y por eso se oculta 'ante el rostro de Dios', como bellamente lo ha dicho Martin Buber (17). Aún debe responder a aquella  pregunta divina hecha a Adán, la entera humanidad: "¿Dónde éstás?" (18) ¿Dónde estamos parados como humanidad? ¿Dónde están los 'tú' abandonados en el camino? ¿Dónde están los hombres y mujeres escondidos tras las caretas de la arrogancia y las empalizadas del poder?  Y las preguntas podrían seguir al infinito... Estamos lanzados al camino de la autoconciencia, que no sólo es reflexiva y discursiva sino también vivencial, moral y relacional, y en ese camino, o mejor en esa encrucijada - cruce de caminos - hemos pretendido inscribir nuestra reflexión de hoy. Porque el decir sobre la persona, competencia y exigencia de todo personalismo, no debe ser un decir neutro ni indiferenciado, sino uno que hunda todo su peso de verdad en la maravillosa alteridad genérica que nos dibuja como humanidad. Sólo desde ese horizonte de altura se podrá divisar con claridad el auténtico camino del ser humano.

 

Como han insistido también Edith Stein y Emmanuel Lévinas desde distintos contextos filosóficos pero afines en ciertas ideas fuerza, el respeto por la alteridad del otro, no sólo en cuanto prójimo sino en cuanto sexuado, es la huella que hay que seguir en el camino de toda buena hermenéutica antropológica, donde la razón no se angosta en la frialdad de la razón raciocinante sino que apela también a las cálidas razones cordiales. Sin acusaciones, sin sospechas, sin enemistades. Y ambos han coincidido en afirmar que lo humano se entiende en lengua masculina y femenina, donde se torna rigor el honrar la diferencia que supone toda alteridad. Pero la alteridad humana se acuesta en la relación personal, a la vez fruto y semilla del amor, que designó a la mujer portadora del 'primer tú', generativo y discursivo en igual medida. Por ello lo específico de la mujer es su capacidad de empatía, de acogida, de hospitalidad, en suma, esa indelegable vocación  femenina de crear 'nostridad', ese 'entre' relacional propio de personas que se reconocen y acogen recíprocamente. "En la mujer -escribe Stein- vive una tendencia natural a la totalidad y a la armonía, y esto nuevamente en una doble dirección: ella desearía alcanzar la condición de ser humano total, convertirse en un ser humano desarrollado en plenitud y en extensión, y también quisiera ayudar a los otros a serlo y, en todo caso, allí donde tiene que tratar con personas humanas, hacerse cargo de toda su humanidad" (19). ¿No es acaso el registro de la palabra 'tú' el único apto para tomar sobre sí a los otros en toda su humanidad y con ellos a toda la humanidad? Edith Stein no sólo lo dijo con verdad sino que lo hizo verdad en el testimonio de su propia vida erigida en símbolo de humanidad.

 

También Emmanuel Lévinas, aunque desde la impronta de la relación erótica, ha reconocido a la mujer como la expresión positiva de la alteridad, 'lo esencialmente otro' no reducible a lo conceptualizable o a la mismidad, 'que debe  romper lo definitivo del yo' haciendo del otro un rostro, una presencia que exige mi respuesta ante su vulnerabilidad. Por eso ha dicho en apretada fórmula: "Y el otro, cuya presencia es discretamente una ausencia y a partir de la cual se lleva a cabo el recibimiento hospitalario por excelencia que describe el campo de la intimidad, es la Mujer" (20). A pesar de la fuerte primera crítica feminista que recibió de Simone de Beauvoir en El segundo sexo (21), tratando su discurso de androcentrista, cabe advertir que precisamente las categorías de alteridad, infinito, trascendencia, rostro, tan caras al personalismo, son referidas a la mujer y a lo femenino, cuya diferencia sexual conforma una estructura ontológica que troquela la realidad de otro modo. Un interesante discurso que hoy no puede ser dejado de lado.

 

Ha dicho Von Baltasar: "Las metafísicas de todas las culturas se han esforzado por mostrar la diferencia masculino-femenina como el ritmo fundamental del ser en el mundo" (22), a lo cual nosotros agregaríamos: y el acorde - el acuerdo - fundamental de la persona en el mundo. El personalismo está convocado a recoger estas ideas y muchas más diseminadas como semillero de verdad no sólo en los buenos  discursos de la literatura, la psicología, la filosofía y la teología sino también en la realidad testimonial de tantos varones y mujeres que hacen de su vida palabra profética lanzada al futuro, palabra de apertura y acogida, esperanzada y amorosa. Porque si hablamos de la mujer como portadora del 'tú' fundante y fundado  también hablamos del varón, su correlato incontrastable, ese otro 'tú' que la funda y es fundado  al sostenerla en su mirada.

 

 

NOTAS


1 AQUÍN O'NEILL, M.: "La naturaleza de la mujer y el método de la teología", in Selecciones de Teología 36 (1977) 95-102, 99.

2 Véase al respecto el interesante capítulo sobre la 'especie enemistada' que propone CARLOS DÍAZ en Este hombre, este mundo, Ed. Palabra. Madrid, 2005. pp.117-129.

3 Gn 2, 18.

4 Gn 2, 23.

5 VON BALTHASAR, H.U.: Teodramática. 2. Las personas del drama: el hombre en Dios. Ed. Encuentro, Madrid 1992.  p.343.

6 Cfr. Ibid., p.265.

7 Cfr. BUBER, M.: Yo y Tú. Ed. Caparrós. Madrid 1993.

8 Mc 15, 34.

9 ROSENZWEIG, F.: Briefe.  Ed. Schocken. Berlin 1935. p.254.

10 Gn, 2, 18.

11 STEIN, E.: La mujer. Ed. Palabra. Madrid 1999. pp.48-49.

12 VON BALTHASAR, H.U.: "El camino de acceso a la realidad de Dios" in Feiner, J. - Löhrer, M. (dirs.) Misterium Salutis II,      Madrid 1977. p.29.                                                         

13 DÍAZ, C.: Vocabulario de formación social. Ed. Edim. Valencia 1995. Art. "feminismo" p.213.

14 Cfr. Ibid., pp.213-214.

15 Cfr. Ibid.

16 Cfr. KANT, E.: Crítica de la razón práctica. § 7; Fundamentación c.2, p.67.

17 Cfr. BUBER, M.: El camino del ser humano y otros escritos. Ed. Mounier. Salamanca 2004. pp.51-55.

18 Gn, 3, 9.

19 STEIN, E.: Op. cit., p.319.

20 LÉVINAS, E.: Totalidad e infinito. Ed. Sígueme. Salamanca 1977. p.173.

21 Éstas son algunas expresiones que sintetizan lo que Beauvoir pensaba desde su fervor feminista y existencialista: "Porque lo que define de una manera singular la situación de la mujer es que siendo una libertad autónoma, como todo ser humano, se descubre y se elige en un mundo donde los hombres le imponen que se asuma como 'el otro', pretenden fijarla como objeto y consagrarla a la inmanencia, puesto que su trascendencia será perpetuamente trascendida por una conciencia esencial y soberana. El drama de la mujer es ese conflicto entre la reivindicación fundamental de todo sujeto, que se plantea siempre como lo esencial, y las exigencias de una situación que la constituye como lo inesencial". DE BEAUVOIR, S.: El segundo sexo. Ed. Siglo Veinte. Buenos Aires 1965. p.25.

22 VON BALTHASAR, H.U.: Teodramática. 2. p.341.