Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 3 Año I Abril/Mayo 2003

 

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THOMAS NAGEL:

EL CONCEPTO DE PUNTO DE VISTA

Y LA POLARIDAD OBJETIVO-SUBJETIVO

Samuel Manuel Cabanchik (Argentina)

 


 

 

 

 

  

Uno de los problemas más antiguos y clásicos de la filosofía, surge con el reconocimiento de la existencia de dos modos de considerar las cosas, uno subjetivo y otro objetivo. Dado este reconocimiento, se sigue la cuestión de cómo se combinan o relacionan estos modos entre sí. En estos términos pueden formularse muchas de las discusiones que Platón mantuvo con los sofistas en sus diálogos, y toda la filosofía posterior a Platón está parcial o totalmente comprometida con esta problemática.

En nuestros días, Thomas Nagel ha dado una formulación muy general de la cuestión, mostrando al mismo tiempo cómo se articula en diversos campos problemáticos, como la ética, la metafísica y la teoría del conocimiento (1). Básicamente, plantea la polaridad subjetivo-objetivo en relación a las creencias y a las actitudes y, en forma derivada, a las verdades alcanzadas a través de dichas creencias y actitudes (2). Estos dos polos son llamados por Nagel puntos de vista, sin ofrecer ninguna caracterización independiente de lo que sea un punto de vista en sí mismo. Lo que Nagel sí precisa es que se trata de una polaridad gradual en la que sólo por abstracción se pueden suponer en su pureza los extremos de la escala. La aspiración de Nagel es construir un punto de vista que, sin dejar de ser objetivo, incluya la irreductible que pueda haber en el sujeto que mantiene el punto de vista o, en otros términos, una objetividad que mantenga como parte de su propia consistencia ciertos aspectos irremediablemente subjetivos del punto de vista. Si tuviéramos que describir los extremos, habría que decir que en la concepción de Nagel el punto de vista subjetivo es el plenamente autocentrado, mientras que la objetividad pura se plantea como una visión "desde ningún lugar", esto es, completamente descentrada. Ahora bien, para comprender cabalmente el problema y la aspiración de Nagel, hay que desarrollar el concepto de punto de vista a partir del análisis de la polaridad subjetivo-objetivo.

El propio Nagel reconoce que todo el problema depende de que ambos puntos de vista se dan en el mismo sujeto, al menos como una posibilidad (3). Luego, lo que permite polarizar al punto de vista, es la referencia explícita o implícita a un sujeto que lo "habita". Para que pueda establecerse un conflicto entre los polos subjetivo y objetivo, parece necesario un tercer punto de vista que oficie de testigo. Pero entonces, la peripecia entera debe ocurrirle a alguien. Ha de pensarse un "ser" al cual poder referir los puntos de vista, pues de lo contrario no se plantearía la relación que pueda dar lugar al conflicto. Lo que hay que desplegar en toda su amplitud es la relación entre el sujeto y el punto de vista, pues lo que se califica como subjetivo u objetivo es la posición de un sujeto en relación a tal o cual punto de vista. Este sólo hereda la propiedad a partir de dicha posición. La mayor o menor objetividad (subjetividad) se dice del modo en que alguien desempeña un papel determinable en términos conceptuales. En este sentido, diremos que los puntos de vista son, respecto del sujeto, verdaderos personajes conceptuales. Hay dos cuestiones que de inmediato nos salen al paso: ¿cómo distinguir al sujeto de sus personajes conceptuales? ¿no ocurre acaso que la totalidad de los puntos de vista que alguien sostiene en una vida se identifica con ese sujeto y esa vida? Por otra parte, si los puntos de vista son conceptos, ¿qué clase de vínculo se establece entre lo que aquí se llama "sujeto" y esas entidades abstractas que son los conceptos?, ¿acaso se trata de la clásica instanciación de universales?

Estamos ante preguntas de neta raíz leibniziana, pues en otros términos estos problemas son los que planteó Leibniz en relación a sus mónadas. Como se recordará, Leibniz distinguió tres clases de puntos: los metafísicos, los matemáticos y los físicos. Los metafísicos son las mónadas, sustancias simples de las que se compone todo el universo; los matemáticos son, en cambio, los puntos de vista a través de los cuales las mónadas expresan el universo. En términos lógicos, las mónadas son sujetos o argumentos, y los puntos de vista son sus funciones o predicados (conceptos). Ahora bien, Leibniz niega que haya indiscernibilidad sin identidad, pues si algo no es discernible de alguna otra cosa, entonces es idéntico a esa cosa. Esto hace que cada vez que identifico a una mónada y la diferencio de cualquier otra, lo que en verdad hago es especificar una serie o conjunto de predicados que acotan sus puntos de vista, es decir, su modo único de expresar el universo común a todas las mónadas. Luego, el sujeto o sustancia más allá de la totalidad de sus predicados o cualidades es por definición irrepresentable, e incluso todo ser y toda consistencia se pierde sin esas cualidades. No obstante ello, la afirmación de un sujeto que no se reduce a sus predicados es una necesidad lógica del sistema. Así lo explica Russell:

"El fundamento de la suposición de las sustancias (y esto es algo muy importante) es pura y únicamente lógico. De lo que se ocupa la ciencia es de los estados de sustancias porque se sostiene que participan de la naturaleza lógica de los predicados, y por ello exigen sujetos de los cuales puedan predicarse. Toda la doctrina depende, sin excepción, de esta presunción puramente lógica" (4).

Pero entonces, si sólo nos son dados los estados y una mónada nunca deja de estar en algún estado especificable a partir de algún punto de vista, ¿en qué estado se encuentra cuando se la considera como algo distinto de esos estados? Leibniz no responde que ninguno, prefiere recurrir a una metáfora: "si nosótros no tuviéramos nada de distinto ... estaríamos siempre en desvanecimiento. Y éste es el estado de las mónadas completamente desnudas" (5), sin predicados.

Esto por lo que respecta a la primera de las preguntas formuladas.

En cuanto a la segunda, podemos servirnos de ciertas indicaciones de Strawson sobre la monadología. De acuerdo a su interpretación, las mónadas son conceptos, de modo tal que la forma general de la designación de una mónada es "el concepto de un x que...", donde lo que sigue a la cláusula de relativo del comienzo introduce una descripción exhaustiva de, por así decirlo, la historia y la geografía de un mundo posible. El concepto así caracterizado es completo y da cuenta de la unidad de una mónada. Por su parte, "punto de vista" correspondería a "pronombre relativo inicial". Las mónadas serían entonces conceptos completos ordenables según su riqueza expresiva dada por sus puntos de vista. Pero, ¿cómo se pasa de esta diversidad de mundos posibles puramente conceptuales al mundo actual? La indicación de Strawson es la siguiente:

"la instanciación de un concepto completo es al menos algo parecido a la creación de una serie unitaria de estados de conciencia perceptivos y de otro tipo –una visión privada de un mundo posible" (6).

En otras palabras, la instanciación equivaldría a la suposición de la unidad de un sujeto real, existente, que recorrería en una serie la totalidad de los puntos de vista que contiene un concepto completo, -en el caso de Leibniz, el universo entero. Volvemos así a nuestros planteos del comienzo. Veamos cómo podemos reformularlos a partir del modelo leibniziano.

Thomas Nagel describe dinámicamente el proceso por el cual un sujeto va del extremo subjetivo al objetivo como una operación de abstracción progresiva de los aspectos específicos que sitúan a un sujeto particular. Tomando en cuenta ahora el modelo leibniziano, el proceso puede ser descripto como el despojamiento por parte del sujeto, de sus identificaciones con los diferentes "personajes conceptuales" o puntos de vista definidos en términos de conceptos que él instancia poniéndolos en serie a través de la unidad de su existencia. El extremo subjetivo está dado por la instancia o identificación más primitiva, aquélla en la que el sujeto ejemplifica un concepto sin otra determinación que la de ser él mismo. Dicho en forma más clara, el punto de vista más subjetivo es el del sujeto que sólo dice "yo soy yo" dentro de una burbuja narcisista en la que no hay despliegue de contenido alguno. En este punto de partida no hay distancia alguna entre sujeto y punto de vista, digamos que es la imposibilidad de pensar allí alguien que tenga puntos de vista. Es como si se tuviera un "sujeto" sin punto de vista.

En el otro extremo de la escala encontramos lo que Nagel llama "punto de vista de ningún lugar" y que erróneamente explica en términos de un "yo objetivo" (7). En efecto, puesto que su rasgo característico es el de ser el resto que queda luego de la epojé que el sujeto ha realizado con todos los puntos de vista que lo sitúan conceptualmente, no cabe hablar ni de un yo ni de objetividad. Por el contrario, por paradójico que resulte, el extremo objetivo es el sujeto en su pureza, cuya subjetividad consiste, por así decir, en ser un punto de vista sin "sujeto", sin centralidad.

Propongo referirme a él como el punto de vista del sobrevuelo, una forma de recubrir imaginariamente la desnudez desvanecida de la que habla Leibniz.

Como se habrá notado, hemos entrecomillado la palabra sujeto al tener que referirnos a ambos extremos. La razón es que los conceptos de sujeto y de punto de vista se implican mutuamente, por lo que los polos sufren una desnaturalización, pues lo subjetivo suprime el punto de vista al borrar toda distancia y lo objetivo elude al sujeto al extender dicha distancia infinitivamente. Extraigamos las consecuencias algo paradójicas de estas reflexiones.

Vimos que un punto de vista gana objetividad o subjetividad en función de la posición que respecto de él asuma el sujeto. Posición aquí quiere decir el modo que quien tiene tal o cual punto de vista es afectado por ello. Este efecto se determina a partir de la distancia que el sujeto guarda con sus puntos de vista. Cuanto mayor sea la distancia mayor será el grado de objetividad. La distancia se mide en términos de un proceso de abstracción progresiva. El grado máximo de objetividad es el más abstracto, aquél en el que el sujeto pierde toda especificidad. El atalaya al que arriba este sujeto es el punto de vista del sobrevuelo en el que se identifica con el concepto vacío del ser alguien, absolutamente equidistante de todos los puntos de vista protagonizados por él o por cualquier otro. Si tuviéramos que identificar un personaje para este punto de vista, elegiríamos probablemente al filósofo, pero en verdad, como dice Nagel, es un punto de vista disponible para cualquiera. Sin embargo, este sujeto sigue siendo un centro de experiencia, pero se experimenta a sí mismo como sin centro. Antes intentamos expresar la misma idea diciendo que en este extremo objetivo hallamos un punto de vista sin sujeto, un campo de experiencia absolutamente impersonal. No se trata, como pretende Nagel, de un yo objetivo, sino del sujeto aislado de todos sus atributos. En esa desnudez puede contemplarse la verdadera cara de la subjetividad: el punto de desvanecimiento que desaparece detrás de todos los puntos de vista, siempre más acá o más allá de su representación.

El sobrevuelo viene a ser un revestimiento imaginario para ese vacío en permanente fuga. Permite de esta forma representar lo irrepresentable: no lo desvanecido sino la escisión misma entre eso y el punto de vista que supone ya un sujeto que se representa estados de cosas. Así, "el punto de vista de ningún lugar" no es la objetividad con mayúscula, sino por el contrario, el sujeto desprendido de todos sus puntos de vista.

La consecuencia curiosa que ahora se sigue, es que la objetividad siempre supone relatividad, pues para que punto de vista sea objetivo debe expresar un contenido determinado, alguna descripción de algún estado de cosas, por así decir. Pluralidad, parcialidad y relatividad son características del reino de lo objetivo, desde la percepción más común hasta la experimentación con micropartículas en un laboratorio. En el punto de vista objetivo, el sujeto se adecua al contenido conceptual dado por ese punto de vista haciendo epojé de todo otro punto de vista ajeno a dicho concepto. Esto implica que la objetividad exige la no identidad entre el sujeto y el punto de vista. Una multitud de aspectos que constituye la identidad personal son dejados de lado en esa instancia.

Por otra parte, en el otro extremo de la escala, la subjetividad primitiva suprime toda distancia entre el sujeto y el punto de vista; aquél está como empastado en algún punto de vista del que no se discierne. Los arrebatos de un niño o los estados más pasionales ilustran esta situación. En el límite, el ejemplo por excelencia es el del fanático, o mejor aún, el del narcisismo patológico. Lo único que allí un sujeto puede ver es su propia imagen, ¿cómo le sería dado entonces tener puntos de vista? El polo subjetivo envuelve la anulación de la diferencia entre el sujeto y el punto de vista. Luego, es impropio hablar aquí de sujeto, pues como antes se indicó el concepto de sujeto y el concepto de punto de vista se implican mutuamente. Para que haya subjetividad propiamente dicha es necesario que el sujeto sostenga un punto de vista sin neutralizar todos los rasgos que dan consistencia a su identidad personal, pero también sin identificarse con él. Es sin duda la situación más común de nuestra vida.

Agradecemos al Dr. Cabanchik por autorizarnos a reproducir su artículo y estimamos oportuno transcribir los siguientes párrafos de su carta: "... sigo pensando que Nagel es uno de los filósofos más interesantes de esta época, aunque con muchas de sus ideas no coincido. Ultimamente me han dado ganas de escribir sobre su libro La última palabra, porque propone una discusión fundamental con mucha claridad, aunque creo que mi propia posición me dejará de la vereda de enfrente de la que él se ubica" (01/03/03).

NOTAS

1. En los límites estrechos de esta ponencia no podrán ser desarrollados estos diferentes aspectos. Ver T.Nagel "La muerte en cuestión", Capítulo XIV.

2. T.Nagel, The View from Nowhere, Página 4.

3. T.Nagel, La muerte en cuestión, Página 317.

 4. Bertrand Russell: La filosofía de Leibniz.

5. Leibniz, Monadalogía, Párrafo 24.

 6. P. Strawson, Individuos, Página 132. Ver todo el Capítulo IV de la primera parte.

7. Ver T.Nagel, The View from Nowhere, Páginas 60 a 65.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

G.W.Leibniz, Monadología.

Thomas Nagel, La muerte en cuestión. Ensayos sobre la vida humana, México, F.C.E. (título original: Mortal Questions); The View from Nowhere, New York, Oxford, University Press, 1986.

Bertrand Russell, La filosofía de Leibniz, Buenos Aires, Siglo XX.

P. Strawson, Individuos, Madrid, Taurus.