Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 5 Año II Diciembre 2003/Enero 2004

 

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ESTAR EN LO CIERTO EN CUANTO HOMBRE

-LAS VIRTUDES CARDINALES-

                     Josef Pieper


Título original.: Menschliches Richtigsein.

 

Traducción del alemán al portugués: Jean Lauand

                        Traducción del portugués al castellano: por Larisa Diéguez

 


 

 

 

 

1. Introducción: lo máximo

 

El último gran maestro de la cristiandad occidental todavía no dividida, Tomás de Aquino, designó la virtud humana como ultimum potentiae, o, en lenguaje de hoy, el máximo de aquello que una persona puede ser. Es evidente que la concepción expresa en esa breve sentencia, ni siquiera permite la aparición de las deformaciones que, de diversos modos, acostumbramos asociar a la palabra virtud. Ni vale la pena hablar mucho al respecto de ellas. Lo que sí vale la pena es buscar comprender de forma más exacta algunos elementos que la definición de Tomás trae consigo y es, a primera vista, que tal vez también esconda algo en sí.

 

Quien, por ejemplo, habla del ultimum, por lo tanto lo máximo, es que ya pensó al mismo tiempo que hay también un penúltimo y un primero. Con eso, se afirma también algo al respecto del hombre: que su vida cotidiana se sitúa en medio de esos diferentes grados de realizaciones, buscando, es cierto, lo máximo de poder ser, pero no necesariamente dándole en el blanco. Que el ser humano es, en su núcleo mas profundo, un ser que se vuelve; en todo caso, no es meramente un ser conformado de esta o de aquella manera, no es algo pura y estáticamente existente, pero sí un sujeto de acontecimientos, realidad dinámica, como todo el Cosmos.

 

Naturalmente, esto no es una concepción específicamente cristiana. El poeta griego Píndaro ya hace más de dos mil años formuló la famosa frase: "vuélvete aquello que eres!" -con lo que, en realidad, se dice (y parece tan extraño) que nosotros todavía no somos lo que, en tanto, somos. De esto también está convencida la sabiduría teológica del cristianismo, cuando reconoce verdadera virtud solamente en aquel que realiza lo máximo de que le es posible ser.

 

Ya algo específicamente cristiano se encuentra en la respuesta a la pregunta sobre como se deberá pensar los primeros comienzos de ese proceso de auto-realización: se asume claramente que el inicio ya fue dado previamente. El hombre -cuando con libertad hace el bien- no está poniendo los pies por primera vez en un camino todavía no caminado o siquiera abierto; u obrar moral (esto es, todo obrar humano basado en decisión y responsabilidad) viene a ser antes una continuación, un llevar adelante por el camino, algo ya comenzado y que se encuentra en proceso. Mucho antes de decidirse libremente ya hay algo que orienta al hombre para su objetivo; como una flecha disparada, él ya está en camino. La teología habla aquí de un querer natural, de un impulso que nos es inherente por naturaleza y que seguimos cuando hacemos el bien. Entre tanto, esa afirmación al respecto de la naturaleza humana es el querer natural y es precaria, por así decir, provisoria. Solamente la comprenderemos bien cuando entendemos la "naturaleza humana" como aquello que el hombre es en función de la Creación. En el acto de la Creación, fue el hombre puesto por Dios en camino, un camino al final de cual está aquel máximo que puede llamarse, en sentido pleno, Virtud: la realización de proyecto divino incorporado a la criatura.

 

Quien piensa en esto consigue entrever la exigencia casi intangible que reside en el concepto de virtud. Y tal vez se le vuelva clara, de repente, aquella sentencia un tanto enigmática de Nuevo Testamento: "Ninguno es bueno, sino sólo Dios" (Mc 10, 18).

 

2. La prudencia: ver aquello que es

 

Si preguntamos entonces, sobria y objetivamente, lo que se puede exigir y esperar en términos de "ser-bueno" del hombre común -es por lo tanto, de cada uno de nosotros-, luego puede la palabra de la antigua sabiduría que habla del espectro de cuatro colores en que se desdobla la luz de la perfección. Es la doctrina de las "Virtudes Cardinales": Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. El término latino cardus significa gonzo, que abre, o portal de la vida.

 

Esos cuatro nombres ciertamente ya fueron olvidados muchas veces, sin que su significado fuese tomado en serio. En el momento, sin embargo, en que esto se haga, la situación se vuelve complicada. Por ejemplo cabe ya preguntar: ¿cómo puede la Prudencia ser virtud? Y la comprensión se vuelve todavía más difícil sii nos dijeran que la secuencia no es casual, pero obedece a una lógica de significado y de jerarquía: a la Prudencia, le cabe, por lo tanto, el primer y más elevado puesto. Es más, tal formulación no es más o menos precisa; en rigor, la Prudencia no ocuparía un lugar en esa serie: ella no es algo así como la hermana de las otras virtudes; ella es la madre y ya fue designada literalmente como "genitora de las virtudes" (genitrix virtutum).

 

De ese modo, nadie podría -y, por extraño que pueda parecer, el asunto es así- practicar la Justicia, la Fortaleza o la Templanza a no ser que sea al mismo tiempo prudente. Al mismo tiempo, y hasta antes.

Por el uso común del lenguaje y por los hábitos de pensamiento, tenemos alguna dificultad no sólo para concordar con lo afirmado, sino hasta para entenderlo. ¿Pues no decimos en la lengua alemana que es "prudente" (Klug en alemán significa prudente y experto) quien es experto y con ágil inteligencia, es decir se percibe como "llevar ventaja"? Y no decimos que Fulano o Sultano es "prudente" de más y, por lo tanto, no defiende con determinación y coraje sus convicciones? Todo esto, sin duda, es cierto. Entre tanto, debemos olvidar estos casos, dejarlos de lado y recordarnos de otras situaciones que nos son igualmente familiares -por ejemplo, que digamos en caso de conflicto, nadie puede tomar una decisión justa si no conoce la realidad: cómo las cosas son y en qué pie están. El más puro deseo de Justicia, la "mejor de las buenas voluntades", la "buena intención", todo esto no basta. Antes, la realización del bien concreto presupone siempre el conocimiento de la realidad.

 

Eso se puede deducir también del siguiente modo: el obrar humano es bueno y ordenado cuando procede de la verdad, que a final de cuentas nada más es que viene a enfrentar a la realidad. Y precisamente éste es el sentido de la prudencia y de su posición privilegiada: que -tanto cuanto posible- veamos la realidad, que yo vea cómo realmente son los elementos que componen la situación que exige de mí una decisión.

Este "ver las cosas", entre tanto, no es de modo alguno un asunto accesorio que se pueda considerar con ligereza. Además, la capacidad de "ver la realidad" es amenazada de diversas maneras. Pues no se trata de una neutra contemplación de la naturaleza, sino de una incorruptible "búqueda de la verdad" respecto de situaciones en las cuales acostumbran a estar fuertemente envueltos factores de interés personal. Lo que importa, por lo tanto, es hacer callar nuestros intereses -y, tal vez también escuchar el otro, posiblemente un oponente. Quien no consigue esto, el que no está dispuesto a esto, jamás llegará a ver la realidad como ella es.

 

Mas eso es apenas el comienzo y la primera mitad de la Prudencia. La otra, más difícil, consiste en transformar aquello que fue visto, la verdad de las cosas, en dirección del propio querer y obrar. Solo entonces se hace la virtud de la Prudencia, que con razón fue definida como "el arte de decidirse correctamente". Sólo quien domina este arte puede ser considerado un hombre moralmente maduro y adulto. Para él fue sellada la palabra de la Sagrada Escritura: "Si tu ojo es simple (simplex), entonces todo tu cuerpo estará en la luz" (Mt 6,22).

 

3. La justicia: dar lo que es debido

 

Quien hoy piensa en justicia, sobretodo si es joven, luego se acordará del estribillo "sociedad". La sociedad se le parece a la injusticia encarnada, con lo que, tal vez, no deje de tener razón. Entre tanto, debe dejarse recordar que estamos ahora hablando de la justicia como virtud, por lo tanto de una actitud que sólo puede ser exigida de la persona singular y por ella realizada.

 

La Justicia ya fue llamada también "arte de convivir", una formulación que a su vez puede también ser mal interpretada, como si no se tratase de nada más que de un armonizarse con los otros. No es eso, entre tanto, lo que se quiere decir, es sin más propiamente un convivir en que cada uno recibe lo que le es debido: "A cada uno lo que es suyo", como dice la antigua sentencia.

 

Precisamente esto así lo tiene afirmado el clásico pensamiento occidental desde los antiguos griegos hasta las encíclicas sociales de los papas, precisamente esto es la Justicia: la voluntad constante de dar a cada persona, con quien nos relacionamos, aquello que le es debido.

 

La Justicia es pues, como vemos, algo que está en segundo lugar; ella presupone algo diferente de sí misma: a saber, que primero haya alguien a quien algo es debido y que aquel que es invitado a ejercer la Justicia acepte ese deber.

 

Ahora, cuando la pregunta sobre si y por qué razón algo es debido al otro (y, naturalmente, también a mí), y sobre lo que se le debe dar o conceder -a esta pregunta no se responde fácilmente. Que al trabajador le es debido el justo salario, todavía es lo más fácil de evidenciar (aunque en la época de los campos de trabajos forzados esto no sea tan evidente como parece).

 

¿No es que debe residir entonces la causa de que a todo aquel que porta una parte humana, simplemente por el ser hombre, algo le sea debido inalienablemente? Por ejemplo, que su honra como persona sea respetada. El concepto de persona, de hecho, es aquí decisivo –en cuanto se comprende "persona" como un ente que existe para su propio perfeccionamiento y realización. Asimismo, en caso de conflicto, al llegarse a los extremos, no basta retroceder al mero ser-persona (como suponían algunos filósofos idealistas). Es necesario en esos casos poder colocar en juego una instancia absoluta, pero aparte de cualquier instancia humana, o dicho de otro modo: el otro debe ser intocable por mí, verlo como ente creado por Dios como persona.

 

No se piense que esta es una concepción específicamente cristiana o teológica. Fue un chino quien declaró –a sus colegas de la comisión de la UNESCO para la reformulación de los derechos humanos, presumiblemente atónitos-, que le había sido transmitido por tradición, como fundamento de los derechos humanos, que "El cielo ama el pueblo y quien ejerce el poder debe obedecer el Cielo ". Y Emmanuel Kant -que no era propiamente un teólogo cristiano– dice: "Tenemos un santo regidor y lo que Él de al hombre como sagrado es el derecho de los hombres".

 

Garantizar y proteger ese derecho es el sentido intrínseco del Poder. Y querer que se trate del poder político o de la autoridad en círculos menores (familia, unidad militar, empresa) siempre vale: cuando el Poder no cuida de la Justicia, ocurre invariablemente la injusticia y no hay más desesperante en el mundo de los hombres de que el uso injusto del poder. Y, entretanto – y es una idear tan desagradable - poder del cual no se puede abusar, en el fondo no es poder...

 

Pero aquél que profundice más deparará con una nueva condición, todavía mas radical, en el tema de la Justicia. Pues el mundo de los hombres está hecho de tal manera que, en algunos casos determinados y altamente significativos es imposible dar efectivamente al otro aquello que – sin sombra de duda – le es debido. Los antiguos pensaban aquí, antes que nada, en las relaciones con Dios; a Él no podemos, de verdad, decir ni asimismo respecto de un único instante: "Ya te di lo que te debía, ahora estamos pagos". Por eso, por esa incapacidad de la Justicia, los grandes maestros del cristianismo afirmaban que en el caso de las relaciones con Dios, debería entrar en vez de la Justicia, como sustituto, como Ersatz, a modo de recurso improvisado, la religio: entrega, adoración, disposición para el sacrificio, actitud de reparación.

 

Pero también en el ámbito de la convivencia humana hay dudas que, por naturaleza, no pueden realmente ser pagas y quitadas. También a mi madre, a los profesores, a los justos administradores de las funciones públicas no puedo, en sentido estricto, restituir en la medida en que les debo; si atendemos bien, repararemos que no soy capaz de "pagar", de modo que reciban todo lo que les debo, siquiera la amabilidad de un mozo o la lealtad de una empleada doméstica. Y así, en los casos debidos, nuevamente entrar en el lugar de la Justicia, (imposibilitada de realizarse) otra cosa: la piedad. La actitud de honra y de respeto (no realizado apenas interiormente) que dice: "Te debo algo que no puedo pagar, y manifiesto que estoy consciente de eso a través de esas actitudes".

 

Cuando nosotros sabemos así agraciados y envidiados delante de Dios y de los hombres, no pautamos tan fácilmente nuestra vida por la actitud de reivindicaciones que pregunta: "Lo que me es debido".

 

4. La fortaleza: el más débil resiste

 

Fortaleza, heroísmo, victoria: tales conceptos siempre son en bloque. Esto por puede estar errado, pero simplifica además la realidad. Ya uno de los primeros escritos de la Iglesia llamaba la atención a ese hecho: "Vencemos cuando nos matan". Y cuando oímos uno de los grandes maestros del cristianismo medieval decir que talvez los soldados menos fuertes - bien entendido, en el sentido de la tercera virtud cardinal - sean los mejores soldados, entonces la dificultad del tema se vuelve bien sorprendente. Y si todo esto no basta, se considera todavía la sentencia de S. Ambrosio: "La Fortaleza no se debe fiar de sí misma". Presento estas líneas a título de prefacio para abalar un poco convicciones demasiado arraigadas.

 

El núcleo de aquello que verdaderamente está implicado en la virtud da Fortaleza es expuesto por la ironía de Bertold Brecht. Ese autor afirma que desconfía inmediatamente cuando escucha decir que un navío precisa de una tripulación de héroes: en estos casos se pregunta siempre si no habrá algo de errado con ese navío, si no estará medio viejo o pobre. Probablemente, Brecht no imaginaba que, quince siglos antes de él, alguien ya había dicho casi exactamente lo mismo. Este alguien es ni más ni menos que S. Agustín que, en verdad, no habla de un navío pero del mundo como un todo: con el mundo realmente hay algo de errado, ya que en él hay lo mal y lo malo. Y precisamente por eso es necesaria la Fortaleza. Por el hecho nulo y crudo de que es preciso existir Fortaleza, se declara el poder del mal en el mundo.

 

En otras palabras: el bien no se impone por sí mismo, como opinan los liberalismos, para que esto ocurra, hay necesidad del empreño de la persona. Empeñarse por la realización del bien contra el poder del mal (que a veces también podrá ser un súper poder), es ahí circunscrito de forma bien completa aquello que hace el acto de la virtud de la Fortaleza. "Empeñarse ": con esto no se indica obrar cualquiera, pero un obrar por el cual la gente esta dispuesta a sufrir en prejuicio. Con detonados saltos de esquí o peligrosas escaladas de montaña (con el que, no hay mucho tiempo, se trató explicar - de modo exhaustivamente inadecuado - la virtud de la Fortaleza, en la televisión alemana) se consigue perfectamente no destacar que es decisivo en esa virtud. Con un tal enfoque, por un lado, se exige a demás, si, de hecho, la Fortaleza debe integrar los elementos del "estar - cierto" de todo hombre (pues, ¿cómo pretender que tales proezas sean realizadas por el "hombre común?); por otro lado, se pide de menos. En una palabra: falta seriedad. En verdad, en general, el acto de virtud es algo totalmente sin brillo, como, por ejemplo, asumir ser públicamente ridiculizado por tomar o partido de una causa justa.

 

Pero quien resiste al poderío del mal como empíricamente más débil, tal vez arriesgue cosas que tocan ya más peligrosamente la existencia: la libertad, la salud y la vida. Al final de cuentas, toda la verdadera Fortaleza se basa en la disposición para la muerte; o más o menos precisamente, en la disposición para el testimonio de sangre. El verdadero símbolo de la Fortaleza es el mártir. Pero la ausencia de brillo permanece a través de todos los grados de su realización, como una característica prácticamente distintiva: nada se dice de osadía, de riesgo, ni de "empeño heroico" (aparte, cuando de esto se habla, ya se trata, casi con certeza, de una señal de que ni existe la situación que exigiría auténtica Fortaleza).

 

Es precisamente la extrema prueba de la virtud, al propio martirio, que acostumbra hablar completamente el brillo de lo "heroico". La osadía, la disposición de partir para la lucha, el espíritu vital de ataque del primer momento se desvanecen, y la duda tal vez esté penetrando hasta la propia conciencia a tal punto que el sacrificado - cuando, digamos, la puerta de la mazmorra se cerró definitivamente atrás de él -, es asaltado por la pregunta de si, al final, no sería él el idiota. Del mártir, a final de cuentas, se habla post festum; las coronas de flores de la veneración solo vienen después. Antes, en la propia consumación del martirio, nada hay si no un prisionero, un solitario, un objeto de riesgo y, sobre todo, un enmudecido. Solo le queda entonces la paciencia que, a lo largo de toda la tradición espiritual, ha sido considerada parte fundamental de la Fortaleza. Hildegard von Bingen llama a la paciencia columna "que por nada se deja ablandar". Y nosotros, tarde nacidos, comenzamos a percibir por qué los antiguos consideraban como la parte esencial de la Fortaleza el resistir, y no el atacar.

 

5. La Templanza: defenderse de la auto-destrucción

 

Un autor tan moderno como James Joyce, cuya obra principal fue llamada – no sin razón - de "misa negra", consideró durante toda a su vida el acto sexual como algo vergonzoso. Un hecho inesperado, pero que solo sorprende a primera vista. Un significativo contrapunto de ese hecho es que, por un lado, ninguno de los grandes teólogos católicos jamás habló tan negativamente de la sexualidad; como también, por otro lado, afirmaran que justamente por ser el sexo una fuerza natural fundamental del hombre, proveniente del acto creador de Dios, una fuerza necesaria y buena, debe también ser controlada por el hombre de modo especial, Y el sentido de la cuarta virtud cardinal, de la Templanza, es precisamente la realización de la orden interna de la persona.

 

Pero todo esto todavía está formulado de manera excesivamente inofensiva: todavía ni se manifestó el carácter extraordinario, o mejor, hasta el mismo misterio de la virtud de la Templanza. Se trata, en verdad, de que justamente las fuerzas del ser del hombre orientadas por naturaleza para la autoconservación, perfeccionamiento y realización, son aquellas mismas fuerzas que pueden también desnaturalizarse para la autodestrucción. Todas ellas y, tal vez, solamente ellas. La sexualidad es apenas una de esas fuerzas y es de la que menos se precisa hablar específicamente, en la medida en que el cristiano entienda que la castidad no visa a la represión de la fuerza sexual pero la defiende de la autodestruidora perversión de esa fuerza. Como también, naturalmente, ni el placer ni la recta afirmación de sí parecen condenables al cristiano. Pero - tema también de la Templanza - encontrar una comprensible fundamentación antropológico-ética para el ayuno y para la abstinencia, como también para la virtud de la humildad, ya parece más fácil.

 

Peor todavía es que provincias internas del reino de esa fuerza fundamental llamada Templanza se vuelvan casi sin nombre en el pensamiento contemporáneo. ¿Cómo expresar, por ejemplo, la fuerza de la ira, la capacidad para la ira, que en las enseñanzas vitales de la gran tradición cristiana pertenece también a los impulsos fundamentales imprescindibles del ser humano, y que fue considerada su real capacidad de resistencia? Sin la fuerza para la ira - es lo que se dice en el pensamiento cristiano, el hombre permanece pasivo e inerte delante de las injusticias que ocurren en el día a día. Pero, al mismo tiempo, esa misma fuerza, si no es controlada, puede destruir totalmente la convivencia - por ejemplo, sobre las formas, conocidas por todos, de irreconciabilidad y amargura, que envenenan el clima de relación con los otros, sobre todo ideológicamente.

 

Es triste encontrar el recto control de la ira, la virtud cristiana de ser manso, equivocadamente confundida con esa pálida incapacidad para la ira que, como todos saben, navega bajo esa misma bandera. En verdad, manso en el sentido original significa aquella fuerza interior (actualmente incapaz de ser denominada por una palabra con vida, frescor y vigor) de la cual la Escritura dice que es por ella que el hombre guarda su alma (Eclisiastés:10,31).

 

El más sorprendente, entretanto – y es algo simplemente increíble – me parece ser el hecho de que una determinada fuerza fundamental del hombre – de la cual los antiguos, con justicia, tratan exhaustivamente - sea simplemente silenciada y omitida en el pensamiento cristiano actual sobre la Templanza. Y esto, a pesar de esa fuerza decir respecto, mas que nunca, precisamente a la vida de nuestros días. Me refiero al ansia, a la concupiscencia de ver. Se podría, en ese caso, como lo hacen los grandes maestros, antes de nada, hablar del caso general de concupiscencia del saber; y no es poco lo que habría ahí para decir. Naturalmente, al contrario de los Antiguos, no hablaríamos, de entre las formas de la prevención, del deseo de saber, de magia; pero la pregunta sobre si no estamos dispuestos a poner en juego el bien la integridad de la Humanidad por la resolución de un problema científico – a no ser que ya lo estemos haciendo – bien que se puede ser actual.

 

Pero, permanezcamos en el deseo de ver con los propios ojos, en sentido literal, lo que realmente constituyó uno de los más fuertes impulsos del hombre: "Preferimos el ver a cualquier otra cosa", leemos ya en el primer capítulo de la Metafísica de Aristóteles. Para mostrar hasta qué punto eso es verdad, no nos costaría muchas palabras; como también no sería difícil evidenciar que la autonomía de la vida intelectual se basa – en buena medida - justamente en asegurarse de la verdad por el "ver con los propios ojos".

 

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Pero también aquí claramente vale el contrapunto: que esta fuerza natural necesita de manera especial de control, por cuanto ella puede, como casi ninguna otra, degenerar autodestruidoramente. Y aquí pasa que, literalmente, no disponemos de nombre para la virtud ni para el vicio.

 

Pues si encontramos el descontrol del deseo de ver, en los Antiguos, bajo el nombre de "curiosidad" (curiositas), pensamos antes en la perdonable flaqueza de la vecina y en el verdadero y profundo mal que la "concupiscencia de los ojos", este "ver por ver", puede causar en la existencia humana. Y, cuanto al vocablo tradicional para el armónico control del querer ver, studiositas, él simplemente no significa nada.

 

Martin Heidegger designó por "curiosidad" (Neugier) aquello que realmente querían decir los Antiguos con curiositas: lo que le interesa a la curiosidad no es la captación de la realidad, sino la "posibilidad de abandonarse al mundo".

 

Pienso que debería ser posible mostrar claramente a un contemporáneo crítico de la "generación TV", el peligro - que tan profundamente afecta la existencia (y de lo cual estamos aquí tratando): el de perder, en medio del barullo ensordecedor, óptico y acústico, de vacías majaderías, la capacidad original de captar la realidad. El control de "deseo de ver", tan vital hoy como antiguamente, podría alcanzar un valor casi salvador en la medida en que, por un acceso de conocimiento, conservásemos aquello que desde siempre hace una existencia humana plena de sentido: ver la realidad creada por Dios tal como ella es, y vivir y obrar de la verdad así aprendida.