Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

KONVERGENCIAS LITERATURA

Año I Nº 1 Enero 2006

 

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 RUBEN SOTO RIVERA:

OCASIÓN Y FORTUNA EN BALTASAR GRACIÁN *

 

Carlos Rojas Osorio (Puerto Rico)

 


 

 

 

 

 

 “Es necesario tener en cuenta no sólo las reglas y
principios generales del arte, sino también los datos
particulares que  acompañan siempre a una situación dada.
Se deben tener  en cuentas  las  circunstancias particulares,
y también lo que los griegos llamaban
kairós, o momento crítico”
(1)

 

Baltasar Gracián es uno de los grandes pensadores del siglo de oro español. Así lo reconoció Arthur Schopenhauer, quien leyó y tradujo al alemán algunos de sus libros, y los cita directamente en castellano; y así lo reconoció también Nietzsche quien leyó las traducciones hechos por su maestro, y, sobre todo, tomó inspiración en el estilo aforístico de Gracián. En la presente obra, Ocasión y Fortuna en Baltasar Gracián (2), Rubén Soto Rivera hace un detallado estudio de los conceptos de ocasion y fortuna en el pensamiento de Gracián. La tesis general de la obra puede  enunciarse así: la ocasión es la oportunidad para que la fortuna nos brinde sus favores o sus disfavores; es necesaria la agudeza del ingenio para saber aprovechar bien la ocasión que nos da los favores de la fortuna y esquivar sus disfavores.

 

Una de las grandes diferenciaciones que hace Gracián es entre intelecto e ingenio. El intelecto procede por vía discursiva, razonadora, formal; del ingenio, en cambio, es propia la agudeza y se vale de otras estrategias diferentes a la del puro formalismo del razonamiento. Son estrategias del la agudeza del ingenio: la analogía, la alegoría, la dialéctica entendida como coincidentia oppositorum, el arte de la interpretación o hermenéutica. Pensar agudamente es pensar con ingenio. Como escribe Soto: “El gusto de Gracián por la alegoría conduce su ingenio a pensar agudamente conceptos según la imaginería ejemplar de la Fortuna y la Ocasión” (:38). Gracias a Gracián, el arte del ingenio pudo denominarse “conceptismo”.

 

Gracián nos dice que la vida es una tragicomedia en la que se dan muchas ocasiones de distinta índole. La vida es puesta en escena como apariencia. En cuanto tragicomedia en la vida es tan importante tanto la honestidad como cierta hipocresía. “Las cosas comúnmente no pasan por lo que son, sino por lo que parecen”, nos dice Gracián en el Discreto. Es arte por excelencia el hacer aparecer. Ahora bien, la apariencia se da en la ocasión oportuna. Poder advertir la oportunidad de la ocasión es precisamente el arte del ingenio. Gracián recalca que tan importante es la sustancia de las cosas como su circunstancia; la esencia como la apariencia. La apariencia no es menos importante que la realidad. El ingenio se las ingenia para distinguir no solo lo esencial sino también lo aparente, circunstancial y ocasional. “En las circunstancias hay que contar con la ocasión”. (: 19) Sin duda que la ocasión es una circunstancia por lo cual puede decirse también que es una contingencia. La fortuna es la madre de las contingencias. Soto nos recuerda que ya Platón había puesto juntas la ocasión (kairós) y el azar, o fortuna, las cuales junto con la divinidad gobiernan todos los asuntos humanos. Por eso la mayor treta es: “hallar la oportunidad en los reveses de la Fortuna” (: 23). Es preciso atracar la nave de la vida en puerto bien seguro, pues la vida es un juego de azar. La justa oportunidad pertenece a la acción humana y no es otra que la sabiduría que otorga la prudencia. Aristóteles pone la prudencia en el corazón mismo de la moral. El ser humano debe tener el arte de la interpretación (hermenéutica) para saber aprovechar bien los azares que nos depara la vida. Gracián escribe: “Gran providencia es saber prevenir la infalible declinación de una inquieta rueda”. Se trata de la rueda de la fortuna. Por eso agrega: “Tú no hagas ni digas cosa alguna teniendo a la fortuna por contraria.” (3)

 

También en Gracián se encuentra la idea de la concordancia de los opuestos (coincidentia oppositorum) de que nos habla Nicolás de Cusa. Así, Gracián habla de cierta discordia concors. Es parte de la agudeza del ingenio descubrir la coincidencia de los opuestos. Un buen ejemplo de esta coincidentia oppositorum nos la da Gracián cuando afirma: “¡Cuan mucha es la nada!” O, cuando afirma que que el Cero parece todo y tiene “ambiciones de infinito (: 37) Cero es una cifra, o símbolo, de Kairós.

 

Gracián define la prudencia como sigue: “es la atención a los extremos al acabar bien, poniendo más la mira en la felicidad de la salida, que en el aplauso de la entrada”. (4) La prudencia se relaciona con la templanza. La prudencia ha de ser templada y atenta a la ocasión. “La prudencia consiste en portarse a la ocasión.” (5) Ya Aristóteles afirmaba que “la templanza salva los juicios prácticos de la prudencia.” (6) La prudencia resulta de la experiencia de la vida, por ello falta en el joven, agrega el estagirita y asiente Gracián. La prudencia, agrega Aristóteles, forma parte esencial del arte de la buena vida, de la vida feliz. Para Gracián, la base de la prudencia es la sindéresis. “Consiste en una connatural propensión a todo lo más conforme a la razón. Casándose siempre con lo más acertado” (7) La prudencia conlleva templanza, y ésta evita los extremos: “El arte de la prudencia es el arte de la agudeza e ingenio” (Soto: 49).

 

Un sinónimo de la prudencia es la discreción, sobre la cual reflexiona hondamente Gracián. El estudio de las Humanidades conduce a la discreción. Gracián la define así: “Es corona de la discreción el saber filosofar, sacando de todo, como solícita abeja, o la miel del gustoso provecho o la cera para la luz del desengaño. La misma filosofía no es otra cosa que meditación de la muerte, que es menester meditar muchas veces antes de acertar a hacer bien una sola después”. (8) Gracián nos dice que el discreto “sabe hacerse a todos”; es decir, que se acomoda a las más diversas circunstancias. El discreto se mueve en el justo medio entre dos extremos. Cita a Horacio cuando afirma: “Medio hay en las cosas; tú no vayas por los extremos.” (9) Y Gracián concluye: “Ve por el medio y correrás seguro” (ibid). En cambio, cuando los extremos  desproporcionados se juntan no hacen más que parir monstruos. El justo medio lo encuentra la razón razonable, es decir, la sindéresis. Hay seres racionales que, sin embargo, no pueden encontrar el justo medio que la razón busca. El ser humano moral es para Aristóteles el hombre prudente. Gracián liga la discreción a la fortuna: “Viva el discreto como puede, si no como querría. Tenga el discreto lo que le concedió la suerte que lo que le ha denegado” (Oráculo, 120).

 

La verdad conducente al saber vivir bien implica el conocimiento de sí mismo, la autognosis. (10) Esta autognosis es hija del tiempo,  pues la verdad que nos es más íntima requiere de la experiencia vital. Cada ser humano es para sí mismo un enigma, como lo era Edipo para sí mismo. La verdad es tan sinuosa como nuestro decurso vital. La verdad es perspectivística; es decir, perspectiva desde la experiencia de la vida. Los azares de la fortuna y las buenas ocasiones.

 

Soto afirma, -siguiendo como él entiende los trabajos de Eduardo Forastieri al respecto (11)-, que la filosofía de Duns Scoto es la que sirve de trasfondo al pensamiento de Baltasar Gracián. El Doctor Sutil define la persona como “existencia incomunicable de naturaleza intelectual.” (12) La incomunicabilidad es una característica propia de la existencia. La singularidad de cada ser humano depende, pues, de la incomunicabilidad de la existencia. También Boecio pensó en la persona como individualidad racional. Para Gracián ser persona es “estar en su punto”. Pues el ser humano no nace ya hecho, sino que se completa en el decurso de su vida, se perfecciona, conquista sus complementos, prendas y eminencias. Gracián escribe: “Un empeño en su ocasión hizo personas a muchos, así como un ahogo saca nadadores.” (13) La ocasión es la oportunidad de descubrir el propio valor.

 

Soto aporta el concepto de kairoteresía y lo define así: “La kairoteresía consiste en el esfuerzo humano por no dejar nada, en toda ocasión, al azar, a pesar de que la casualidad decidirá mejor que nosotros, y de que el azar enderezará la habilidad del hombre, mas no la habilidad , el azar” (: 71). Soto encuentra en Menandro un predecesor de Gracián, pues aquél escribe: “Las propias  circunstancias de la vida te instruyen” (cit.: 71).

 

La persona implica individuación. Raimundo Llul nos dice que en los seres todo está inmediatamente indivdualizado; aplica esta individualización a todas las categorías aristotélicas. Y concluye que en el ser humano la individuación ocurre en el instante. Soto agrega que el instante es el tiempo in-dividualizado, es decir, indiviso, tiempo sin sucesión. El instante es ocasión. Lull nos dice que el entendimiento conoce el instante de modo intuitivo; pero desconoce cómo esta individualizado, y para ello recurre a la memoria y la imaginación: “Mas estas facultades únicamente pueden ayudarle a conceptuar una sutileza, o ingeniar un concepto, para la comprensión verosímil, o probable, del misterio del principio de individuación” (: 74). Soto nos dice que Raimundo Lulio se adelanta a Duns Scoto cuando conceptúa la haecceitas y la asocia al principio de individuación. Soto cita a Forastieri para explicarnos que la fuente filosófica de inspiración de Gracián es Duns Scoto; en especial por lo que se refiere tanto al universal in re como a la individuación, o haecceitas.

 

Soto concluye estra parte enumerando una serie de pensadores que nos permiten pensar verosímilmente “la realidad” y su infinitud. Platón habla de la recta opinión, Arcesilao, de lo razonable; Carnéades de la verosimilitud, o persuasivo; Gracián, del concepto: “Todos éstos y otros sutiles pensadores validan el modo del ingenio para ascender en la escala hilemórfica del Ser hasta la comprensión suprarracional de lo que tan cómodamente denominamos ‘Realidad’” (: 76).

 

La ocasión es instantánea, un simple parpadeo. Una gracia del tiempo. De un tiempo irreversible que, por tanto, no regresa: “El concepto graciano se halla en la correspondencia entre la momentaneidad de la Ocasión y su analogía con el abrir y cerrar de ojos” (:90). El tiempo tiene precio y valor. El valor del tiempo implica libertad. El tiempo es precioso, -había dicho un discípulo de Aristóteles, Teofrasto. Rubén nos trae un precioso verso de Barlolomé Cairasco que dice: “Es la ocasión al tono que canta, / Un breve tiempo que favor promete.” (14) Y Soto comenta bien cuando dice: “Su brevedad nos remite a lo cuantitativo; su promesa de favor, a lo cualitativo” (: 80). Para Gracián, la Isla de la Inmortalidad es la fama, pero la fama requiere tiempo y esfuerzo, y muchos: “por no lograr breve tiempo de trabajo, perdieron siglos de fama.” (15) Es preciso aprender de Homero que nos enseña cómo Ulises escapa a los escollos y monstruos que nos esperan en el viaje de la vida.

 

Gracián representa la felicidad con el nombre de Felisinda. Soto relaciona la felicidad y la fortuna porque felicidad se dice también ventura, ventura es también fortuna.  Pero es necesario distinguir el centro de la felicidad para no extraviarse y perder el tiempo precioso. Como bien comenta Rubén: “Si estar perdido es perder el precioso tiempo, estar en ruta a su destino es redimir el precioso tiempo (: 81). No hay que perder tiempo hasta que no se encuentre a Felisinda, es decir, a la Felicidad o Ventura. No se puede confundir precio y valor. El tiempo precioso es de un valor inapreciable. “El precio del juicio y el entendimiento es el aprecio, éste incluye a aquél, pero no a la inversa” (: 88). El buen gusto es una forma de aprecio, o sea, de valor. Aunque hay diferencia entre valor y precio, sin embargo, la diferencia es también cuestión de tiempo: “Mientras no ha pasado la Ocasión, es valiosa y gratuita; una vez pasada, tiene precio pero éste es tan alto que es imposible pagarlo, a pesar de  que nunca ese altísimo precio se equipara al valor” (: 90). Gracián nos recuerda que muchas veces no sabemos apreciar las cosas, su valor, hasta cuando se pierden. Asimismo, el valor de la ocasión no llega a conocerse sino cuando se la pierde. La sabiduría del tiempo radica en hacernos descubrir las cosas; pero el tiempo es necio también porque lo destruye todo, derrumba hasta la memoria. El precio es el tiempo cuantitativo o Jrónos, el valor es el tiempo cualitativo, o Kairós. El tiempo pertenece a la esencia humana; como dice Séneca en carta a Lucilio: “No tenemos cosa nuestra sino el tiempo, donde vive quien no tiene lugar” (: 93). Y el sabio de la antigua Grecia, Pitaco nos dice “Nosce tempus”, o “conoce la ocasión. La sabiduría está en el justo medio y por ahí va también la felicidad. Para la felicidad es necesaria la prudencia. La desventura viene de la falta de prudencia, la fortuna suple lo que la Naturaleza descuida: “Parte de la dicha estriba en llegar a la ocasión y, concomitantemente, en ser discreta” (: 98).

 

Hay que redimir el tiempo. Redimir el tiempo es liberarlo, como se libera a un esclavo. El Nuevo Testamento hace alusión a la redención que viene por gracia divina. Para ello el Verbo se hizo carne, es decir, la eternidad entra en el tiempo, o como dice Rubén Soto, se hizo buen tiempo, o sea kairós. Pablo en la carta a los Efesios y también en Colosenses nos manda vivir “aprovechando el tiempo” (exagorazómenoi tón kairón). (16) Expresión que ha sido traducida de muchas formas: por ejemplo: “rescatando el tiempo”. El tiempo es breve, por eso es preciso redimirlo, expresa Juan Crisóstomo refiriéndose ha dicho pasaje neotestamentario. Erasmo de Rotterdam traduce dicha expresión por “redimir la ocasión” porque éstos son tiempos malos. Por otra parte, el kairós es tiempo mesiánico, o el tiempo en su conjunto, pero para cada cristiano ese tiempo comprende su existencia toda. Isidoro Rodríguez se refiere a “comprar la ocasión favorable” porque los días son malos. Para Gracíán, nos dice Soto: “El rescatar el tiempo es, por lo tanto, trabajar para aprovecharlo” (: 111). Kairós está personificado en Efesios como un esclavo que necesitar ser liberado. Es decir, que no cabe duda de cierta inspiración novotestamentaria por parte de Gracián. El arte de la prudencia lo deriva Gracián de su lectura de la Biblia.

 

Rubén interpreta también que cuando San Pablo se dirige a los atenienses refiriéndose al “dios desconocido”, “redimía el kairós del poder  de los malos” (: 114) Es decir, Pablo aprovechó bien la ocasión para predicar  en el Areópago. Pablo habla de que: “el Dios desconocido fijó las estaciones (kairoús) y los confines de la tierra para que los seres humanos lo busquen en su fuero interno” (: 114). La ocasión es fugaz y así mismo lo es la felicidad, Felisinda; y lo es tanto para Gracián como para el Nuevo Testamento, pero la ocasión es redimible por  el ingenio.

 

El tiempo parece  reducirse a algo puntual por lo momentáneo que es. Como bien explica Quevedo: “Ayer se fue; mañana no ha llegado; hoy se está yendo sin parar un punto; soy un fue, y un será, y un es cansado” (:118). La puntualidad del tiempo es el instante, y el instante precioso es la ocasión.  Por eso es necio quien no sabe beneficiarse de la ocasión. El necio deja para mañana lo que en realidad hoy y ahora le ofrece la fortuna. Es necesario redimir el tiempo. Pero la ocasión en que la fortuna se nos ofrece depende también del azar. “Hay un rasgo azaroso de las ocasiones” (: 122). La fortuna depende de la suerte. Las acciones humanas dependen todas de la ocasión, decía Polibio.

 

La equidad se pone al servicio de la fortuna. La balanza es el icono de la Justicia. Y kairós, en la estatua de Lisipo, “equilibra el astil de la balanza sobre el filo de una navaja (: 133). La cordura es un justo medio entre excesivas imprudencias; y a ese justo medio lo califica Gracián de “audacia discreta”. Participa “la virtud del valor, o valentía, del exceso de temeridad, o audacia, más que del defecto de la cobardía” (: 136). Agarrar la ocasión en su momento justo es una audacia discreta.

 

Soto, quien había estudiado con detenimiento el concepto de Fortuna en Quevedo, nos asegura ahora, que hay una correspondencia entre la fortuna de que habla Gracián como en la Ocasión de que habla Quevedo: “La ventura es a la Fortuna, en Gracián, como la Ocasión es a la Fortuna, en Quevedo. Hay una correspondencia entre la Ventura graciana y la Ocasión quevediana” (: 136-137). La fortuna se nos da en la ocasión, y es preciso no desaprovecharla. Los dos platillos de la balanza son equilibrados por la Fortuna; un platilo es la Naturaleza el otro es el yo: “Si ella favorece al sabio, yo al necio; si ella a la hermosa, yo a la fea; siempre al contrario, contrapesando bienes.” (17) Los humildes serán ensalzados y los soberbios abatidos. Ya Cicerón decía que en nosotros domina “el caso y la naturaleza” (Casus et natura in nobis dominantur).

 

Sólo sabe vivir quien vive la ocasión. Es necesario: “saber aprovechar las ocasiones” (: 157). Vivir en forma acelerada deshonra la ocasión. Hay que saber apresar la ocasión; y para ello se requiere prudencia. El tiempo engendra la verdad. La ocasión es la oportunidad para hacer algo o dejar de hacerlo. Tal pareciera que la Ocasión haya sido una diosa altamente apreciada por los grecorromanos. Uno se arrepiente si deja pasar la ocasión oportuna. Por eso es preciso repensar la ocasión pasada y tener previsión a fin de hallar la mejor salida. La ocasión es repentina, instantánea como un parpadeo. La discreción implica conocer no solo la sustancia sino también la circunstancia. En el mundo es preciso saber hacer sus cifras, es decir, descifrar las circunstancias. Quien no sabe leer la cifra termina desengañado. La esencia necesita de la apariencia del mismo modo que la sustancia necesita de la circunstancia. Hay que verlo todo como el zahorí: ver las esencias y los accidentes o apariencias. La sustancia se ve de una sola ojeada. Se puede ver si hay sustancia en un sujeto, hasta dónde llega su prudencia.

 

Concluyo aquí esta breve sinopsis de Ocasión y Fortuna en Gracián. Breve para lo sustancioso de la obra. Esta sustancia va precisamente por su contenido ético. Lo cual es muy importante para la kairología, que sin ética puede convertirse en oportunismo; puesto que kairós es oportunidad, momento oportuno. Sólo si hay criterios éticos puede salvarse el momento oportuno de no caer en el mero oportunismo. Gracián es muy consciente de ello cuando nos dice que sólo la virtud queda a pesar de los muchos avatares de la Rueda de la Fortuna. Y Rubén Soto lo recalca aludiendo en numerosos pasajes a la Ética nicomaquea, de Aristóteles, con su exaltación de la virtud y, entre ellas, la prudencia. La prudencia es necesaria para determinar el “momento justo” de hacer el bien. Por su parte Soto nos recuerda con Séneca  que la vida es tiempo, y que el tiempo es necesario saber aprovecharlo en cada circunstancia. La vida humana es concreta y, en concretas circunstancias, es cuando tenemos que aplicar los principios éticos. El arte de la prudencia implica la agudeza mental de que nos habla Gracián. Agudeza para saber beneficiarse de los bienes de la Fortuna, y diferenciar a tiempo los disfavores. Rubén Soto nos ofrece un magnífico acercamiento a la obra de Gracián desde un foco de atención que parecería incidental como es la ocasión y la fortuna, pero el kairós resulta ser la circunstancia que acompaña siempre a la sustancia. Como en todos sus libros, Rubén Soto nos adentra en un pensamiento complejo, rico en virtuosismos de fructífera erudición y de amplia perspectiva que fecunda senderos poco transitados por los filósofos de oficio. La mayor parte de las veces nos contentamos con una geografía de la filosofía muy estrecha (Grecia, Alemania, Inglaterra y Francia), y nos olvidamos de que la Madre Patria también ha tenido grandes pensadores y que  están en relación de hermandad con nosotros, porque nuestro pensamiento se fecunda en la misma lengua. No es mérito menor de Rubén el acercarnos tan fecundamente a estos pensadores hispánicos, hermanos nuestros, como Quevedo, Gracián y Cervantes.

 

 

 

* El Dr. Carlos Rojas Osorio, catedrático de Humanidades (Universidad de Puerto Rico en Humacao), filósofo e historiador de la filosofía puertorriqueña, caribeña e hispanoamericana, leyó esta presentación en la Librería Mágica, auspiciado por el Sr. Arnaldo González, su dueño, y coauspiciado por la Sociedad Puertorriqueña de Filosofía, la noche del jueves 10 de noviembre de 2005.

 

(1) Michel Foucault, Discurso y verdad en la Antigua Grecia, Barcelona, Paidós, 2004, p. 148. (Traducción de Fernando Fuentes Mejías).

 

(2) Rubén Soto Rivera, Ocasión y Fortuna en Baltasar Gracián, San Juan (Puerto Rico): Publicaciones Puertorriqueñas, 2005.

 

(3) Gracián, El héroe, (10.80), citado en Soto, p. 31.

 

(4) Gracián, El discreto, (12-54), citado en Soto, p. 41.

 

(5) Gracián, Oráculo manual, citado en Soto, p. 44.

 

(6) Aristóteles, Etica a Nicómaco, (6. 59), Soto, p. 42.

 

(7) Gracián, Oráculo manual, § 96. Soto, p. 49.

 

(8) Gracián, El Discreto, (25, 365-366). Soto, p. 54.

 

(9) Gracián, El criticón, (1.5, pp. 66-67) Soto, p. 57.

 

(10) Foucault también estudia la relación entre conocimiento de sí, cuidado de sí y parresía (decir la verdad), cfr. la obra citada en la nota 1.

 

(11) Eduardo Forastieri-Braschi: Sobre el tiempo de los signos, Madrid: Orígenes, 1992; especilamente las pp. 72-73, 277-278; “Gracián, Peirce: conceptos, signos”, en: Anuario filosófico, XXX, 1 (1997), pp. 1173-1184; "Etsi Petrus Ramus taceret, res ipsa loquetur: sobre ramismo y conceptismo", en: La Torre, VI (1992), pp. 461-475; “Sobre las causas de la agudeza y la cuestión de su realismo”, en Bulletin of Hispanic Studies, 79 (2002), pp. 27-37.

 

(12) Juan Duns Scoto, Ordinatio, IV, d. 11; q. 3, n. 55 (Soto, p. 68).

 

(13) Gracián, Oráculo manual, § 263. Soto, p. 70

 

(14) Citado por Soto, p. 80.

 

(15) Gracián, Criticón, (3.8.213), citado en Soto, p. 80.

(16) En su forma sustantivada, “exagoreusis”, es utilizada esta expresión por Foucault para referirse a la espiritualidad  cristiana y su modo de relación con el yo, que es la renuncia a sí mismo. Parte de esa renuncia exigía verbalizar  ante otro los propios pensamientos. Exagoreusis: “Se trata de una analítica y continua verbalización de los pensamientos llevada a cabo en la relación de la más completa obediencia hacia otro. Estra relación está configurada por la renuncia al deseo de cada uno y a su propio yo”. (Foucault, Tecnologías del yo, Barcelona, Paidós, 1990.

(17) Gracián Criticón, (2.6. 156) citado en Soto, p. 138