Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

KONVERGENCIAS LITERATURA

Año I Nº 2 Abril 2006

 

inicio

 

 

 

 

 

 

 


UNA REFLEXIÓN PARA UNA VIDA

 

Salomón Valderrama Cruz (Perú)

 


  

     Hay diversas maneras de construir u ocupar una vida. Por ejemplo, de no estar erigiendo poemas, tal vez, estaría arreglando jardines (ingeniero civil, ambiental), de payaso (pintor, escultor o arquitecto, y por extensión bailarín), alegrando a los niños para que algún día puedan volar con sus alas, de chofer (ingeniero mecánico, hidráulico, aeroespacial), transportando a los hombres que sostienen el mundo, de espía (periodista, filósofo) que repara una cuestión de libertad, de barrendero (geólogo, médico, biólogo, astrónomo), limpiando las calles para que alguien visite la casa, o de abogado (sociólogo, filólogo, arqueólogo) que defiende a las sociedades, pueblos, atisbos o culturas de orden, de algo. ¿Qué será? Tal vez nada es absolutamente necesario o todo lo es. En lo que creemos, en lo que creamos, en lo que crearemos, y en lo que creímos: todo, en nuestros universos cíclicos, paralelos, copulados, anastomosados, lineales y terroríficamente ambiguos o paradójicos. Es que suelen ser nuestros propios símbolos los que nos atacan, una y otra vez, desde una posibilidad infinita u olvidada. Recuerdo un poema de Charles Baudelaire, donde se podría plantear infinitas posibilidades con, al parecer, finitos símbolos: 

 

El albatros

 

A menudo, por divertirse, los marineros
cogen albatros, grandes pájaros de los mares,
que siguen, como indolentes compañeros de ruta,
al navío que se desliza por los amargos abismos.

Apenas los han colocado en cubierta,
estos reyes del cielo, torpes y avergonzados,
dejan tristemente sus grandes alas blancas
colgando como remos en sus costados.

¡Este alado viajero que torpe y débil es!
¡Hace poco tan bello, qué cómico y qué feo!
Uno le provoca golpeándole con una pipa en el pico,
otro imita, cojeando, al desgraciado que volaba.

El Poeta es igual al príncipe de las nubes
que vence la tempestad y se ríe del arquero;
desterrado en la tierra en medio de abucheos,
sus alas de gigante le impiden caminar.

 

Donde se puede ver que el hombre (el albatros = el poeta = los marineros = el navío = los abismos) depende, que los hombres dependen, de la misma cosa: el universo que conocen, que entienden y manejan. No así, el que desconocen, el que no entienden, del que se mofan... De aquel que para hacerse, verse y conocerse, tiene que pasar un ciclo (proceso o estudio, y asimilación). Pero esto, quizás, es algo que Baudelaire no pensó, sino que literalmente como un artista, como un poeta, se vio ajeno a la circunstancia, el ámbito en el cual le tocó vivir. El reflejo desde un espejo negativo (antónimo) a sí mismo, el poeta que se sentía un gigante y por lo mismo (en una sociedad tácitamente conservadora), torpe, avergonzado e inútil (lo que conlleva débil). Es así que nuestros símbolos nos preceden: haciendo del acto un puro sesgo o capricho pasajero. Y es que la vida no es eso que nos dicen: caminos ya hechos para seguir, sino que son los caminos para hacer, para entender y sostener. Ya lo ha dicho Antonio Machado en:

 

Campos de Castilla

 

Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.

 

     Además, tenemos la muestra del gran camino que habla en Los Andes o el canto escarpado de Pablo Neruda en "Canto General":

 

Entonces en la escala de la tierra he subido
entre la atroz maraña de las selvas perdidas
hasta ti, Machu Picchu.
Alta ciudad de piedras escalares,
por fin morada del que lo terrestre
no escondió en las dormidas vestiduras.
En ti como dos líneas paralelas,
la cuna del relámpago y del hombre
se mecían en un viento de espinas.

Madre de piedra, espuma de los cóndores.

Alto arrecife de la aurora humana.

 

     La maravilla que es entender para apreciar, apreciar para poder entender lo colosal; una predicción antes de la Segunda Guerra Mundial, y en plena o secuela de la Primera, a la ya indefectible contaminación que todavía azotará a los siglos, en un poema, vertido (la aventura de seguir erosionando sin medida) de César Vallejo en "Los heraldos negros":

 

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

 

La cuestión es que si a algo se dedica una vida, es porque ese algo define proyección y reflejo presente o futuro, pasado para presente o futuros para pasados. Entonces no habrá alguien o algo capaz de corromper la delicada y tortuosa manera de vivir, para ser y hacer maravillas con ella. La vida, como la mujer para mi caso, nos juega ¿una suerte del suertero?, si vamos a ser es porque hay material y si no vamos a ser es porque ¡hay que apoyar! La vida siempre nos proyectará, aun si hablamos de ritmos solamente, realidades o sueños, el asunto es que ella siempre nos presenta. Para que se entienda, hablaré de mi caso. Después de un proceso largo, de cíclica e intrincada educación, llegué a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en ella apoyé mi todavía oscura u opaca vida (entre acierto y error); el hecho es que me enamoré de una delicada mujer. Hasta ahí, nada de poesía en mi vida, sólo fogonazos o lecturas de orden, pero nada de apoyo real y capacidad ejemplar sino que banal. Fue en aquel momento cuando todo se fracturó así como el hueso del amor, clavícula, por mí se precipitó una explosión o la Gran Explosión (Big Bang) de mi vida. Me descubrí extraño, díscolo, hombre de capa invisible pero de destrucción... Luego una implosión para no finiquitar a los míos o precisamente a mí. Me refugié en los libros y leí lo que había que leer para despertar lo que hago ahora, lo que ocupa mi vida, lo que trato de construir y lo que ya soy: una flor negra (como destructor u opresor) o

 

Las flores negras

 

La flor amarga que es figura esbelta
Está pariendo a su hijo el esperpento
Aquel que erigirá en el propio llanto
La flor que será la materia muerta

 

En el viaje infinito que es la vida
De ave negra hacia su agujero blanco
Que está suspendido al viajero manco
El creador de flores y de vida

 

Protector de los valles siderales
El juez de las estaciones. Naciente
Invierno que eres padre de las flores

 

Las muertas en el pecho crepitante
Del juntador de naves y de piedras
Aquel que será madre de las hidras

 

Pero, el asunto no es rotura de amor sino mas bien ¿Encrucijada de vida? que algún otro inventó. Entonces, no es que la poesía o la literatura la haya estudiado o leído, para poder escribir (o decir), sino que ella ya dormía, desde siempre, en mí; y como una simple antropología o cataclismo de observación: me reconocí. En la poesía que riega las tierras que alimentan a sus hijos, que construye las naves que cobijarán (salvarán) a sus hijos... Para decir: siempre te veré como 

 

Te veo poesía

 

Te veo bañada
En estas mis hojas
Color de la vida
Te veo resuelta
En estos tus pasos
Delicados poemas
Color de las flores
Perdidas
En el viejo sendero
Caminando
Contemplando absorto el río

 

Como viajera pura
Apegada
A esta bañada de flores ladera
Color de la vida
Te veo perdida
En estas laderas
Bañadas por la lluvia negativa
Aquella que en vez de caer
Sube parriba
Como suben tus pasos luchando
A favor de la vida

 

Te veo dolida
En estos mis versos
Color de la vida
Color
De esa herida
Que yace
Pegada
A tu muslo
Como una sonrisa
Que sangra
Cuando no es amada

 

Casualidades o no, en la vida de algo o de alguien, ella siempre me muestra el camino a seguir. Y para confirmar y agradecer a los hombres que corren conmigo o por dentro de mí, catedráticos arquetipos, maestros y amigos, poetas, pintores, músicos que tengo la suerte de conocer: a Washington Delgado, Enrique Verástegui, Martha Izarra, José Watanabe, Marco Martos, Juan Cristóbal, Gerardo Chávez, Eduardo Cervantes, Rubén Valenzuela Alejo, Pedro Uceda Martínez, Adrián Valderrama Lara y Mariano Palacios López. Para finalizar... Yo no sé si les gustó, si les gusta o si mañana les gustará la poesía que vertida se encuentra aquí, pero me arriesgo, como arriesgan los que, todos los días, salvan a algún hombre-igual sumergido en el fuego, desbarrancado de casualidad a la luna, baleado por secretos de bancos, ensimismado de bebidas con veneno para ratas o atropellado por robots que circundan a Dionisos. En todo caso: la palabra siempre será mi juguete, así como  

 

El juguete que es la palabra

 

La palabra juega
Para sí misma
Como juegan
En sus juegos
Las bestias sin palabras

 

En la ruta del pájaro
Que siempre es él
Como pájaro ajeno a la palabra

 

Entonces la palabra
Se revuelca de memoria
Como se revuelcan los que acaban
Olvidando las palabras

 

En la copla del viejo cantor
El eternamente joven
-Que ya parece despistado-

 

En la imprecación
Se transforma
Un llamado sencillo
Que no perdona el olvido
Que no ahoga las lágrimas
En una despedida sorda y ciega
Ya para entonces Muda
Como la misma palabra
La que se aleja
De la bestia
De su juego
Del miedo de ser
Olvidada

 

Ella misma se inventa en la guerra
Ella misma es el invento que juega

 

Tan vieja
Como la misma palabra -palabra-
Como la misma guerra -guerra-
Como el mismo hombre -hombre-
Como la misma bestia -bestia-

 

Y los niños también juegan
-Los niños juegan a la guerra-
Con sus juguetes
Petálicos, fálicos...
De hombres
Hacen la guerra
Donde juegan
Con sus juguetes
Metálicos, matálicos...

 

Y donde la guerra fue juego
Ahora ya es el juguete
Del niño viejo
Aquel que quiere inventar la última palabra
Fin.