Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 1 Año I Septiembre 2002

 

   

 

SIENTO, LUEGO EXISTO

Lidio E. Mosca Bustamante (Argentina)

 

 


 inicio

 

 

 

    

En el mes de septiembre año 2000 el profesor Guido Rings, responsable del departamento de Literatura Latinoamericana de la Universidad de Cambridge, me hizo un reportaje por medio del correo electrónico con motivo de mi novela La marca en la arena.

     Él comentaba entonces un pensamiento de Américo Cruz, un personaje clave de la novela:

     "es el hombre común el que emite juicios ligeros e irresponsables, el que hiere sentimientos y se siente feliz de hacerlo. Ser un hombre común no significa solamente ser pobre en conocimiento sino pobre de sentidos", tras lo cual me preguntó si me refería a una nueva ética en Latinoamérica, a lo que respondí haciendo un planteamiento más o menos filosófico, ya que le expresé que hacía tiempo pensaba yo que la frase de Descartes

     "Pienso, luego existo" era incompleta, por no decir errónea, porque excluía a los animales. Le dije que primero se siente y luego se piensa. Y que la frase correcta sería "Siento, luego Existo".

     Lo cierto es que al año de esta entrevista oí en un programa de la Radio Cultural de Viena "Ö-1" en el cual informaban sobre un trabajo del neurólogo Antonio Damasio. Este científico ha escrito varios libros, y, entre ellos, su obra que justamente lleva el título Siento, luego existo. Confieso que, al escuchar esta noticia, me sentí un poco desilusionado porque alguien "se me había adelantado" con el concepto. Pero luego me conformé al saber que su obra es ya bastante conocida, es decir, que esta idea se está difundiendo y que no ha quedado olvidada en algún papel perdido, como podría haber sucedido en mi caso. Sé que alrededor de este concepto nacerá una nueva ética. Mi trabajo se centra especialmente comparando la existencia de los animales y del ser humano, porque lo cierto es que ignoramos si los animales "piensan" o no. Esta pregunta no está aún correctamente contestada. Bien podría ser sí que lo hagan de una manera tan distinta a la nuestra que, desde nuestra óptica, no podamos apreciarlo correctamente. Se me hace que el "error" de Descartes deriva de la actitud del hombre occidental que, ya desde el nacimiento, la filosofía griega (por lo tanto la occidental) fue la de separarse de la naturaleza. La actitud del filósofo occidental consistía en "observar y evaluar" la naturaleza. Más tarde el cientificismo introdujo el método de "reproducir en un laboratorio" lo que se observa y de "comprobar por medio de reproducción artificial los fenómenos que se desean declarar como verdades científicas". Esa distancia o divorcio del hombre de la naturaleza llevó a convencernos de que los animales son completamente distintos a los hombres.

     El problema es que sí, somos distintos en algunos aspectos y no lo somos en otros. Y volviendo al problema central de nuestra expresión "Siento, luego existo" digo que el "sentir" forma no sólo parte de las emociones superiores (amor, amistad, solidaridad, odio etc.) sino que él es el motor salvador del instinto de conservación. Un animal (y un ser humano) que se hallan en peligro inminente reaccionan poniéndose a salvo "sin haberlo pensado". Esto comprueba que el sentir precede al acto del pensamiento tal cual lo entendemos. También es de gran importancia destacar que el "sentir" está presente en algunos pacientes que se hallan en estado inconsciente. Por darles un ejemplo a ustedes, yo sé de un ex-boxeador que estuvo muchos meses en coma a causa de un golpe recibido en combate. Este joven deportista reaccionaba ante cualquier estímulo aún en estado comatoso ante cualquier estímulo elevando ambos brazos y "colocándose en guardia de defensa" tal como si se hallase en un combate. Esta actitud de defensa instintiva tenía por finalidad enfrentar un posible ataque. Su función sensitiva no respondía correctamente ya que ella confundía un estímulo suave de roce con el de posible agresión. Deseo destacar que algunos animales también reaccionan intentando escapar ante una agresión hallándose en estados ubicados fuera de la conciencia.

     Pues bien, esa separación del filósofo occidental hizo posible la famosa frase de Descartes. En China y la India, donde el budismo, el taoísmo y otras creencias están convencidos de que el hombre está inserto en la naturaleza ni más ni menos que una flor... o un elefante..., en ese medio no hubiese sido posible semejante afirmación.

     Es evidente que nuestra propia naturaleza nos tiene limitados y que, reconociendo esto, debemos adoptar una conducta ética completamente distinta a la que hemos mantenido hasta ahora. En mi novela Flores para Agustina relataba yo, desde la voz del autor, la posibilidad de que los peces griten de dolor al ser enganchados con el anzuelo y que nosotros no podemos oír sus gritos desesperados de dolor, porque esos sonidos se transmiten en una frecuencia que nuestra aparato auditivo no capta. Pues bien, esa novela fue publicada en el año 1981. Justamente en estos días un joven alemán introdujo en la pecera de su casa micrófonos de alta frecuencia y comprobó que cada una de las especies de los peces allí presentes tienen un sonido determinado para expresarse. Esa limitación natural en nosotros nos condujo a ignorar los sentimientos de los animales. Y el maltrato ocasionado a ellos ya no

     Se deja justificar con aquella famosa frase "es sólo un animal". Es más, lo que digo incluye a los insectos. Lo interesante es que el pueblo hindú parece reconocerlo desde hace muchos siglos.

     En los tiempos de la Colonia en Latinoamérica el poder español maltrataba a la población indígena manifestando que aquellos "no tenían alma". Son conocidos los esfuerzos de algunos religiosos del siglo XVI, como por ejemplo Bartolomé de las Casas, para revertir la conducta equivocada de los encomendados. Vemos entonces que los conceptos falsos sobre la naturaleza animal y humana se prestan a los servicios de los que colonizan y maltratan, ya que ellos se justifican por medio de estos conceptos erróneos que son usados como fórmulas eternas.

     Si esta nueva forma de ver las cosas no es nueva en el mundo, sí es extraña para el mundo occidental. ¿Cómo hará el ser humano para abandonar el pedestal tan alto en el cual se ha ubicado por propio error con respecto al resto de la naturaleza? ¿Cómo hará para quitarse la corona que él mismo ha construido? Ha llegado el momento de crear una nueva ética, una ética que tiene por principio "saber" que no hay necesidad de hacer sufrir a nuestros compañeros de la naturaleza para vivir dignamente.

     Para analizar el mecanismo por el cual se produce el sentimiento nos vemos obligados a entender la fisiología humana y animal. En principio, existe entre las células nerviosas que conducen los sentidos agrupados en el área táctil (calor, dolor, frío, cosquillas, etc.), y los auditivos y visuales una sustancia química que pasa de una terminación nerviosa a otra activando la conducción. Esa sustancia es la acetilcolina. Por medio de su liberación y en combinación con la acción de la adrenalina es posible que los músculos sean activados, y permitir el escape de un ser en peligro o también la predisposición al combate, por ejemplo. Estas sensaciones y reacciones suceden en un nivel del Sistema Nervioso Central que nada tiene que ver con la función del pensamiento. Aquel que piensa "sabe" a través de sus sentidos que "existe". Esta función intelectual es más elevada, y sucede siempre y cuando quien la practica tenga la tranquilidad y el tiempo necesarios para "pensar": observar, deducir y relacionar.

     La única forma de comprender nuestra realidad es sintiéndonos y pensándonos dentro de la naturaleza. Este cambio, que parece muy fácil a simple vista, significa un largo y profundo proceso que significa nada más ni nada menos que revertir nuestro concepto de la interpretación de la realidad. Yo diría... una tarea ciclópea.