Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 11 Año III Enero 2006

 

portada

 

 

 

BREVE ENSAYO SOBRE TIEMPO Y LUGAR,

u OPIÁCEOS DE SILICIO PARA AGORAFÓBICOS

 Antonio Dopazo Gallego  (España)


 

 

 

 

Parece razonable afirmar que cada época tiene el espacio y el tiempo que merece. No indagaremos aquí en el sentido profundo de esta frase, pero sí intentaremos averiguar a qué hemos hecho méritos los habitantes del mundo actual.

 

PRIMERA PARTE: El lugar exorcizado

 

Otro mundo en el espejo

“¡Ay, gatito, qué bonito sería si pudiéramos penetrar en la casa del espejo! ¡Estoy segura que ha de tener la mar de cosas bellas! Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo; juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una gasa de forma que pudiéramos pasar a través.”

Alicia, en A través del espejo (i)

 

Existe en el ser humano un cierto límite radical de la representación espacial que podríamos ilustrar del siguiente modo: es imposible, por medio de un giro en el espacio, transformar una mano izquierda en una derecha.

 

Esto es algo que Lewis Carroll tenía muy presente al escribir sus novelas sobre Alicia y, más recientemente, algunos divulgadores científicos han descrito métodos gráficos e intuitivos para apercibirse de nuestros límites tridimensionales. El más célebre de todos ellos (ii) consiste en proyectar sobre un espejo colocado en ángulo recto el dibujo de una figura asimétrica de un número creciente de dimensiones: de 1 a 3, y darnos cuenta de cómo, aplicando siempre una dimensión espacial adicional, podemos voltear el objeto hasta hacerlo coincidir con su imagen especular. Nada sabemos de una hipotética cuarta dimensión del espacio, pero este experimento nos lleva a una deducción por analogía: aplicando esa cuarta dimensión sería posible “girar” una mano izquierda (en tanto objeto asimétrico de tres dimensiones) hasta hacerla superponible a una derecha. Ambas se habrían vuelto indistinguibles.

 

Algunos ilusionistas de finales del siglo XIX se aprovecharon de la fascinación científica por estos descubrimientos para cometer célebres engaños. Es sabido que Henry Slade, famoso médium norteamericano, introducía nudos, caracolas y conchas de molusco en su sombrero para extraer a continuación la versión idéntica con la espiral girando hacia el lado opuesto. Según contaba, la cavidad encerraba una conexión secreta con la cuarta dimensión, lo cual explicaba el insólito “giro” que experimentaban los cuerpos. (iii)

 

Darnos cuenta de la imposibilidad de llevar a cabo tales trucos de magia pone al descubierto algo inquietante. Ciertamente, que existan cuerpos tridimensionales asimétricos tales como manos izquierdas y derechas o espirales de un sentido u otro delata una característica algo chocante del espacio. La ciencia moderna nos había hecho pensar en él como el reino de la indiferencia: una extensión geométrica compuesta por yuxtaposiciones homogéneas en donde todo era básicamente materia bruta, infinitamente divisible y repetitiva. Pero el espejo nos hace observar una cierta preferencia, una cierta irreductibilidad, una cierta diferencia esencial entre lo que no puede ser volteado sobre sí mismo para transformarse en su imagen especular. Como si los propios cuerpos extensos reclamasen su singularidad precisamente negándose a tal giro. La mano izquierda se niega a ser eliminada, recodificada en el espacio homogéneo que todo lo iguala y la convierte en su opuesta. Reclama su alteridad espacial respecto a la derecha, al igual que una espiral respecto a su Otra inversa. El espejo nos muestra otros mundos dentro de éste, creando un abismo entre lo que hasta ahora habíamos pensado como idéntico. Como insinúa Alicia a su gato de un modo casi profético, acaso la leche del espejo no tiene un sabor tan bueno como la de aquí.(iv)

 

En su excelente obra de divulgación científica (v),Martin Gardner plantea la posibilidad de superar esta tozudez de los denominados cuerpos enantiomorfos mediante la adición de otra dimensión: en efecto, es razonable pensar que una vez tuviéramos un espacio tetradimensional, esos cuerpos se sumergirían dócilmente en el magma de lo reversible, transformándose unos en otros sin mayor resistencia. Ni más ni menos que como ya lo hacen las figuras de dos dimensiones en nuestro espacio de tres (pensemos en dos triángulos irregulares que difieran especularmente; siempre se podrán girar en la tercera dimensión para hacerlos coincidir y superponerse). El hombre de la era digital, sin embargo, ha pensado un método más práctico para eliminar la diferencia: no sumarle, sino restarle una dimensión al mundo al proyectarlo en sus pantallas planas.

 

Espejos rotos a cañonazos (de electrones)

 

“Seleccione Imagen > Rotar lienzo y elija uno de los siguientes comandos del submenú:

Voltear lienzo horizontal (Photoshop) o Voltear horizontal (ImageReady) para voltear la imagen horizontalmente a lo largo del eje vertical.

Voltear lienzo vertical (Photoshop) o Voltear vertical (ImageReady) para voltear la imagen verticalmente a lo largo del eje horizontal.”

Guía del usuario, Adobe Photoshop 7.0 (vi)

 

Desde luego, la imagen plana manipulada digitalmente hace posibles dichos volteos. La imagen de síntesis es, de este modo, el paraíso de la reversibilidad espacial. Photoshop y todos sus derivados hacen ahora las veces de cuarta dimensión, donde una mano izquierda y una derecha son mutuamente transformables, y no irreductibles como en el orden de la exterioridad. En este encuadre digital, cualquier objeto tridimensional es ya superponible a su imagen especular, porque su espejo ha dejado de serle ajeno. “Es como si las cosas hubieran engullido su espejo y se hubieran convertido en transparentes para sí mismas” (vii). Ahora toda imagen lleva incorporado su espejo, como engullido, y “voltearse” es una propiedad que, naturalmente, le pertenece desde el principio. Basta desplegar un menú contextual para ver la lista de opciones, una de las cuales es la reversibilidad punto por punto en el espacio.

 

Alguien podría, siguiendo el experimento mental antes planteado, preguntarse ahora por la quinta dimensión. ¿Cuál sería? ¿Volver lo digital sobre sí mismo? ¿Tiene eso sentido? ¿Cuál es la imagen especular de lo digital? No parece que eso fuera a cambiar gran cosa. El mismo concepto de espejo parece que se ha roto, haciendo imposible imaginar nuevos mundos dentro de éste. Todo se ha vuelto indiferente. Un objeto y su imagen invertida han dejado de ser cualitativamente distintos; ya no hace falta un nuevo espacio en donde hacerlos superponibles; la imagen de síntesis aporta infinitos espacios posibles, todos a la vez, gracias a la ilimitada flexibilidad de su código. Lástima que dichos espacios, no obstante, hayan dejado de ser especiales, distintos. La asepsia y la indiferencia los gobiernan. Ya no es posible atravesar los espejos porque han sido sellados con inocuas capas de… ¿pintura? El código de barras es la mejor metáfora para la ausencia de color en nuestro mundo.

 

En este nuevo espacio, además, asistimos a un fenómeno de notable importancia para la Historia de la Filosofía. Se ha producido, en efecto, una cierta dulcificación del principio de no-contradicción. Dicho principio (“de nada se puede afirmar que es y no es a la vez y en el mismo sentido”), que gobierna férreamente la Historia de la Filosofía y la Ciencia occidentales y que impedía tradicionalmente la convivencia de términos opuestos, ha mutado en un cierto principio de copresencia. Según éste último, no hay ya problema alguno en que interpretaciones contradictorias puedan (e incluso deban) ser todas compatibles a la vez, puesto que han dejado de referirse a una supuesta “realidad” que las pudiese hacer colisionar. ¿Hay ya problema en tener varias opiniones de un mismo hecho? ¿Se contradicen realmente los media por mantener líneas editoriales opuestas sobre una misma noticia? Los intelectuales y contertulios mediáticos, ¿discuten realmente sobre las cosas, o más bien legitiman el simulacro mediático con su cosmético polemizar? En el mundo del simulacro audiovisual, lo nocivo ya no es tener una opinión radical, ni siquiera propia o contraria, sobre los acontecimientos informativos. Ninguna postura puede permitirse ya el lujo de ser una amenaza, igual que ningún producto puede aspirar a ser subversivo. Lo nocivo es, únicamente, cuestionar el sistema tratando de captar a la vez el evento y su información. ¿Intenta ya alguien dicha audacia? En septiembre de 2005, un Airbus con el tren de aterrizaje dañado tuvo que aterrizar de emergencia en Los Ángeles mientras sus propios pasajeros presenciaban en directo la retransmisión del incidente ofrecida por las grandes cadenas. Habría sido interesante comprobar el grado de descreimiento mediático de esa gente mientras asistía a su virtual catástrofe en primera y tercera personas, a la vez. Esa doble perspectiva es justamente la que el sistema no tolera y la que se ha vuelto imposible. Todavía hay quien piensa que hubo final feliz tan sólo por error: el avión debió estrellarse para no dejar testigos.

 

Que los sofistas no se hagan ilusiones: no es que el principio de no-contradicción haya dejado de regir y el “mundo como representación” se haya tornado “voluntad”. Lo que ocurre es que, en los media, todo es simultáneamente compatible. La necesidad de tener una postura ideológica es aquí un anacronismo felizmente superado. Y lo que ha quedado obsoleto, evidentemente, es el eslogan “un ciudadano, un voto”. Quizá asistamos pronto a su reformulación. Pero pasemos a cosas más serias.

 

Dios del universo vs. dioses del lugar

 

“Destruiréis enteramente todos los lugares donde las gentes que vosotros heredareis sirvieron a sus dioses, sobre los montes altos, y sobre los collados, y debajo de todo árbol espeso: Y derribaréis sus altares, y quebraréis sus imágenes, y sus bosques consumiréis con fuego: y destruiréis las esculturas de sus dioses, y extirparéis el nombre de ellas de aquel lugar.”

Antiguo Testamento (viii)

 

Volvamos a la igualación espacial de lo que es en esencia Otro. Esa confusión entre los objetos y su especular imagen invertida es algo que nos recuerda mucho al proceso de deicidio que tuvo lugar en la tierra con la llegada del cristianismo. En la Grecia de los dioses olímpicos y en cualquier politeísmo antiguo, el mundo era una colección de lugares que los dioses se repartían. Cada dios gobernaba en sus templos, pero también en ciertos dominios exteriores a los que dotaba de carácter privilegiado. Salir de un templo para entrar a otro era mucho más que caminar unos pasos: era cambiar de forma de ver el mundo. En el fondo, era de hecho cambiar de mundo. Lo mismo ocurría al llegar a un río, a una cascada, un claro del bosque o una cima: las sensaciones que dichos lugares inspiraban en el hombre antiguo eran asociadas a una cierta presencia divina, que a menudo era venerada con pequeños monumentos. Esta visión del espacio como conjunto de lugares mágicos, ligados más a lo espiritual que a lo meramente extenso, iba a verse fatalmente influida con la llegada del monoteísmo. Éste otorgaba toda la superficie de la tierra a un único y mismo Dios, abstracto y universal, que acababa con la provincialización del espacio y pasaba a concebirlo como una extensión uniforme en la que sus poderes regían por igual hasta en el último rincón. De hecho, no es posible decir que hubiera ya rincones, pues de repente, y bajo la atenta mirada ciclópea del omniabarcante Dios judeocristiano, el mundo había dejado de tener lugares.

 

Un crimen sin huellas no es un crimen

 

"La conciencia, atormentada por un insaciable deseo de distinguir, sustituye a la realidad con el símbolo o no percibe la realidad más que a través del símbolo.”

–Henri Bergson (ix)

 

El nuevo espacio digital de la copresencia es, asimismo, la prótesis que oculta la existencia de lugares genuinos, haciéndolos desaparecer. Aunque, como todo buen simulacro, lo que oculta es, además, dicha desaparición. En primer lugar, oculta la existencia de lugares porque el espacio ha dejado de tener puntos privilegiados: todo es ya reductible a código; plano y coordenada son moldeables al infinito en un programa de edición gráfica, y edición gráfica será pronto todo cuanto veamos. En segundo lugar, y más sutilmente, oculta también la desaparición de esos lugares (lo que equivale a ocultarse a sí mismo), pues no permite que el vacío dejado por ellos se muestre, sino que lo ocupa con su propia versión de los mismos: desde la bidimensionalidad de la pantalla es capaz de generar infinitas dimensiones, infinitos espejos, infinitos lugares virtuales.

 

Ocultar el ocultamiento es quizá el mayor logro de la simulación, aunque se trate de un logro criminal una vez se descubre. En El crimen perfecto, Jean Baudrillard se ocupa de este nuevo espacio sintetizado y criminal que los media instituyen. Todo simulacro es, naturalmente, un crimen, aunque, para decirlo en tono baudrillardiano, el crimen no es perfecto porque el ocultamiento de “pruebas” no es por suerte del todo posible; la prueba es que podemos hablar y escribir acerca de él. Y puesto que al hacerlo se cuestiona el sentido pleno y la ausencia total de fugas, todo discurso acerca del simulacro devuelve al mundo a su estado previo de ilusión. En la obra de Baudrillard tal empresa adopta, de forma quizá inevitable, un proceder nihilista. ¿Qué mejor modo de señalar el carácter aparente del mundo que negarlo en su totalidad?

 

En el simulacro, de lo que se trata es de ocultar la desaparición de las cosas genuinamente distintas entre sí.  En la Oceanía de Orwell, en 1984, se trataba de ocultar que no había guerra, que no había enfrentamiento global, que no había atención social, socialismo ni familia por medio de la realidad virtual (aunque no tan virtual como la nuestra) y del control estricto del lenguaje. El lenguaje era allí parte integral del simulacro. Hoy en día, el doblepensar no es ya tan burdo, sino sibilino y sofisticado. En todo caso, las grandes multinacionales se empecinan en imponer su neolengua global con los programas de traducción simultánea que utilizan para expandir vertiginosamente sus textos por el mundo. ¿Habrán leído a Orwell?

 

Apéndice 1: Objeto atenazado, sujeto tenaz

 

“No puedo menos que confesar que sólo confiero una importancia transitoria a esta interpretación [cuántica]. Aún creo que es posible un modelo de la realidad, o sea una teoría que represente las cosas en sí mismas y no tan sólo la probabilidad de su aparición.”

–Albert Einstein (x)

 

Así como el espacio es máximamente flexible, dado a la inversión y reversible, la relación sujeto-objeto es férrea, unidireccional y profundamente irreversible. En la hiperrealidad de la pirotecnia digital, todos somos principalmente espectadores. Más o menos interactivos; más o menos libres, en experiencias más o menos abiertas o con controles más o menos intuitivos (irrisorio es que los creadores de mandos para videoconsolas utilicen la máscara de lo analógico como reclamo de calidad en un universo plenamente digital). Este modelo del espectador es, por supuesto, un modelo clásico, arraigado profundamente en la separación sujeto-objeto. Todo el marketing, toda la publicidad, todo el tinglado de los mass-media se construye sobre la idea de un sujeto destino de los mensajes cuya atención hay que atraer. Más o menos moldeable, más o menos sensible a agujas hipodérmicas, más o menos líder de opinión; el destinatario del mensaje es siempre el centro gravitatorio de lo virtual. La comunicación no funciona sin sujetos que la mantengan ni sin objetos sobre los que aquéllos intercambien información. La información es ese caldo originario en donde todas las cosas se igualan y se intercambian, perdiendo automáticamente su diferencia, pero no funciona sin sujetos-terminales que la emitan y reciban. Igualmente, todas las cosas son reductibles a código, pero ésta reductibilidad presupone una irreductibilidad: la del sujeto y el objeto. Es de vital importancia para el sistema que ambas posiciones se mantengan como diferentes. Soslayar esta separación sería dinamitar por entero el sistema de la comunicación.

 

Esto, por supuesto, no afecta al hecho de que el círculo de la referencia haya volado: hay sujetos y hay informaciones, lo que ocurre es que esas informaciones ya no se refieren necesariamente a algo exterior o real en el sentido ingenuo, clásico, de dichas palabras. Pero un objeto virtual sigue siendo un objeto, y un sujeto virtual sigue siendo un sujeto. La reversibilidad de estos dos términos lleva al mundo como ilusión. En mecánica cuántica, frente al revisionismo de Bohr y la castidad de Einstein, Heisenberg rastrea el camino peligroso de la indistinción: en un universo en el que no tiene sentido preguntarse por el objeto “puro”, previo a la operación de medida, ¿qué sentido tiene ya seguir creyendo en un mundo que no ofrece ningún dato? El mundo real ha caído junto al mundo aparente. A la ciencia no le interesa lo que tiene lugar “a oscuras”.

 

SEGUNDA PARTE: El tiempo perdido

 

Tiempo genuino y tiempo-real

 

"La función [de la ciencia positiva] consiste precisamente en componer un mundo en el que podamos, para facilidad de la acción, escamotear los efectos del tiempo."

–Henri Bergson (xi)

 

Del mismo modo que la copresencia oculta la inexistencia de lugares, el tiempo-real oculta la desaparición de todo tiempo genuino o duración, que es lo contrario de la simultaneidad. El directo o tiempo-real es, así, el equivalente temporal de la copresencia espacial.

 

Antes de todo, cabe hacer un apunte importante. El tiempo-real es lo contrario del diferido, no del pasado (aunque en ocasiones diferido y pasado guarden estrecha relación). Se usa como sinónimo de directo y no de presente. El tiempo-real capta la información de un sistema a medida que dicho sistema cambia o reacciona: si se produce un retraso, la información llega tarde, y para cuando tenemos los datos le hemos perdido la pista a la fuente. Por eso el lag, el retraso, el diferido, no es tolerable en este ámbito. Es cierto que el tiempo-real no necesita ser absolutamente instantáneo, pero la instantaneidad es la tendencia a la que se haya orientado: la instantaneidad, forma superior del directo.

 

El abismo del sentido

 

"…nuestra concepción ordinaria de la vida tiende a una  invasión gradual del espacio en el dominio de la  conciencia pura."

–Henri Bergson (xii)

Hoy, más que nunca, el tiempo ha dejado de tener sentido. Para aflorar, todo sentido necesita de un cierto sobredistanciamiento, que no es más que un diferido o un lapsus; por decirlo de algún modo, el tiempo necesario para interpretar un acontecimiento dado y “apoderarnos” de él. La ciencia matematizada y la tecnología, sin embargo, parecen seguir otro camino: el de lo instantáneo, lo abstracto, lo discreto, lo intemporal, lo anexo, lo indistanciado, lo digital. Este camino prefiere la adyacencia a la distancia, y su forma superior, la copresencia, se opone radicalmente a la forma superior de la distancia: el abismo.

 

El sentido es, pues, el tiempo del pensamiento, el tiempo de la conciencia, el tiempo de la duración. Éste es precisamente el tiempo que hemos perdido.

 

La instantaneidad está devorando el sentido. Y lo más extremo de todo es pensar cómo el propio sentido se ha tornado información cuantificada: ahora se mide en bit y bytes. Con esta transformación del sentido en información, ha dejado de serle necesario cualquier lapso de tiempo, tiempo del que, de cualquier modo, le resultaría imposible disponer. Bienvenidos al mundo de la espera cero: el tiempo-real es la saturación absoluta en cero segundos. Un sentido absorbido por un tiempo instantáneo, inmediato. Un sentido pleno, todo de una vez. Ésta es la verdadera consecución tecnológica del mundo actual.

 

Con la aparición de la escritura y de las grandes bibliotecas almacenadoras de saber, este proceso estaba ya en cierta forma iniciado: todo el saber en un volumen, de una vez, en 30 cm3, era una fórmula harto peligrosa, puesto que en ella el sentido de un libro corría el riesgo de perderse entre las páginas de un volumen o su número de caracteres. De todos modos, un libro se cogía de golpe, de una vez, con las manos, pero su lectura seguía llevando tiempo; era necesario aún tomarse la molestia de leerlo, actividad que creaba las condiciones necesarias para que el sentido aflorase.

 

Actualmente, con Internet y las nuevas tecnologías de transmisión de datos, pronto será posible entender las cosas en tiempo-real, los libros incluso, gracias a los nuevos avances en inteligencia artificial y pensamiento simulado. Dentro de poco, los textos serán escritos para poder ser procesados y comprendidos al instante, tal y como hoy lo son ya para su traducción mediante programas informáticos. La clave, el truco, es que por el camino nos hemos dejado algo merced a un pequeño despiste: el propio sentido ha desaparecido, exiliado y aterrorizado por los destellos de lo instantáneo.

 

En la hiperpositividad del presente, todo se da como sentido, de golpe, digerido, pensado. No hay ya lugar para la búsqueda, pues no hay lugares por descubrir o colonizar: todo se da alumbrado a la vez en un destello de luminosidad significativa. En un contexto como éste, naturalmente, lo que sobra es el tiempo: ha dejado de sernos necesario. La simultaneidad es la máxima expresión del tiempo-real, y la “tiempo-realidad” es, precisamente, la ausencia de duración, de tiempo. La cuestión es: ¿puede el sentido ser captado de forma simultánea, transparente, de golpe? En realidad, dicha pregunta no es susceptible de ser planteada, pues ella en sí plantea una laguna en el sentido, laguna que ha dejado de ser posible y pensable. De poder responderla, de todas formas, habría que apelar a una completa inverosimilitud de tal propuesta.

 

Apéndice 2: Como gotas de agua

 

“El castigo a la perfección es la reproducción”  

–Jean Baudrillard, El crimen perfecto (xiii).

Vivimos en la era de la reproducción vírica de la información. La reproducción es ahora la duplicación homogénea de lo perfecto; se entiende, de lo perfectamente codificado y digitalizado, y por tanto impecable en su determinismo y eternamente clonable. La perfección es tremendamente transparente en sus conexiones causales; es clara y cristalina, y por eso se deja copiar; podríamos decir que la esencia misma de la perfección es ser reproducida eternamente, e inversamente, la esencia misma de la copia es la perfección y la transparencia. Lo perfecto nunca es único o singular, sino múltiple, infinito, plural, precisamente porque su perfección garantiza su perfecta homogeneidad.

 

Al contrario, lo imperfecto, lo finito, es siempre singular. Singular e irreproductible: irrepetible. Y en tanto irrepetible, no puede ser objeto de la ciencia, del lenguaje ni, en general, de ninguna forma de espacialización o exterioridad. La repetición y la preexistencia nos sitúan en el dominio de lo abstracto, universal y perfecto: el espacio. La diferencia y la novedad, en el de lo singular, particular, irrepetible: el tiempo. Esta forma de presentar el problema nos hace ver nuestro mundo como el escenario de una victoria total: la del espacio sobre el tiempo.

 

Apéndice 3: Reversible, irresponsable, esclavo

 

“Criar un animal al que le sea lícito hacer promesas –– ¿no es precisamente esta misma paradójica tarea la que la naturaleza se ha propuesto con respecto al hombre? ¿No es éste el auténtico problema del hombre?...”

–Friedrich Nietzsche, La genealogía de la moral. (xiv)

La historia de Occidente es también la de una progresiva transformación de lo irreversible en reversible que coincide punto por punto con la absorción del tiempo por parte del espacio. Podemos distinguir aquí dos etapas fundamentales:

 

a) En un primer momento tenemos el tiempo moderno, a partir de  la invención del reloj mecánico (aunque es perfectamente posible rastrearlo ya en la clepsidra o el reloj solar). Es éste un tiempo plenamente espacializado y lineal, que mide la duración dividiéndola en arcos de la circunferencia. No obstante, el tiempo sigue siendo irreversible a efectos prácticos, pues no se puede corregir lo ya hecho y no se puede retroceder en él; sigue siendo por tanto una flecha rígida y unidireccional.

 

Teóricamente, sin embargo, se puede hablar ya de una reversibilidad en la visión mecanicista del universo: puesto que todo efecto tiene una causa y el mundo es perfectamente determinado, a Dios y al filósofo racionalista les es posible recorrer las cadenas causales sin limitación alguna; pasado y futuro no difieren esencialmente; son sólo posiciones distintas de dichas cadenas de causas y efectos.

 

El sueño científico de la máquina del tiempo viene a reflejar el deseo de llevar a la práctica esta fantasía teórica: si el tiempo puede pensarse como un recorrido reversible, ha de ser posible moverse en ambas direcciones con total libertad; más aún, ha de ser posible dar saltos al lugar de la cadena causal que deseemos, ya que dicha cadena se nos presenta con total claridad. En todo caso, los viajes en el tiempo expresan, al mismo tiempo, la frustración por que esa omnipotencia teórica no pueda traducirse en la práctica: son el anhelo filosófico de una época. Lo que se anhela es, de algún modo, la irresponsabilidad: no tener que cargar con el peso de las acciones ya hechas y poder corregirlas volviendo atrás. Mientras dicha irresponsabilidad sea imposible, se hace necesario hacer del hombre un ser “adulto”, capaz de cumplir sus promesas y aceptar los actos realizados.

 

b) En la era del simulacro digital, el tiempo espacializado pierde su rigidez y se vuelve reversible, casi indiferente, como el espacio que le corresponde. La flecha de tiempo ya no tiene una única dirección, y lo que mejor simboliza esto es la función “Deshacer” (CTRL+Z) que incorpora la práctica totalidad de aplicaciones informáticas: la acción realizada se anula; volvemos al momento anterior a haberla realizado, que había quedado convenientemente salvado. Esto genera de hecho una irresponsabilidad, una falta de gravedad respecto a las acciones que coincide con la infantilización del sujeto: siempre podemos volver a un estado anterior; “todo tiene remedio”. Las promesas dejan de tener valor en un tiempo tan isótropo e indiferente como el espacio del que de cualquier forma era calco.

 

La fantasía de la máquina del tiempo pierde su atractivo con este tiempo reversible, y es sustituida por visiones distópicas en las que los héroes buscan la verdadera realidad frente a un mundo ilusorio creado artificialmente (The Matrix, Truman’s Show). Dicha búsqueda, por supuesto, ha dejado de ser posible en un universo perfectamente hermético donde el simulacro gobierna sin fisuras. Neo y Truman no son más que propaganda: permiten creer ingenuamente que también nosotros seríamos capaces de atisbar que vivimos en un mundo virtual absorbente y pesadillesco. Ésta es su contribución al simulacro.

 

RECAPITULACIÓN: Sobre la triple raíz del hartazgo de una época.

 

“A lo largo de toda la historia de la filosofía, tiempo y espacio fueron colocados en el mismo rango y tratados como cosas del mismo género. […] La teoría del espacio y la del tiempo se hacen así juego. Para pasar de una a otra ha bastado con cambiar una palabra: se ha reemplazado "yuxtaposición" por "sucesión"....”

–Henri Bergson (xv)

Por una parte, hay superposición. La contradicción se ha vuelto mucho más laxa en el espacio. El concepto de lo excluyente ha desaparecido porque los objetos se han vuelto evanescentes con lo digital y ya no se oponen entre sí. Las posiciones ya no son exclusivas o privilegiadas; el espacio ya no es heterogéneo. Todo convive a la vez. Todo es código, y el código no discrimina entre contrarios. La espacialización de los espejos es una metáfora de la espacialización de los lugares. No se puede decir que lo que un verdadero espejo refleja sea espacio, pues no es transitable ni es extenso. Es un espacio como apariencia; una visión, un espejismo de espacio. Con la imagen de síntesis, hemos igualado los objetos a sus reflejos, sombras, proyecciones. Hemos arrebatado así al mundo su carácter ilusorio. Al mismo tiempo, hemos exorcizado también los lugares, pues ya no toleramos su singularidad ni somos capaces de pensarlos más que estando en ellos, como un mero decorado de fondo fácilmente intercambiable. El mundo es hoy, más que nunca, una comedia representada. Pero además es también retransmitida.

 

Por otra parte, sujeto y objeto siguen estando claramente distinguidos y no pueden confundirse. El marketing y todas las ciencias de la comunicación son los adalides de esta dicotomía: ante todo hay consumidores y hay productos. En esto seguimos siendo profundamente clásicos, probablemente porque, a fin de cuentas, la producción de información sigue siendo producción industrial, y como tal vive de la mística occidental que opone el hombre a la naturaleza. Se trata, después de todo, de hacer llegar opiáceos de silicio a sus agorafóbicos demandantes, aunque sobre la supuesta agorafobia del mundo actual habría aún mucho que decir.

 

En tercer lugar, y de la mano del espacio de la superposición, está el tiempo del directo y la instantaneidad. Su realización técnica no supone ningún problema, pues las autopistas de la información tienen capacidad para transferir muchos más datos de los que genera el mundo. En cualquier caso, ¿es ya el mundo quien genera datos? Asistimos aquí a un proceso de isomorfismo por el cual la información ha producido un mundo acorde a las necesidades del sistema mundial de la comunicación. Del mismo modo que los textos de marketing se escriben para poder ser traducidos por los programas informáticos, descartando como nocivo todo giro propio e intraducible de una lengua, el mundo ha sido enclaustrado en el corsé comunicativo: todos hemos hecho de él la materia prima de nuestra extracción masiva de datos, descartando como impurezas sobrantes todas aquellas partes que no son directamente traducibles, no sólo a bit y bytes, sino también, de un modo más trivial, a las plantillas y modelos de “evento informativo” que han impuesto los mass-media.

 

Además, en términos informáticos la duración no existe, y si creemos percibir el movimiento o el cambio es sólo merced a una representación adaptada a las vicisitudes de la vista y el oído. Un vídeo digital se ve segundo a segundo como un continuo, pero el ordenador lo capta de golpe; lo carga en memoria y lo reproduce para nosotros. Esa reproducción está reglada y medida (metáfora de la barra que se va consumiendo). Toda representación temporal en la información está espacializada, lo cual quiere decir que sólo es tiempo desde un punto de vista superficial; el ordenador la procesa como un bloque de puros datos homogéneos.

 

La conclusión de todo lo anterior es que no sólo el tiempo auténtico reclamado por Bergson, sino también los lugares genuinos han desaparecido. Cuando pensamos en un lugar en tanto espacio heterogéneo, privilegiado y cualitativo, lo único que nos queda ya es acudir a la literatura, los recuerdos o incluso los sueños (debido a que son esencialmente memoria, pues sólo existen en tanto recordados). En todos ellos observamos lugares fuertemente vinculados a la identidad de un personaje o, si se quiere, a un estado de conciencia que hace de puente entre este mundo representado y otro mundo previo a la representación. Lugar e identidad son aquí indiscernibles. No es que se esté en un lugar y se pase a otros. Cualquiera que recuerde un sueño o una experiencia algo alejada en el tiempo verá lo difícil que resulta separar personajes de lugares. No son siquiera cosas integradas, sino básicamente indiscernibles. Tanto en un sueño como en un recuerdo borroso, cambiar de lugar supone cambiar de estado: a menudo los mismos personajes que componen la escena se alteran por este cambio, personajes que de cualquier manera no suelen estar claramente dibujados. Cambiar de lugar es replantear la situación, volver a empezar; si se quiere, tirar de nuevo los dados y generar una escena completamente nueva.

 

El tiempo y el espacio de la era de la información hacen imposible no sólo el tiempo genuino, algo ya sabido desde la era de los relojes mecánicos, sino también los lugares genuinos. Lo virtual es el no-lugar: el vacío isótropo de los atomistas. Saber dónde estamos es ahora saber las coordenadas espaciales, del mismo modo que saber cuándo estamos es, desde hace varios siglos, remitirnos al reloj.

 

Bergson propuso recuperar el tiempo genuino de la conciencia, la duración, por medio de la intuición, ajena al dominio de la materia. Si acaso, habría que proponerse también una recuperación del lugar genuino, heterogéneo, privilegiado, el lugar que hace de puente a ese estado diferente que Bergson llamaba el “yo profundo”, y que más bien se asemeja a una ausencia total de yo (por lo menos en tanto sujeto). Alicia descubrió ese puente en el espejo, pero por desgracia hoy los espejos no reflejan ya otros mundos.

 

La indistinción cuántica entre sujeto y objeto es un foco de ansiedad para la tradición científica encarnada en Einstein. Algo similar ocurre con el estado originario, bergsoniano, de conciencia en que uno se funde con el lugar y con el tiempo y no es posible discriminar claramente quién soy de dónde y cuándo lo soy. Esta unidad inquebrantable que el hombre ha roto creando los conceptos de “sujeto”, “espacio” y “tiempo” es lo que vislumbramos en cierta literatura, en los recuerdos y en los sueños. Su escisión analítica y su sometimiento a los criterios de la exterioridad digital han de crear necesariamente al hombre una incomodidad vital difícil de soportar: el exceso de sujeto abstracto, los lugares prostituidos como productos aislados e intercambiables (valga el ejemplo de las revistas de viajes) y el tiempo espacializado son las tres aristas cortantes de esta angustia analítica propia de nuestros días.

 

 

Notas

i Carroll, Lewis, A través del espejo y lo que Alicia encontró al otro lado, 1.

ii Gardner, Martin, Izquierda y derecha en el cosmos. Simetría y asimetría frente a la teoría de la inversión del tiempo, Barcelona, Salvat, 1985, capítulos 1, 2 y 3.

iii Ibid., p.153.

iv Carroll, Lewis, A través del espejo y lo que Alicia encontró al otro lado, 1.

v Gardner, Martin, op. cit.

vi Guía del usuario para Adobe Photoshop 7.0, pp. 196-197.

vii Baudrillard, Jean, El crimen perfecto, Barcelona, Anagrama, 1996, p. 15.

viii Antiguo Testamento, Deuteronomio, 12 2-5.

ix Bergson, Henri, Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, en Obras Escogidas, Madrid, Aguilar, 1963, pág. 132.

x Einstein, A., “Sobre el método de la física teórica”, en Mis ideas y opiniones. Barcelona, Antoni Bosch, 1981, p. 247.

xi Bergson, Henri, Pensamiento y movimiento, en Obras Escogidas, Madrid, Aguilar, 1963, pág. 936.

xii Bergson, Henri, Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, en Obras Escogidas, Madrid, Aguilar, 1963, pág. 131.

xiii Baudrillard, Jean, El crimen perfecto, Anagrama, 1995, p. 10.

xiv Nietzsche, F., La genealogía de la moral, Tratado segundo, I.

xv Bergson, Henri, Pensamiento y movimiento, en Obras Escogidas, Madrid, Aguilar, 1963, pág. 936.