Konvergencias, Filosofía y Culturas en Diálogo.

ISSN 1669-9092

Número 5 Año II Diciembre 2003/Enero 2004

 

portada

 

 

 


 

 

PLURALISMO FILOSOFICO.

UN CASO CONCRETO: IBEROAMERICA.

Alberto Wagner de Reyna

 


 

 

 

 

Pluralismo Filosófico

La filosofía es pluralista, como lo es el cuadro de las culturas del mundo. Hay unas que llevan el filosofar innato en ellas –que se confunde con su propia identidad-; otras que arraigan en terreno mítico; otras, en fin, en que el pensar toma distancia frente al contexto anímico y mundanal y se constituye en instancia autónoma. A veces, la reflexión, críticamente, vuelve sobre sí misma, a sus orígenes culturales, discerniéndolos y juzgándolos o alejándose de ellos para liberarse de referencias concretas y materiales.

De esta suerte, tenemos ejemplos de filosofar de diversa índole, unos fuertemente condicionados por las correspondientes culturas y otros emancipados de sus ataduras sociológicas. Hay corrientes que desean guardar su unicidad e identidad, hay también algunos que buscan, mediante el diálogo, estimular y ser estimuladas desde fuera. Intervienen en esta diversidad factores culturales e históricos, al lado de teóricos e espirituales. En esta –inteligente- selva del pensamiento humano, todos están de acuerdo en un punto, por más que sea por diversas sendas y entendiéndola de diferente modo en buscar la verdad.

Un caso concreto: Iberoamérica

Como ejemplo de este abigarrado cuadro –para apreciar cómo se presenta el pensar en un caso concreto- consideremos el sector de la humanidad que más cerca tenemos: el nuestro, Iberoamérica. Por su raíz hispánica y lusitana se remite ella a una unidad histórica, en la cual no participan, de modo inicial, los componentes franceses (que incluye el término “Latinoamérica”) ni anglosajones y holandeses (que restrictivamente abarca el vocablo “Caribe” en nuestra región).

Históricamente, y si dejamos de lado aportes posteriores –que, por cierto, no carecen de significación- Iberoamérica designa una unidad homogénea en que sobre una capa aborigen amerindia (a la que se añade paulatina y desigualmente el continente africano) se impone por tres siglos el pensar hispanolusitano, un Catolicismo en sus fases de Renacimiento, Contrarreforma y Barroco. En esta correlación (llena de momentos dramáticos –admirables unos, censurables otros-) se producen los siguientes fenómenos culturales:

1- A un importante mestizaje racial corresponde una integración de la cultura dominante –ibérica- con las culturas dominadas –azteca, maya, inca, etc. (y también africana)- de modo que, como dice Víctor Andrés Belaunde, la occidental asume elementos de las vernáculas. Dentro de las formas ibéricas se encuadran materiales de éstas, que son asumidas por ellas; de modo que muy rara vez la indígena sirve de marco formal a la peninsular. Las manifestaciones del arte, la lengua, las instituciones, etc., corroboran esta afirmación. Dadas estas características de la asimilación, captable en el binomio metafísico “materia-forma”, el término “mestizaje” –tomado de la biología- ha de ser empleado con mucha cautela tratándose de la cultura iberoamericana.

2- La integración deja zonas geográficas y culturales al margen, en las cuales lo indígena subsiste y se afirma frente a la poca influencia occidental y otras en que, por lo contrario, la huella de lo aborigen –sobre todo en el siglo XX- es difícilmente perceptible.

3- La integración no es homogénea y depende, por un lado, de la profundidad a la que ha llegado por asimilación de lo indígena (o africano) por lo ibérico y, del otro, la vitalidad y resistencia espiritual de las diferentes culturas indias “asumidas”. A pesar de esta heterogeneidad, la mejor prueba de la asimilación –con los matices indicados- es el uso generalizado del castellano en Hispanoamérica y del portugués en Brasil.

4- La “alta cultura” (filosofía, letras, arte) –con las modalidades propias del territorio tan vasto- fue común, en la época llamada “colonial”, a la metrópoli y a los “reinos” indianos, comunidad favorecida por la homogeneidad en materia política, jurídica, académica (universidades) y por la movilidad existente durante esa época de los actores culturales tanto por encima del Atlántico como entre las tierras ultramarinas. (Las obras escolásticas venezolanas, que ha editado J.D.García Bacca, podrían haber sido escritas en España; las disquisiciones lógicas de Espinoza Medrano e Isidoro de Celis, que nos ha revelado Walter Redmond, más parecen salmantinas que peruleras; los sermones de P.Antonio Vieira –uno de los clásicos portugueses- fueron pronunciados en Bahía; las escuelas de Quito y Cuzco aclimatan la pintura española –con originalidades propias del ambiente- en América; las iglesias barrocas son semejantes a uno y otro lado del Océano, etc.).

En diversos aspectos –muchos de ellos más aparentes que profundos-, cambia este cuadro con la independencia de las “colonias” entre los años 10 y 24 del siglo XIX. Por razones políticas se interrumpen o debilitan los lazos culturales con la antigua metrópoli, y se hacen presentes con creciente intensidad –paralelamente a la penetración económica- elementos culturales ingleses y franceses y en general no ibéricos, de modo que al final de ese siglo se puede advertir una fuerte influencia de la cultura francesa y de la mentalidad económica anglosajona.

En materia filosófica, al lado de los remanentes escolásticos y algunos fenómenos de menor monta, se perciben –para hablar esquemáticamente- cuatro corrientes de significación continental: la Ideología, el krausismo (por la vía matritense de Giner de los Ríos), el positivismo (en las versiones de Comte y Spencer) y finalmente el bergsonismo, al comenzar el siglo XX.

Las preocupaciones de este –evolutivo- pensar, a la zaga de varios decenios de la actividad filosófica europea, son claramente dependientes de ésta, y en la práctica ignoran las contingencias de la propia realidad americana: se puede decir que la especulación se raliza en el vacío, con alguna excepción de algunos atisbos más literarios que filosóficos.

Pero de otro lado, inquietudes de orden político y social comienzan a aparecer en el continente: tendencias nacionalistas, indigenistas, africanistas (en México, Perú, Brasil ...). Ellas cobran efectiva significación cuando el marxismo, a comienzos del siglo XX, sirve de detonador a un filosofar muy ideologizado referido a la historia y situación de los diferentes Estados del subcontinente, para ir adquiriendo rápidamente un posición de primer plano en ellos.

La recepción de la filosofía alemana contemporánea, ya entrado el siglo XX, y posteriormente de la lógica matemática y de la filosofía analítica, completan este cuadro histórico –trazado aquí a grandes rasgos- que muestra una cierta homogeneidad, es decir una “evolución paralela” del pensar iberoamericano en sus distintas regiones.

¿Cuál es la situación actual? ¿Cómo se presenta el panorama en el cambio del milenio? Aparte de nostalgias orientalistas muy minoritarias y del sobreviviente doctrinarismo marxista –en muchos países, y por razones obvias, más latente que declarado-, se puede decir que dos tendencias (que no se excluyen necesariamente, pues parten de postulados categorialmente distintos) dominan el panorama filosófico de esta parte de América:

1- De un lado tenemos un pensar que echa raíces en las ya señaladas inquietudes nacionalistas, indigenistas o regionalistas y trata de darles expresión filosófica. Estos empeños, a veces se emparentan con un neomarxismo en su preocupación por la realidad social y la alienación política y cultural, que responde a movimientos semejantes en otras partes del llamado Tercer Mundo. Dentro de su historicismo asumen perfiles antioccidentales de un pluralismo agresivo y a ratos –paradójicamente- ajenos a la realidad que vive el mundo. Filosofar entonces es dramático (y algo melancólico) meditar sobre Iberoamérica, supuestamente alienada por lo ibérico y presa del imperialismo (del Norte), y sobre el hombre que se encuentra en esta encrucijada. En último término filosofar resulta así siendo filosofar sobre la filosofía indo (y eventualmente) afroamericana.

Pero en otros casos el proceso intelectivo se orienta hacia una afirmación –sin complejos- de lo propio, hacia una reivindicación de la identidad regional, sentida y jubilosamente aceptada, asumiendo y renovando la gran tradición espiritual a la cual pertenece. En contraste con la anterior, es ésta una reflexión optimista y abierta, libre de la obligación de restaurar lo fenecido y reparar entuertos.

2- La otra tendencia, al invocar la necesidad de un máximo rigor científico, racionalidad y sentido crítico, va hacia un pensar que se matematiza, se aplica especialmente a temas verificables, rechaza lo cualitativo e imponderable, aquello que Pascal llama el corazón. Tal filosofía se considera a sí misma como la única con nivel internacional y por ello con significación actual e histórica.

Quienes no participan del provincialismo que preconizan las corrientes antioccidentales, ni de la sumisión metodológica (de disecación y desecación conceptuales) que reclaman los analistas, quedan marginalizados y su desconsideración es elevada a acto de higiene filosófica. Todo el vasto campo de la reflexión sobre el ser, el mundo, el hombre, la trascendencia, el sentido de lo existente, el valor, el Bien, Dios, aquellos problemas que han preocupado por siglos a filósofos de tantas escuelas y tradiciones, si no es aprisionado en determinadas exigencias “técnicas” o derivado hacia interpretaciones sociológicas, resulta condenado y rechazado por evasivo o confinado al desván de lo no estrictamente filosófico por fraudulento ... o poético. Ocuparse en estos achaques se considera algo así como artesanía conceptual, perturbadora del mercado de productos filosóficos debidamente fabricados, patentados y publicitados.

Sin embargo, la curiosidad –el deseo de saber- propio del hombre, de que nos habla Aristóteles al comienzo de su Metafísica, se dirige por diversas vías hacia esos temas, y desea afrontarlos en un pensar que sea “alado” –que se remonte hacia lo divino-, como lo recomienda Platón en el Fedro. No olvidemos que hay interrogantes en lo que llamó Leibniz perennis quoedam philosophia, que colocan al hombre, en su humanidad esencial, multiforme e irreductible, en el centro de la reflexión, en forma inmediata y sin exigencias de procedimientos previamente establecidos. Tal humanismo escudriña la existencia humana en su trascender al mundo y más allá del mundo, se atreve a cuestionar el porqué de la contingencia cotidiana, el de dónde y el hacia dónde de la transitoriedad y se inquieta por los deberes y derechos que la ética abre hacia el infinito. Estos interrogantes que constituyen la materia del pensar propiamente humano (y por ello son inseparables de él), son en Iberoamérica –como en el mundo entero- vividos y asumidos por filósofos que se despreocupan del hecho de ser motejados de trasnochados si se acercan a la Escolástica, o tachados de poco rigurosos si desconfían del racionalismo, o acusados de romanticismo si en su reflexión hay cabida para la intuición y el sentimiento. Y precisamente a ellos, portadores del pensar humanista, pueden atraer los temas que son de importancia para la humanidad de hoy.

Creo que por este camino –considerado a veces por tendencias intelectuales dominantes como marginal- en el comprometimiento profundo con la realidad pero unido al empuje hacia lo general y elevado, en la apertura a todos los vientos del espíritu para la búsqueda de la verdad, que hace libres, el pensar iberoamericano puede afirmar su autenticidad (que no en otra cosa estriba su originalidad) sin exclusiones ni contiendas, desconfiando de la adhesión subalterna a otros ámbitos culturales, pero abierto al comprensivo diálogo en que se realiza una recíproca fecundación. La originalidad, no buscada ni pretendida, suele ser alcanzada por añadidura, en la honesta, limpia, muchas veces frustrante pero siempre exaltante labor del filosofar.